Opinión

El Coronavirus y la crisis de la República Islámica de Irán

Irán y el corona

El régimen iraní ha estado celebrando los cuarenta años de la Revolución en medio de una de las crisis de legitimidad más profundas de la historia de la República Islámica. Los últimos seis meses han sido especialmente duros para la clase dirigente iraní, que además de las sanciones estadounidenses ha tenido que enfrentar tres grandes crisis internas.  La primera se produjo en otoño de 2019, cuando estallaron protestas multitudinarias en varias ciudades industriales del país a causa de la subida del precio del combustible. La respuesta gubernamental fue contundente: a la violencia policial desmesurada―que según Amnistía Internacional ha dejado al menos 300 muertos― le siguió un corte estratégico de Internet para impedir que se difundieran imágenes de las protestas. 

La segunda crisis llegó poco después: a finales de 2019 se produjo una escalada de tensión entre la República Islámica y EEUU en Irak que se saldó con el asesinato del prestigioso general iraní Qasem Soleimani y el trágico derribo accidental de un avión de pasajeros por parte de las defensas aéreas iraníes. Aunque el régimen se disculpó por el accidente y trató de mostrar su fortaleza interna con un multitudinario funeral en honor del desaparecido general, el descontento de parte de la población iraní es evidente. La participación en las elecciones legislativas del pasado 21 de febrero ha sido la más baja de la historia de la República Islámica, con un escaso 42%. La victoria de la lista más ligada al aparato del régimen ―autodenominada “fundamentalista” por mantenerse fiel a los fundamentos o principios de la revolución― es el resultado directo de la alta abstención.

La tercera crisis se ha desatado poco después de las elecciones y amenaza con minar aun más la credibilidad de las instituciones del régimen. El Coronavirus se extiende descontrolado en un Irán ahogado por las sanciones ―que impiden importar medicamentos y suministros médicos― cuyo gobierno no ha sabido actuar con decisión en las primeras semanas de la epidemia. El virus, cuya tasa de mortalidad en Irán supera a la de China o Italia, ha infectado a personalidades muy destacadas del régimen, como la vicepresidenta Masumeh Ebtekar, una veterana del secuestro de la embajada estadounidense  durante la revolución. Quizá el caso más llamativo ha sido el de Iraj Harirchi, viceministro de salud, quien hace una semana anunció en televisión que había contraído la enfermedad un día después de afirmar que todo estaba bajo control. 

En el momento de terminar este artículo el número de infectados supera los 1500, con al menos 66 muertos. El foco del brote parece ser la ciudad seminario de Qom, aunque la mayoría de los casos se concentran en Tehrán. Al igual que en otros países, las mascarillas sanitarias y el jabón desinfectante se han agotado en muchos comercios, y el gobierno ha iniciado una campaña para sancionar a los especuladores. La muerte Mohammed Mirmohammadi, un septuagenario asesor directo del Líder Supremo Jameneí, ha desatado aún más las alarmas entre la envejecida clase dirigente iraní, muchos de cuyos miembros pertenecen al grupo de riesgo. De momento la actividad parlamentaria ha sido suspendida, al igual que las clases en colegios y universidades, aunque los santuarios religiosos en Qom siguen abiertos, con decenas de creyentes besando las tumbas y monumentos sagrados sin miedo al contagio.

Aunque el sistema sanitario iraní es uno de los más sólidos de la región y cuenta con personal muy capacitado, el aumento del número de casos de Coronavirus puede ponerlo al límite. La escasez de mascarillas y material sanitario aumenta la posibilidad de que médicos, enfermeros y auxiliares se contagien. La mala gestión gubernamental durante los primeros días de epidemia ―falta de transparencia, ausencia de medidas de control y subestimación del riesgo― ha hecho que la enfermedad y los rumores asociados se expandan sin control. Si bien durante la última semana se han implementado medidas serias de prevención y desinfección, es de esperar que el número de infectados y muertes aumente durante los próximos días antes de que el brote se estabilice. 

El año nuevo persa, que se celebra el 21 de marzo, presenta un dilema para los gestores iraníes. Por un lado, la popular festividad, en la que las familias salen al aire libre y se visitan unas a otras, es un potencial foco de contagio y difusión del virus. Por otro, el descontento popular puede crecer aún más si se aplican cuarentenas o restricciones de movilidad. Además, es posible que las autoridades iraníes, muy preocupadas por la imagen del país, quieran evitar escenas de calles desiertas y un país paralizado por la epidemia y las cuarentenas. En cualquier caso, el Coronavirus ha añadido un elemento de tensión inesperado que ni el régimen ni los analistas especializados en Irán podían prever. La gestión de la crisis sanitaria va a ser crucial para el futuro una República Islámica cuya legitimidad está más cuestionada que nunca.

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