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Opinión

El “Democracy Starter Kit” de Joe Biden

Joe Biden

En 2008, el difunto senador norteamericano John McCain planteó una propuesta, denominada Liga de las Democracias, con la ambición de superar el marco de las Naciones Unidas. La nueva liga buscaba transcender la visión de la Sociedad de las Naciones de W. Wilson, inspirándose en la anterior idea de T. Roosevelt de crear un club selectivo de naciones con valores compartidos, cuya común misión sería la paz. Americana, por supuesto. Joe Biden ha hecho suya la idea, que gira en torno a lograr que una mayoría de naciones plenamente democráticas, o en proceso de alcanzar tal estadio, tengan más músculo económico que el conjunto de Estados “aliberales”, con China a la cabeza, pero seguida a buena distancia por Rusia.

Si bien la Administración Biden no ha hecho aún explícita su intención de impulsar tal cónclave bajo la égida de la Asamblea General de la ONU, no es difícil colegir que su plan pasa por promover el establecimiento de un patrón mundial de democratización; una especie de “Democracy Starter Kit” para los aspirantes a jugar en la liga de campeones del orden mundial.

La puesta de largo de esta estrategia en la Cumbre por la Democracia de diciembre de 2021 fue virtual, en más de un sentido, y en ocasiones se antojaba como el deambular de una respuesta en busca de una pregunta. En primer lugar, por la crisis de legitimidad que encara el propio anfitrión después de los sucesos del seis de enero en el Capitolio, culmen de un deterioro relativo de la democracia estadounidense, que ha venido siendo calificada como “defectuosa” por el índice de calidad democrática del semanario británico The Economist en los últimos cinco años.

Por otro lado, debido a los inconsistentes criterios de selección de los participantes dejaron fuera de la cumbre a treinta y siete de los cincuenta y cuatro países del continente africano y a Hungría, al tiempo que se invitaba a Polonia, y a naciones como India, Brasil y Pakistán, gobernadas por mandatarios de corte autoritario. Fueron asimismo excluidos la mayor parte de los países del Medio Oriente y del Norte de África, precisamente diez años después de la ya malograda Primavera Árabe.

Estas incoherencias levantaron las suspicacias de un número de aliados históricos de EEUU, que cuentan con el blasón de “democracia completa” que otorga el mencionado semanario,  ante la percepción de que la cumbre de Biden tenía visos de ser una estratagema geopolítica del Departamento de Estado norteamericano para promover los objetivos de la política exterior de su país, auspiciando una alianza contra China, tal y como manifestó sin ambages el ministro de Asuntos Exteriores francés, y sugirieron los infructuosos esfuerzos de la diplomacia japonesa por conseguir que  Camboya, Laos, Myanmar, Tailandia, Singapur y Vietnam figuraran en la lista de invitados.
 
Así con todo, la cumbre tuvo aspectos positivos -más declarativos que constitutivos-, como el compromiso general en la defensa contra el autoritarismo, la lucha contra la corrupción y la promoción del respeto por los derechos humanos. Desde este punto de vista, es posible entender que Biden ha recibido la aquiescencia del grueso de las democracias liberales para al retorno de Estados Unidos al frente de la regeneración de la democracia global.

No obstante, Biden deberá engrasar más y mejor la renqueante maquinaria diplomática norteamericana, para reducir los puntos de fricción que se derivan de algunas de sus prácticas, como aquellos que aparecen al constatar que las sanciones económicas en cuya aplicación por criterios morales se prodiga la administración norteamericana también benefician los intereses de las compañías estadounidenses, al tiempo que perjudican objetivamente a las empresas de sus países aliados.

En cualquier caso, más allá de la grandilocuencia de la retórica idealistas, el reto que debe afrontar Biden durante su mandato -previsiblemente el último- es demostrar, en términos pragmáticos y tangibles, que la democracia es, en términos reales y realistas, un sistema más igualitario y eficiente que sus alternativas autoritarias. 

Si algo debiera haberse aprendido a estas alturas, es que el modelo de trajes de talla única con los que se intentó disfrazar de democráticas a sociedades invertebradas, que ni tan solo habían alcanzado la etapa de las revoluciones burguesas, es que, a medio plazo, la imposición de un patrón ideal de democracia occidental es contraproducente por doloso, y puede acabar siendo interpretado como una suerte de fundamentalismo democrático que cause más rechazo que adhesión.