Opinión

El desafío de Biden en Oriente Medio. Del Acuerdo del Siglo a los Acuerdos de Abraham y el pragmatismo de la nueva geopolítica regional 

El desafío de Biden en Oriente Medio. Del Acuerdo del siglo a los Acuerdos de Abraham y el pragmatismo de la nueva geopolítica regional 
Los hechos consumados como eje de la política exterior en Oriente Medio 

Cuando, el 28 de enero de 2020, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, presentó su Acuerdo del siglo para solucionar el conflicto palestino-israelí (denominado oficialmente «Paz para la prosperidad. Una visión para mejorar las vidas de los pueblos israelí y palestino»)1, se esperaba (o se conjeturaba) con que sería muy mal acogido tanto por el mundo árabe, como por el conjunto de la comunidad islámica y, sobre todo, por la comunidad internacional. Sin embargo, la realidad fue muy distinta y se pudo ver de inmediato que el documento se encontró con un recibimiento mejor de lo que se podría haber esperado antes de su publicación. 

Evidentemente, la Liga Árabe y la Unión Africana condenaron el plan de Trump y lo calificaron en muy duros términos, hasta el punto de que el secretario general del organismo panárabe, Ahmed Aboul Gheit, lo definió como «un gran desperdicio de los derechos legítimos de los palestinos en su territorio»2, mientras que la organización panafricana, por medio del presidente de la Comisión de la UA, Musa Faki Mahamat, afirmó que este documento «ignora los derechos legítimos del pueblo palestino y constituye una grave violación de los derechos fundamentales»3. 

En términos similares se manifestaba la Unión Europea que, en un comunicado de su alto representante para la Política Exterior, Josep Borrell, publicado el 4 de febrero, señalaba que el plan de Trump viola el derecho internacional y contradice la visión europea sobre la solución de los dos Estados, por lo cual instaba a continuar buscando una solución al conflicto que provenga del diálogo bilateral y de un acuerdo entre las partes4. 

Reparemos en la reacción de Emiratos Árabes Unidos, Baréin y Arabia Saudí. El primero (con el apoyo del segundo) consideró el plan de Trump como un «importante punto de partida para el regreso a las negociaciones dentro de un marco internacional dirigido por Estados Unidos», como manifestaba el mismo 28 de enero en un comunicado la embajada emiratí en Washington5. Igualmente significativa fue la reacción de Riad, que subrayaba su respaldo a las negociaciones directas entre israelíes y palestinos, bajo los auspicios de Estados Unidos y descartaba que la solución al conflicto puediera venir por la vía militar, lo que por un lado supone un mensaje a Israel para que no siga ejerciendo un agresivo expansionismo, en particular en Cisjordania, pero también se envía otro a los palestinos (muy en particular al movimiento islamista Hamás), cuya praxis de ataques a objetivos israelíes y su idea de no abandonar la acción violenta como epítome final en caso de no prosperar sus aspiraciones políticas están totalmente superadas y obsoletas, esencialmente porque se ha demostrado que son inútiles6. 

El verano de 2020 fue extraordinariamente interesante para ver cómo dicho apoyo más o menos sosegado o más o menos claro y concreto al plan de Trump, se traducía en la firma de los denominados Acuerdos de Abraham, por los cuales Emiratos y Baréin establecen relaciones diplomáticas con Israel, con quien formalizan unos acuerdos económicos, financieros y sobre todo de seguridad —tutelados y patrocinados por Estados Unidos— que suponen un punto de inflexión en el escenario geoestratégico de la región. 

Ese cambio de narrativa tiene un motivo muy claro: Irán que, desde hace mucho tiempo, es el enemigo común de todos estos países y contra el cual todos ellos concentran sus esfuerzos para evitar que siga penetrando en el mundo árabe, como ya lo ha hecho totalmente a las claras en Siria y Líbano, y de una manera muy activa y cada vez más evidente en Irak y teniendo en cuenta la partida de ajedrez que saudíes y emiratíes juegan en Yemen con los iraníes. 

Tras Emiratos y Baréin, un país árabe y africano, Sudán, considerado hasta ahora casi un paria de la comunidad internacional, anunciaba su reconocimiento de Israel, con el que establecía relaciones diplomáticas y, al mismo tiempo, salía de la lista negra estadounidense de naciones que patrocinan el terrorismo. El pasado 10 de diciembre, Donald Trump anunciaba que Marruecos hacía lo propio con Israel y, a cambio, y saltándose todo lo establecido por la ONU, Washington reconocía la soberanía marroquí sobre el Sahara Occidental. 

