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Opinión

El conflicto en la frontera entre Polonia y Bielorrusia 

crisis migratoria

Durante la última semana, los medios se han hecho eco de una nueva crisis relacionada con movimientos masivos de migrantes. En este caso, todas las miradas se han dirigido hacia la frontera polaco-bielorrusa, aunque se trate de una situación con la que ya están familiarizados en la frontera lituano-bielorrusa desde comienzos del verano pasado. También en el otro extremo de la Unión Europea hemos sido testigos últimamente de situaciones análogas con las oleadas de migrantes tratando de traspasar la frontera hispano-marroquí para entrar en Ceuta o Melilla. Se trata de un mecanismo en el que los migrantes se convierten en instrumento de presión de un país contra otro (o de un ‘imperio’ contra otro) hasta el punto de haberse calificado estas situaciones de ‘guerras híbridas’.

Tanto Marruecos como Bielorrusia se saben en algunos aspectos económicos y militares en condiciones de inferioridad respecto a la Unión Europea, pero, sin embargo, explotan a su favor la vecindad geográfica (basta mirar un mapa y comprender que Bielorrusia es como un “cuchillo” ruso que entra en la UE) y el anhelo de migrantes procedentes sobre todo del África negra y de Oriente medio.

En el caso de la frontera polaco-bielorrusa, y a pesar de la dificultad para informar sobre el terreno (en Bielorrusia no existe transparencia informativa y en Polonia simplemente la zona cercana a la frontera es inaccesible por haber sido declarada de ato riesgo militar) todo apunta a que los migrantes son mayoritariamente kurdos. Las imágenes de adultos calentándose ante fuegos improvisados y niños con carteles en inglés pidiendo volver a ir a la escuela, tienen algo de artificial. Un migrante kurdo entrevistado por teléfono por un periodista especializado reconoce que ya han sido varias las veces que ha viajado de Minsk a la frontera (y vuelta). Parece claro que el Gobierno bielorruso facilita el ir y venir de estos migrantes, para los que volver a su país de origen no es una opción, de modo que la presión fronteriza aumente o disminuya en función de la escalada de reacciones de los mandatarios europeos.

El paralelismo entre Marruecos y Bielorrusia está también en las causas inmediatas del conflicto. En ambos casos los gobernantes son vistos desde fuera como poco democráticos, incluso poco humanitarios. En el caso marroquí, hubo mucho de reacción ante el apoyo español a Brahim Ghali, líder del Frente Polisario apoyado a su vez por Argelia. En el caso bielorruso, Lukashenko, en el poder ininterrumpidamente desde 1994 -más tiempo incluso que Putin (1999), que ya es decir-, viene siendo repetidamente acusado por Bruselas de falsear los resultados electorales para salir reelegido una y otra vez. La Unión Europea ha apoyado tímidamente los movimientos de protesta antigubernamentales, aunque las amargas experiencias de las llamadas ‘revoluciones de colores’ no auguran nada bueno.

A los 30 años de la caída del Muro de Berlín, hay que recordar que muchas antiguas repúblicas soviéticas pasaron en algún momento por un movimiento popular dirigido a derrocar a quienes, procediendo de las antiguas élites comunistas, se habían aferrado al poder transformados de la noche a la mañana en fervientes demócratas capitalistas. La más conocida fue la revolución naranja en Ucrania, que apuntaba a revolución pacífica, pero se consumó años después en el famoso ‘euromaidan’ con el que las turbas acabaron forzando la huida del país de Yanukovich, quien, por cierto, presumía como Lukashenko de haber sido legítimo vencedor de las elecciones.

Todos sabemos en qué acabó aquella explosión de patriotismo ucraniano antirruso -producto local del nacionalismo moderno en versión ucraniana que convierte a Rusia en principal enemigo de Ucrania, en lugar de profundizar en el pasado común de Ucrania, Rusia y Bielorrusia-. No se olvide que Rusia nació en Kiev, que Bielorrusia significa Rusia Blanca y que Ucrania significa algo así como ‘frontera’.

Tampoco hay que olvidar que ningún Estado actual puede jugar a ir solo por el mundo, sino que tiene que tener el paraguas de algún ‘imperio’ y que la UE no parece que tenga capacidad ni talento para acoger bajo su paraguas ni a Ucrania ni a Bielorrusia. Cosa que, sin embargo, Rusia está dispuesta a hacer con naturalidad. Téngase en cuenta, además, que la actual tensión de la UE con Bielorrusia coincide en el tiempo con una escalada del enquistado e irresuelto conflicto en Lugansk y Donbass. Moscú y Kiev se acusan mutuamente de no respetar los acuerdos de Minsk.

Así las cosas, ¿hacia dónde nos dirigimos? Lukashenko ha llegado a amenazar con cortar el suministro de gas ruso que circula hacia Europa atravesando Bielorrusia. Esto no lo hará porque sería un desastre económico para Rusia. Pero sirve para asustar a la opinión pública europea y, de paso, a sus dirigentes que, probablemente, harán declaraciones grandilocuentes de indignación para después, sutilmente, hacer alguna concesión a Lukashenko que le deje contento durante un tiempo y así dejen de salir en las noticias las desagradables imágenes de familias ateridas con una hoguera a un lado y una alambrada vigilada por soldados al otro lado.

Miguel Ángel Belmonte, profesor de Ciencias Políticas de la Universitat Abat Oliba CEU/The Diplomat