PUBLICIDAD

Iberdrola

Opinión

El día que el río Sena apareció teñido de sangre

Francia colonia francesa

“Fue la represión de Estado más violenta jamás provocada por una manifestación callejera en toda Europa Occidental en la historia contemporánea”, dicen de aquel suceso los historiadores británicos Jim House y Neil MacMaster. Fue en todo caso la herida cuyo pus infectaría por muchos años las relaciones entre Francia y Argelia. 

Ocurrió el 17 de octubre de 1961, cuando la guerra por la independencia de Argelia (1954-1962) estaba tocando a su fin. Pero las operaciones y atentados de los últimos meses habían exacerbado los ánimos, y en el territorio de la metrópoli los argelinos se habían convertido en sospechosos, cuando no culpables, por el mero hecho de exhibir sus rasgos magrebíes. 

En esa fecha, la policía parisina se muestra particularmente excitada. Cinco agentes han perecido en otros tantos atentados y todos malduermen por sentirse objetivo preferente de “terroristas argelinos” incrustados en el corazón de la capital francesa. El prefecto del que dependen es Maurice Papon, un personaje con un pasado siniestro por haber estado implicado en la caza y captura de 1.600 judíos en la zona vitivinícola de Burdeos entre 1942 y 1944, muchos de los cuales morirían en los campos de exterminio nazis a los que serían deportados. Papon, que llegaría a ostentar varios años más tarde una cartera ministerial bajo la presidencia de Valery Giscard d´Estaing, dio la orden, aquel 17 de octubre de 1961, de reprimir por todos los medios la manifestación convocada en París por la Federación en Francia del Frente de Liberación Nacional (FLN). 

Dos eran los motivos de una “marcha pacífica” que aglutinaría entre 20.000 y 40.000 manifestantes, según la contabilidad de las fuentes en presencia: reclamar una “Argelia argelina”, o sea independiente, y exigir la revocación del toque de queda impuesto por el Ministerio del Interior exclusivamente a los “franceses musulmanes de Argelia” residentes en la metrópoli, una discriminación que juzgaban intolerable por presuponer de hecho su culpabilidad. 

Con los medios de información galos sometidos a una drástica censura, el balance de aquella jornada se redujo al comunicado de la Prefectura: apenas tres muertos argelinos, “víctimas de enfrentamientos entre facciones del propio FLN, y numerosos heridos de diversa consideración entre las fuerzas policiales”.

La censura en tiempos de guerra

La realidad fue bien distinta: los muertos entre los manifestantes fueron al menos 120, elevados a más de 200 por el historiador Jean-Luc Einaudi (La Bataille de Paris, 17 octobre 1961, Ed. Seuil). La represión fue brutal, ya que además de los disparos a quemarropa, la policía no se ahorró ningún gesto de clemencia en apalizar y matar a golpes a muchas de sus víctimas, lanzadas al Sena posteriormente. La aparición de los cadáveres en las aguas de río a la mañana siguiente fueron acalladas férreamente por la censura, al tiempo que se amplificaba la rumorología sobre presuntos atentados y ataques a las fuerzas policiales en diversos puntos de la capital. Se multiplicaron las detenciones y las palizas en las comisarías se incrementaron en cantidad e intensidad, puesto que las sevicias fueron prácticamente la norma general con cualquier sospechoso desde el estallido mismo de la guerra.

Sesenta años después de aquel episodio se está restableciendo la verdad, e incluso el presidente Enmanuel Macron lo ha señalado como una de las tres conmemoraciones y homenajes a los que sufrieron aquella descarnada guerra. La primera de ellas ya la cumplió: el reconocimiento, rehabilitación e indemnización a los harkis, los argelinos que sirvieron como ayudantes y auxiliares de las tropas francesas. La tercera será el 18 de marzo próximo cuando se conmemoren los Acuerdos de Evian, que sancionaron la definitiva independencia de Argelia. 

Todo ello se produce cuando las relaciones institucionales entre ambos países han entrado en una fase cuando menos delicada, a raíz de unas declaraciones del presidente Macron, transcritas por el diario Le Monde, en donde se tilda a los gobernantes argelinos de “sistema político-militar fatigado y fundado sobre el odio a Francia”, además de apoyarse sobre “una renta memorialística que no se cimenta en la verdad”. Frases que han provocado la cólera de Argel, que ha llamado a consultas a su embajador en París.