12 meses y una pandemia demoledora (y aún muy viva y activa) después, Estados Unidos tiene un nuevo presidente, Joe Biden. Israel acudirá de nuevo a las urnas en marzo, una vez fracasado el Gobierno de coalición acordado por el primer ministro, Benjamín Netanyahu, y el líder centrista Benny Gantz. El secretario general de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) y negociador-jefe palestino, Saeb Erekat, falleció el pasado 10 de noviembre víctima del coronavirus… La geopolítica, en suma, es otra, bastante diferente a lo que era en enero de 2020 y, al igual que entonces, el conflicto palestino-israelí ya no está en el centro del escenario porque ya no da más de sí en el ámbito de las relaciones internacionales y de las diversas narrativas de cada uno de los actores implicados. 

Ahora, como antes, pero quizá más claramente, el enemigo común tanto de Estados Unidos, como de Israel y, también, de buena parte de sus (viejos o nuevos) aliados árabes es Irán, y precisamente por ello estos países se han visto obligados, impelidos, forzados o estimulados a cambiar o renovar sus criterios. Es necesario, quizá, actualizar algunos de los viejos temas y cambiar roles o modificarlos. Y, sobre todo, es necesario también sopesar y analizar en qué medida una nueva Administración estadounidense, completamente distinta a la anterior, mantiene los mismos criterios que esta en cuestiones levantinas, aunque sea de una forma más atemperada, mejor presentada, menos agresiva, pero en definitiva similar o igual. En suma, este es el desafío que se le presenta a Joe Biden en Oriente Medio. 

Los Acuerdos de Abraham, una forma dulcificada de asumir el plan de Trump 
La «visión» de Donald Trump, un ejemplo de áspero unilateralismo 

La «visión» de Donald Trump tenía un claro componente de unilateralidad, de imposición, de una solución no pactada a un conflicto —el palestino-israelí— que nunca se ha resuelto plenamente y cuando se ha estado más o menos cerca de solucionar (Acuerdos de Oslo de 1993) lo ha sido mediante una negociación bilateral patrocinada (o tutelada) por Estados Unidos. 

El cambio que Trump dio a la situación se basó en cuatro principios básicos: 

  • Unilateralidad de la oferta. 
  • Carácter irrechazable e innegociable de la misma. 
  • Parcialidad en favor de una de las partes implicadas en el conflicto, Israel. 
  • Cláusula dineraria, entendida como un elemento determinante para aceptar el acuerdo. 

Dicho de otro modo: Trump, que ya había trasladado desde Tel Aviv a Jerusalén la embajada de Estados Unidos en Israel; que, de este modo, reconocía a la Ciudad Santa como capital, única y unificada, del Estado judío y que, en su documento para solucionar el conflicto, reconocía de hecho la ampliación del Estado de Israel con la anexión de tierras ocupadas en Cisjordania y su prolongación hasta el Valle del Jordán, ofrecía a la parte palestina, así como a Egipto y Jordania (los vecinos árabes más directamente implicados en la cuestión), un aporte de 50 000 millones de dólares con el que revitalizar sus maltrechas economías y con la promesa de que esto sería el principio de un tiempo nuevo. La economía serviría para atenuar las heridas causadas por la política y las que pudiera causar —y causaría— la aceptación de un plan que, en su descarnado y unívoco pragmatismo, trata de solucionar por la vía rápida —la de los hechos consumados— algo que lleva casi tres décadas atascado. Trump planteaba a los palestinos que se atuvieran a una realidad inevitable a cambio de un presunto futuro de prosperidad y vitalidad económica7. 

Obviamente, el plan de Trump propina un fuerte pescozón a Oslo al considerar periclitados sus fundamentos y sostiene que es necesario dar un giro sustancial para modificar una narrativa reseca y que, y eso es un hecho evidente, se ha marchitado. Oslo se quedó en los cimientos, no se siguió construyendo sobre ellos, y el resultado —sobre todo de acuerdo con todo lo sucedido desde entonces y que ha ido empeorando, en particular en los últimos 20 años— es una frustrante sensación de fracaso, no solo de acuerdo con el criterio de la Administración Trump, sino con el de la mera observación empírica8. 

