Opinión

El año de Schröendinger

Donald Trump

Como en la célebre paradoja del laureado físico austriaco, 2020 se ha mantenido hasta el último día en un estado ambivalente entre ser y no ser, o entre estar y no estar, si lo prefieren. Con todo, este año se ha ganado el pasar por méritos propios al gran libro de la historia,  junto a otras recientes fechas pivotales, como 1917, 1945, 1968 y 1989.

Estrenamos el año con un aumento de las tensiones entre Irán y Estados Unidos, que culminó en el asesinato, por parte estadounidense, de Qassem Soleimani, líder militar de la Fuerza Quds de la Guardia Revolucionaría, el día 3 de enero. A pesar de las jeremiadas apocalípticas que abundaron en los titulares de prensa, el asunto se saldó con el lanzamiento de misiles iraníes contra bases estadounidenses en Irak y la puesta en órbita de un satélite militar iraní, junto a la aceleración de los esfuerzos de Teherán en el desarrollo del arma atómica, que se vieron mermados con el asesinato el pasado noviembre de Mohsen Fajrizadeh, máximo responsable técnico del programa nuclear iraní. 

El año político, propiamente dicho, se inauguró con la abrupta absolución en el senado de Donald Trump de los cargos de abuso de poder y obstrucción al Congreso, en un juicio político conocido como impeachment, un proceso al que sólo se había sometido previamente a otros dos presidentes norteamericanos. Un magro premio de consolación para quien aspiraba a obtener un Premio Nobel como su antecesor Obama. El rechazo de la mayoría del Senado a citar a testigos y comparecientes permitió a Trump clamar victoria, sin que a la postre –vistos los resultados que obtuvo el día 3 de noviembre- las acusaciones y testimonios que rodearon el fallido proceso de destitución le restaran un ápice de apoyo entre sus partidarios. El año se cierra así con la victoria de Joe Biden en las elecciones presidenciales, que batieron records de polarización y  participación  (66,7%, más de  159 millones de electores), y que se vio un tanto deslucida por los disturbios raciales y por el inédito empecinamiento del presidente saliente  en negar su derrota, contra toda evidencia, decoro institucional,  y sentido de Estado, lo que posiblemente haya incitado a alguna potencia extranjera a probar suerte accediendo a sistemas informáticos gubernamentales.

El espacio entre estos dos paréntesis en la política americana lo ocupó el debut de la primera pandemia de la era global, que dio en conocerse como COVID-19, y que,  más allá de ser una catástrofe sanitaria sin paliativos, sumió ipso-facto a la economía mundial en un letargo inducido del que aún no se sabe muy bien como saldremos, pero que ha servido para que la Unión Europea -después de asistir atónita a la llegada a Italia de tropas motorizadas rusas con ayuda médica- haya hecho virtud de la necesidad,  aprobando un plan de restauración de la economía que,  por volumen y alcance, deja en mantillas al celebérrimo Plan Marshall, y que nos ha brindado entretenidísimas disquisiciones entre presuntos frugales,  manirrotos  e iliberales, que felizmente encontraron un punto de encuentro ‘in extremis’. Esto, en conjunción con el rápido desarrollo, producción e inoculación de vacunas, nos permite al menos encarar 2021 sin hundirnos irremisiblemente en la desolación.

El resto de los acontecimientos del año palidecen en contraste, por más un par de ellos, como los recientes acuerdos de Abraham –el auténtico canto del cisne diplomático de Trump- y la firma del acuerdo de libre comercio entre Reino Unido y la Unión Europea, marcarán el curso de la geopolítica en los años por venir; bajo la notoria y ya ubicua sombra del gigante chino, cuya presencia se ha manifestado dramáticamente al albur de la pandemia. Así, el envenenamiento del líder opositor ruso Alexei Navalny, las protestas cívicas contra el presidente bielorruso Alexander Lukashenko, la guerra de precios y eventual colapso del mercado del crudo, la lucha campal a pedradas entre chinos e indios en la región de Cachemira, la represión de las revueltas en Hong Kong, el aumento de las tensiones marítimas en el Mediterráneo occidental, los enfrentamientos en Nagorno-Karabaj entre Armenia y Azerbaiyán, y hasta el conflicto armado en la región etíope de Tigray,  han quedado en un segundo plano informativo y político, muy a pesar de que su verdadera trascendencia y sus dinámicas subyacentes apunten a movimientos geoestratégicos en todos esos puntos calientes del planeta, que presumiblemente evolucionarán a peor durante el próximo año.