Opinión

El abismo del fin del mundo, un poco más cerca

El reloj del Apocalipsis

Siempre ha existido fascinación por la profetización del fin del mundo. Cualquier signo aparentemente anómalo del firmamento, como la explosión de una estrella o el choque de dos o más meteoritos, impulsaba a los astrólogos, alquimistas o simples augures a ver en ellos el prefacio del cumplimiento del apocalipsis. Gigantescas catástrofes naturales o la cabalística de civilizaciones periclitadas como la de los mayas también se han incluido en semejante profecía, destinada en principio a mover a la humanidad a desocuparse de sus afanes terrenales del momento para dedicarse a la contemplación de su inminente destino final. 

Desde 1947 estas predicciones se han revestido de un rigor en principio mucho más científico, con una representación inteligible para todo el género humano. Se trata del Doomsday Clock, el reloj que indicaría en medidas de tiempo atómicas lo que nos faltaría para llegar a la medianoche, la autodestrucción total de la humanidad, es decir el final de los tiempos.

Todos los años, habitualmente a finales de enero, los científicos que elaboran el Bulletin of the Atomic Scientists, entre los que actualmente se encuentran una docena de Premios Nobel, atrasan o adelantan las manecillas de tan singular reloj. Y este año han decidido adelantarlo en 20 segundos, colocando por tanto el abismo del fin del mundo a tan solo 100 segundos. 

Nunca se había situado tan cerca. Cuando se creó el reloj, recién terminada la Segunda Guerra Mundial, las manecillas estaban a siete minutos de las doce. Solo en 1991, coincidiendo con el derrumbamiento de la Unión Soviética y el consiguiente final de la Guerra Fría, la apocalíptica predicción se situó más lejos: a 17 minutos de la medianoche. 

Por el contrario, los momentos más próximos al cataclismo total se situaron en 1953 (Guerras de Corea e Indochina y levantamientos independentistas en todo el continente africano), y en los dos últimos años, 2018 y 2019. En los tres casos se situaron a dos minutos del fin de los tiempos. A juicio de los científicos, esa aproximación al abismo se debe fundamentalmente a la llegada a la Casa Blanca del presidente Donald Trump, y en particular a su decisión de retirarse, como también ha hecho la Rusia de Vladimir Putin, del Tratado de Fuerzas Nucleares de Alcance Intermedio (INF), así como a la amenaza de Trump de no renovar el New Start, de reducción de armas estratégicas nucleares, acordado en 2010, una vez expire en 2021. 

El cada vez más incuestionable factor climático

Los científicos, en clara discordancia con el presidente de Estados Unidos, también consideran una clara señal de nuestra inminente autodestrucción la catástrofe climática que asuela a todo el planeta. Manifiestan su decepción por el fracaso de las dos últimas grandes cumbres sobre el clima, la última celebrada en Madrid, sin que las grandes potencias contaminantes se hayan comprometido a reducir sus brutales emisiones de gas de efecto invernadero. 

Señalan a las persistentes evidencias de que los años más calurosos de la historia de la humanidad se concentran todos en el siglo XXI, como signo de que la tendencia puede ser ya irreversible. Esos niveles récord de calor, el resquebrajamiento de la Antártida, el deshielo del Ártico y los megaincendios, iniciados o provocados en muchos casos por delincuentes pirómanos, en Australia, Amazonia brasileña y boliviana o los trópicos en África y Asia, componen una muestra palpable de la acelerada destrucción de nuestro hábitat. Las migraciones masivas, provocadas por la desertificación y las consiguientes tensiones y guerras que sucederán por causa de los choques entre migrantes y poblaciones que se sientan invadidas por estos damnificados climáticos, derivarán en mayores destrucciones aún. 

Los científicos atómicos alertan también sobre el mal uso de la inteligencia artificial, por ejemplo en el uso de drones capaces de asesinar con toda precisión sin supervisión humana. También de la militarización del espacio, campo en el que Estados Unidos, Rusia y China ya han creado sus propias unidades especializadas, y otros países como Francia intentan seguir su estela. 

Más allá del esoterismo y del alarmismo infundado, lo cierto es que la humanidad asiste, contempla y sufre como nunca hasta ahora la devastación global del planeta. También hay una creciente conciencia de que tal fenómeno no corresponde por completo al ciclo natural de las cosas sino que la criminal mano del hombre aporta también más que su correspondiente granito de arena. Lo resume bien la irlandesa Mary Robinson, actual presidenta de los Elders, los Veteranos [políticos] de todos los países que se agrupan bajo la bandera de la ONU: “Pedimos a los actuales dirigentes mundiales que alejen a la humanidad del precipicio”. Un abismo que está ya a tan solo 100 segundos producirse.