Los Acuerdos de Abraham, un espaldarazo a los criterios de Trump 

Los Acuerdos de Abraham suponen, de un modo implícito, tal vez, pero evidente una especie de espaldarazo árabe a la iniciativa de Trump. Y ello lo podemos verificar con el siguiente planteamiento: 

  • Israel, Estados Unidos y una parte significativa de los países árabes (sobre todo Egipto, Jordania y, casi, la totalidad de las monarquías del Golfo) comparten criterios en materia de seguridad y defensa. Tienen intereses comunes y un enemigo común: Irán. Se necesitan mutuamente y al mismo tiempo son conscientes de que deben establecer sinergias en ese ámbito para poder contrarrestar adecuadamente la amenaza iraní. 
  • Israel necesita del apoyo árabe para poder presentarse a una eventual negociación con los palestinos con garantías, con avales, y quién mejor que los árabes para facilitarlos. 
  • Estados Unidos mantiene en la cuestión de Oriente Medio un criterio muy claro, basado en la estrecha alianza con Israel y en la cooperación con este país y también con los ya citados árabes y con todos los que puedan sumarse a sus postulados. Cuantos más mejor, y cuanto más se acerquen los unos a los otros mucho mejor también. Por consiguiente, si los aliados de siempre, pero enemistados entre sí, se aproximan y entablan relaciones entre ellos, se produce un cambio de escenario radical, dado que se abandonan los recelos mutuos y las interferencias y se adoptan criterios comunes que al final convergen en una sola dirección. 

Si estos acuerdos siguen generando adeptos y propiciando adhesiones (y no hay que descartar que así sea; más bien es un hecho que una vez se produzca el relevo en la Casa Blanca, otros países árabes secundarán esa iniciativa), los palestinos se irán quedando cada vez más solos y los apoyos políticos, financieros y económicos que precisan irán menguando progresivamente, salvo que cambien de actitud y de postulados. 

Biden y la búsqueda de un punto de pragmático equilibrio 

Por ello, y además de estar muy expectantes ante cuál sea la primera medida que tome Joe Biden sobre Oriente Medio una vez que acceda al Despacho Oval, también debemos permanecer muy atentos a cuál es la postura que adopta ante Irán que, repito, actualmente es el verdadero elemento galvanizador para entender lo que está sucediendo en la región. 

De acuerdo con lo que se puede ir vislumbrando, Biden parece estar a favor de que los países árabes normalicen las relaciones con Israel y considera este punto como un paso previo muy importante para la celebración de nuevas negociaciones bilaterales con los palestinos9. El nuevo presidente estadounidense parece inclinado a seguir con los planteamientos que caracterizaron la Administración Obama, la cual desempeñó la vicepresidencia y que se culminaron en el conocido como Plan Kerry que, sin embargo, no llegó a ninguna parte. 

Sin embargo, los Acuerdos de Abraham pueden facilitarle bastante a Biden la tarea de mediación, puesto que ahora no sería solo Estados Unidos el que tratará de auspiciar el diálogo, sino que contaría con países árabes aliados que han establecido relaciones con Israel y que pueden ser de una gran ayuda para convencer a los palestinos de la necesidad de dialogar y de llegar a un acuerdo. De hecho, algunos analistas sostienen que la llegada de Biden a la Casa Blanca puede animar a nuevos países a normalizar las relaciones con el Estado judío. Y entre ellos ocupa un lugar preponderante Arabia Saudí que ya ha mantenido —y mantiene— contactos discretos con los israelíes y que si finalmente se decide a reconocer a Israel propiciará una catarata de adhesiones en el mismo sentido. 

Todo el mundo sabe que Israel ha mantenido una diplomacia paralela y, si no secreta, sí discreta, con diversos países árabes, entre ellos la citada Arabia Saudí10 y Omán (con este último muy poco secreta, por cierto), pero también es cierto que los contactos con los saudíes son más o menos intermitentes y han suscitado no pocas controversias en la familia real, cuyos miembros más veteranos son bastante reticentes a formalizar los vínculos, mientras que los jóvenes, encabezados por el príncipe heredero, Mohamed Bin Salmán, parecen decididos a dar un paso adelante en ese sentido, lo que de hacerse supondría un punto de inflexión sin precedentes en la historia del mundo árabe11. 

