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Opinión

El cálculo de Putin

Vladimir Putin

Heródoto nos ha contado la historia “para que el tiempo no borre el recuerdo de las acciones humanas y de las grandes empresas” y cuando se refiere a la invasión persa de Grecia va más allá y en un ejercicio de imaginación, novedoso como todo lo suyo, se interroga también sobre qué habría ocurrido si los persas hubieran vencido en Salamina. Es un ejercicio interesante.

Viene esto a cuenta de la actual tesitura que enfrenta a Putin en Ucrania y de lo que pasaría si Putin no se equivoca en su arriesgada apuesta geopolítica. La versión occidental es que si la invade se enfrentará al ostracismo internacional y que además enfrentará las sanciones más duras hasta la fecha por subvertir el orden internacional y la estructura de seguridad europea al llevar la guerra al corazón de nuestro continente. Sanciones que no solo afectarían a sus líderes y a los sectores industriales, energéticos y bancarios más importantes, sino que de hecho separarían a Rusia del sistema financiero internacional que está dominado por el dólar americano. Todo ello sería un golpe durísimo que tendría un resultado directo muy negativo sobre la economía rusa y el nivel de vida de sus ciudadanos con eventuales consecuencias para su política doméstica.

Pero Vladímir Putin es un hombre inteligente y no conviene minusvalorarlo. Vivió en Berlín como agente de la KGB la caída del Muro y la posterior desaparición de la Unión Soviética que le dejaron traumatizado, y está dispuesto a recuperar para Rusia la influencia global que un día tuvo la URSS. Como buen nacionalista, lo primero que necesita es más territorio a pesar de ser ya Rusia el país más extenso del mundo, un territorio que le de profundidad estratégica y seguridad y que le permita establecer una zona de influencia en torno a sus propias fronteras, que es precisamente lo que le ofrece Ucrania y por eso no puede aceptar que se aproxime a la Unión Europea y menos aún a la OTAN. Porque al igual que Estados Unidos no aceptó misiles rusos en Cuba, él no quiere tener los misiles americanos en su frontera.

Y si para ello tiene que pagar un precio, parece dispuesto a hacerlo si cree que al final puede ganar. ¿Realmente puede?

Podríamos analizar esa posibilidad, como hizo Heródoto con Salamina.

En primer lugar, su abrumadora superioridad militar y cibernética le garantizan el éxito en la guerra. Rusia puede conquistar Ucrania y llegar a Kiev en pocos días para anexionarse el país, como ya hizo con Crimea, o para instalar allí a un Gobierno prorruso al estilo del que ya tiene con Lukashenko en Bielorrusia. Su éxito bélico está garantizado de antemano porque además los EEUU y la OTAN ya han dicho que no intervendrían militarmente. Sería una victoria rápida, parecida a la que Bush tuvo en Irak en 2003. Y, como les ocurrió allí a los americanos, es muy probable que los rusos se enfrenten luego en Ucrania a una resistencia a la ocupación con guerrillas, atentados, desobediencia ciudadana e inestabilidad que les llevaría tiempo y desgaste vencer. Pero que al final lograrían aplastar.

En segundo lugar, Rusia tendría que hacer frente a las duras sanciones con las que le amenazamos. Las impuestas por la anexión de Crimea parece ser capaz de soportarlas y además la población le apoya. Estas serían mucho peores, pero con desinformación, como ya hace, y excitando el nacionalismo ruso, siempre latente, Putin puede pensar que podría cabalgarlas. Se trata de aguantar un tiempo y para eso tiene unas reservas de
600.000 millones de dólares que le dan un colchón de seguridad durante unos años.

En tercer lugar, las exportaciones de gas ruso a Europa se verían comprometidas, el gasoducto Nord-Stream 2 no entraría en funcionamiento, y Moscú necesita vender gas y petróleo para comer. Tendría, pues, que buscar otros compradores y solo se me ocurre China, con la que acaba de firmar otro acuerdo de venta de gas y para la construcción de otro gasoducto que necesitará un par de años para terminarse. Pero Putin puede también pensar que Europa necesita el gas ruso, abundante, más seguro y bastante más barato que el que puede recibir licuado desde EEUU y Qatar y que por lo tanto en poco tiempo Europa volverá los ojos hacia Rusia y volverá a comprar su gas. Porque lo exigirá el bolsillo de sus ciudadanos descontentos con la factura de la electricidad y sin ganas de pasar frío en casa.

En cuarto lugar, Putin también debe pensar que si Occidente le hace el vacío eso le obliga a echarse en brazos de China, que es algo que no conviene a Washington ni a Bruselas... y que en el fondo tampoco Moscú desea. La aproximación entre ambos capitalismos de corte autoritario, escenificada hace pocos días en los Juegos de Pekín, es mala noticia para el liberalismo democrático que ya hoy está en retroceso en el mundo. Y a China le podría interesar ese acercamiento, aunque fuera coyuntural porque hay razones objetivas que lo dificultan, porque el agravamiento de la situación en el escenario europeo impide el deseado “giro hacia Asia” de la política norteamericana y eso dejaría a Pekín las manos más libres en el Indo-Pacífico.

Finalmente se puede suponer que la invasión de Ucrania arrojaría una ola de refugiados sobre Europa occidental que nos crearía muchos problemas y eso facilitaría a Moscú tratar de fomentar las divisiones entre europeos y entre nosotros y los norteamericanos, algo en lo que lleva ya algún tiempo empeñado con poco éxito.

Lo peor para Rusia sería la revitalización de la OTAN y del vínculo trasatlántico, pero eso es algo que ya ha sucedido y que Moscú ha descontado hace tiempo.

Por eso Putin puede calcular que su ostracismo tendrá plazo de caducidad y que todo se reduciría a apretar los dientes y el cinturón y a esperar que escampe, como en el fondo le ha ocurrido tras Crimea. Si piensa así sería una pésima noticia porque acabará invadiendo Ucrania.

Jorge Dezcallar, embajador de España