Opinión

El ‘acuerdo del siglo’ de Trump, otro parto de los montes

Trump y Netanyahu

Habemus plan.  Tras tres años de espera, Donald Trump ha hecho público su particular parto de los montes, que ha dado ha dado a luz su proyecto para Palestina,  y tiene más de ejercicio de relaciones públicas que de plan de paz: si el objetivo era lograr la paz entre israelíes y palestinos, no hay nada en el proyecto presentado que apunte en esa dirección, o que al menos indique que las propuestas llegarán a alguna parte, al haber excluido a los palestinos de su diseño.

Veamos, antes de profundizar en el alcance del proyecto, en qué consiste el mismo.

La idea central es crear una serie de enclaves palestinos (conceptualmente similares las reservas bantustán características del Apartheid sudafricano), áreas con autonomía limitada ubicadas entre asentamientos israelíes, a cuya existencia da carta de naturaleza, a cambio de la promesa de  no construir nuevos asentamientos en Cisjordania.  Al tiempo, se establece que Jerusalén y sus  lugares sagrados queden bajo el control israelí, concediendo a los palestinos establecer su capital en una zona especial de la Ciudad  Sagrada entre Abu Dis y Shuafat, áreas ya segregadas a día de hoy mediante un ostensible muro de hormigón.

Esta política de hechos consumados asegura, al asignar a Israel el Valle del Jordán, la inviabilidad  física de un Estado palestino rodeado por territorios israelíes, máxime cuando el plan reclama a las autoridades palestinas renunciar a disputar tierras tomadas por Israel tras la guerra de 1948, y estipula que no  se dará el derecho de retorno de ningún refugiado palestino a dominios israelíes.

El plan impone además un conjunto de requerimientos a la autoridad palestina para permitirle ejercer su derecho a la autodeterminación constituyéndose en Estado independiente, que incluyen la certificación,  por parte de Israel y EEUU, de que Palestina cumple con la exigencia de disponer de buena gobernanza e instituciones financieras adecuadas a los criterios del plan, lo que de hecho supone una capacidad de veto y tutela perenne.

En esencia, es un plan para los Palestinos, pero sin los Palestinos, al más puro estilo del despotismo ilustrado del Siglo XVIII y del colonialismo europeo del XIX. Así, no es de extrañar que un plan tan sesgado, que prioriza los intereses electoralistas de sus promotores; que convierte en papel mojado el derecho internacional; y que consagra los derechos cívicos de los ocupantes de los asentamientos israelíes,  a costa de los palestinos, no tenga visos de  contar nunca con el respaldo de éstos, especialmente cuando el pliego de condiciones de Trump impone el desmantelamiento incondicional y verificable de la actividad de Hamas en Gaza, sin contrapartidas. Como colofón, se pone como conditio sine qua non a los palestinos implementar  un sistema de gobierno constitucional para establecer un estado de derecho que goce de libertad de prensa, elecciones libres y justas, respeto de los derechos humanos, libertad de culto, seguridad jurídica y separación de poderes.  Huelga decir que aquello que se exige a los palestinos no se aplica en ninguno de los más estrechos aliados árabes de EEUU en el Golfo Pérsico, las monarquías que secundan sotto voce el plan del yerno de Trump.

En consecuencia, lo que se plantea supone un protectorado de facto, que limita la posibilidad de desarrollo económico de Palestina, al impedir su control sobre los recursos naturales, el espacio aéreo, las fronteras, y la autonomía financiera, ya que su autoridad estaría limitada al 80% de Judea y Samaria. Ello pone bajo sospecha la motivación última de los 179 proyectos de infraestructura y negocios propuestos en el plan, que incluyen un corredor entre  Gaza y Cisjordania, pero que no resuelve las cuestiones de soberanía que ya hoy en día impiden a los palestinos participar en el lucrativo suministro israelí de hidrocarburos a Egipto, a través de un oleoducto submarino que conecta la ciudad costera israelí de Ashkelon con el norte de la península del Sinaí, un territorio en disputa cuyas aguas están sometidas al bloqueo marítimo por parte de Israel, y que fuerza a las autoridades palestinas a adquirir gas y electricidad intermitente de Israel. La clave está en que el derecho internacional otorga a cada estado costero el derecho a una Zona Económica Exclusiva (ZEE) de 200 millas náuticas desde la línea de base, dentro de la cual los estados ostentan amplios derechos de control sobre los recursos naturales. Hasta que Palestina no se constituya en Estado reconocido y plenamente soberano, este derecho será para ellos una aspiración, meramente teórica. 

Por ende, nada hay en el plan de Trump y Netanyahu para Palestina que evite que sea recibido con suspicacia por parte de sus hipotéticos beneficiarios, y con escepticismo por quienes no tienen intereses creados para mantener el status-quo. Para unos y otros, el plan es poco más que un ejercicio de mercadotecnia que no está diseñado para tener éxito. Antes al contrario. La propuesta ha sido recibida con una mezcla de frustración, humillación, indignación y hostilidad en la calle árabe, y no poca desilusión hacia sus propios líderes. Si podemos tomar como baremo la inmediata reacción de Hezbolá, que ha acusado a los países árabes de complicidad y traición,  por estar más cerca de los intereses israelíes que de los palestinos, queda poca esperanza de que el acuerdo conduzca a una rebaja de las tensiones en el Medio Oriente. Lejos es ello; si como es de esperar, Israel materializa ipso-facto la anexión que le permite el plan, antagonizará a Jordania y a otros países árabes con gran número de refugiados palestinos en sus territorios nacionales, por lo que la paz será virtualmente imposible,  durante al menos una generación. En definitiva, el plan ha nacido muerto, y será enterrado una vez que la presión palestina sobre los países árabes y la UE surta efecto, y tan pronto como  Hamas y Hezbolá tomen cartas en el asunto.