Pero, evidentemente, Biden también debe dar pasos para restablecer la comunicación con los palestinos, en la práctica interrumpida durante el mandato de Donald Trump. En este sentido, como señala el profesor Yossi Mekelberg en un artículo publicado en Chatham House, sería una buena señal que permitiera la reapertura de la oficina de la delegación palestina en Washington o que ordenase volver a hacer aportaciones a la Agencia de la ONU para los refugiados palestinos (UNRWA)12. Otra cuestión sería la del emplazamiento de la embajada estadounidense en Israel, que no parece muy probable que salga de Jerusalén. 

Marruecos y Sudán, dos versos sueltos y fundamentales

Con la normalización de relaciones entre Marruecos e Israel, anunciada por Trump, el 10 de diciembre de 2020, Biden se encontrará, en teoría al menos, con un problema diplomático sobrevenido, que tiene que ver con la decisión de Trump de reconocer la soberanía marroquí sobre el Sahara Occidental, un asunto muy espinoso, aunque no más que el conflicto palestino-israelí y que, al igual que este, está perfectamente tipificado en el derecho internacional y en las resoluciones de la ONU. 

Obviamente, como nunca se tomó muy en serio a la ONU, Trump no se planteó que su decisión unilateral choca con lo establecido por esta. Para él, lo importante era sumar nuevos socios a su iniciativa de fomentar un amplio reconocimiento árabe de Israel y, por lo tanto, el precio pagado a Marruecos tampoco le parecía demasiado alto. Es más 

—y esto no es estrictamente achacable a Trump—, Estados Unidos considera a Marruecos un aliado vital en el Magreb y en el Mediterráneo meridional y, desde hace mucho tiempo, ha adoptado una actitud bastante laxa con respecto a la postura anexionista de Rabat respecto al Sahara Occidental. 

El paso dado ahora por Washington es, según señaló en su momento el diario francés Le Monde, un «ejemplo de manual de la diplomacia transaccional de Trump»13, consistente, sobre todo, en llegar a acuerdos por la vía rápida, a un precio alto, pero no inasequible, si con ello cumple con su objetivo primario, en este caso el de sumar nuevos socios a su grupo. 

A Biden se le presenta ahora un problema muy difícil en términos diplomáticos. Por un lado, le viene muy bien que un socio y aliado como Marruecos decida estrechar sus lazos con Israel, pero por otro sabe que el precio que ha pagado Trump (y que, insisto, a Estados Unidos como tal, no le parece mal) es, si no excesivamente alto, sí demasiado burdo en términos de relaciones internacionales. Ahora bien, tampoco tenemos motivos para pensar hoy por hoy que la próxima Administración estadounidense vaya a efectuar grandes cambios en este sentido. No le convendrá molestar a un aliado cuya postura en el fondo comparte y, asimismo, no le interesa en absoluto que Rabat reconsidere su postura con respecto a Israel. Igualmente, Marruecos es un socio vital en lo referente a la seguridad en el Sahel y en la lucha contra el terrorismo yihadista que transita casi a sus anchas por aquella región. En consecuencia, la cooperación entre Rabat y Washington es fundamental para seguir manteniendo segura (o menos inestable) la zona y, al mismo tiempo, la ayuda de Washington es vital para que Rabat profundice en el desarrollo de infraestructuras y de trabajos de fomento en obras públicas y recursos naturales. Para ello, Washington ha suscrito un memorando con Marruecos por 3000 millones de dólares para llevar a cabo inversiones privadas en la zona que, sin duda, redundará en importantes beneficios para ambas partes14. 

Por otro lado, la decisión de Estados Unidos ha supuesto un alivio diplomático para Francia, otro estrechísimo aliado de Marruecos, y que siempre ha mantenido una postura bastante próxima a la de este en lo referente a la cuestión del Sahara Occidental, hasta el punto de que la primera reacción del Ministerio francés de Exteriores, una vez conocido el establecimiento de relaciones entre Marruecos e Israel y de que Estados Unidos reconociera la soberanía marroquí sobre el Sahara Occidental, consistió en manifestar su apoyo al plan de autonomía de Rabat para la excolonia española, al considerarlo «una base para mantener conversaciones serias y creíbles»15. 

El derrocamiento del dictador de Sudán, Omar Hasán Al Bashir, el 11 de abril de 2019, supone un giro radical en la situación de este país en el contexto de las relaciones internacionales. Hasta esa fecha, Estados Unidos mantenía a Sudán en la lista de países que patrocinan o amparan el terrorismo (en la que fue inscrito en 1993, tras el primer atentado contra el World Trade Center), lo cual le condenaba a quedarse fuera del circuito de ayudas y créditos asistenciales y al mismo tiempo le mantenía aislado del sistema de intercambios en materia de seguridad y defensa. Todo ello había dejado a este gigante africano en una situación de auténtica postración económica y política. El cambio surgido con la llegada de los nuevos gobernantes sudaneses al poder ha tenido una repercusión evidente. 

