Opinión

El camino de la salvación

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump

El camino de la salvación es como andar sobre el filo de una navaja, le decía el sabio de las montañas del Himalaya a Tyrone Power en “El filo de la navaja” cuando le fue a consultar sobre sus incertidumbres tras haber vivido el sinsentido de la Primera Guerra Mundial. Sobre el filo de la campaña volvió a andar Donald Trump en Tusla al reiniciar el camino de su reelección después de pasar por el largo proceso del impeachment, la terrible crisis del coronavirus y el estallido anti racista, que ha movilizado a la minoría afroamericana y a los medios de comunicación más críticos. El presidente, sin embargo, no ha dado un solo paso atrás. Se diría que un siglo después de la novela de Somerset Maugham y después de seis meses de batalla judicial, sanitaria y política, Donald Trump considera que, para atravesar el sendero de la incertidumbre, no hay que pestañear ni aceptar una sola crítica, ni perder la esencia del mensaje populista: la “mayoría silenciosa” es más fuerte que nunca; “sleepy Joe” no está a la altura de las circunstancias; hemos luchado de manera eficaz contra la “kung flu”; hemos salvado decenas de miles de vidas de americanos y ahora aplicaremos “la ley y el orden”. 

Lo cierto es que los sondeos en este momento muestran algunas tendencias favorables para Joe Biden. Pero el fantasma de la elección de 2016 que daba una victoria por la mínima a Hillary Clinton hasta pocos días antes del primer martes de noviembre, incluso hasta pocas horas antes del recuento definitivo, no se ha borrado aún de la memoria de los demócratas. En Pensilvania, Florida y Wisconsin, decisivos para la victoria, en este momento llevan ventaja. E incluso en Texas, la intención de voto para Trump es menor. Pero los modelos sociométricos dicen que, ante unos datos económicos no muy boyantes y unos índices de aprobación de la gestión presidencial no extremadamente negativa, el presidente candidato ha salido reelegido desde la segunda guerra mundial. Quizá George Bush fue la excepción en 1992.  

Así las cosas, una visión bastante independiente como puede ser la de The Economist, señala que la clave está en dos cuestiones: que el efecto de la recuperación económica se acelere y que Trump consiga mantener las expectativas del voto sobre el filo de los estados reversibles. Lo cual, a día de hoy, no parece imposible, aunque las incertidumbres siguen siendo muy altas ante los riesgos de aumento de contagios y fundamentalmente por la extraordinaria magnitud de las cifras de víctimas y los demoledores efectos de la crisis en la economía y el paro. 

Pocos sondeos ni modelos pueden resultar fiables en una situación política desconocida en las últimas décadas donde se han juntado, en un polarizado sendero electoral, la pandemia, la creciente tensión internacional, las protestas sociales y la confluencia de unos liderazgos que, no solamente en los Estados Unidos, sino en España, Reino Unido o Brasil van a tener que explicar a la opinión pública la falta de previsión, los vaivenes en las decisiones, la incapacidad de reaccionar de manera cohesionada y el número de víctimas. No dar un paso atrás, no reconocer los errores y magnificar los éxitos especulando sobre el número de ciudadanos salvados gracias a la acción de presidentes y Gobiernos, tal y como también ha hecho Pedro Sánchez en su última comparecencia, puede significar el final del camino para la credibilidad política.