Al salir de la lista de negra de Estados Unidos, Sudán puede beneficiarse de créditos blandos y de asistencia militar y de seguridad que le pueden ser muy útiles para luchar contra el yihadismo (muy presente en amplias zonas del país) y para garantizarle una estabilidad de la que hasta ahora carecía. No obstante, para volver a obtener la confianza de Washington, las nuevas autoridades de Jartum tuvieron que hacer un depósito previo de 335 millones de dólares en concepto de indemnización a los supervivientes y los parientes de las víctimas de los atentados cometidos en 1998 por Al Qaeda contra las embajadas de Estados Unidos en Tanzania y Kenia, en los que murieron 200 personas y que fueron aplaudidos por Al Bashir, quien en aquel momento mantenía una muy estrecha relación con dicho grupo terrorista y con su entonces líder, Osama Bin Laden, que había vivido en Sudán acogido por sus dirigentes hasta 199616. 

Pero era necesario algo más para cerrar el círculo; faltaba un movimiento que podríamos calificar de giro copernicano en la política exterior sudanesa y que no era otro que el reconocimiento del Estado de Israel, algo impensable hasta hace bien poco y que tiene un gran valor no solo político sino simbólico17. 

No olvidemos que en la capital sudanesa, Jartum, se firmó el 1 de septiembre de 1967 

—todavía muy calientes los rescoldos de la Guerra de los Seis Días— la célebre Declaración de los tres noes por la cual los países de la Liga Árabe se comprometían a no negociar con Israel, a no buscar la paz con Israel y a no reconocer a Israel que, en ese momento, había asestado un golpe mortal a sus vecinos árabes con la conquista y ocupación de los Altos del Golán, la franja de Gaza, la península del Sinaí, Cisjordania y (la clave, al menos hasta hace bien poco, a la vista de los acontecimientos) Jerusalén Oriental. 

Evidentemente, la salida de Sudán de la lista de países patrocinadores del terrorismo no ha sido nada fácil y, hasta diciembre de 2020, hubo dudas de que el Congreso avalase la decisión de Trump. Pero también es verdad que, de no haberlo hecho, el país africano podría haber tomado una deriva muy incierta hasta el punto de entrar en la peligrosa senda que conduce a la condición de Estado fallido, dada su fragilidad política, económica e institucional que las nuevas autoridades de Jartum tratan de resolver por todos los medios. En principio, parecen haber dado pasos hacia la normalización interna y, asimismo, da la impresión de que el reconocimiento de Israel puede haberle supuesto a Sudán un poderoso estímulo que se traduciría en cooperación y en su presencia en una especie de partenariado regional avalado por Estados Unidos que le serviría de gran ayuda18. 

La clave es Irán 

Este partenariado que acabamos de mencionar tiene un objetivo básico común, que no es otro que frenar el expansionismo iraní en Oriente Medio y que ha conseguido tender una tupida red en Siria e Irak, con extensiones en Líbano y Yemen, sin olvidar su influencia muy notable en Baréin o incluso en la misma Arabia Saudí y Omán. En todos estos países una parte (más o menos importante) de la población es musulmana chií y tradicionalmente ha mirado siempre antes a sus hermanos de religión (o de rama de una religión) persas que a los de etnia, cultura y lengua árabes. 

A ello hay que añadir el contencioso nuclear iraní que parecía más o menos encarrilado cuando en 2015 se firmó el Acuerdo nuclear (JCPOA, por sus siglas en inglés) entre Teherán y el Grupo 5+1 y que Donald Trump dinamitó en 2018 al retirar del mismo a Estados Unidos, lo que contó con el aplauso entusiasta de Israel, que siempre ha insistido en que los iraníes seguían desarrollando tecnología nuclear para fines militares, si bien no aportaba pruebas contundentes que confirmasen dicha tesis, como en varias ocasiones indicó el Organismo Internacional de la Energía Atómica (OEIA), la agencia de la ONU que supervisa el cumplimiento de dicho pacto19. 

A nadie se le escapa que Irán es una amenaza para los intereses del eje-Estados Unidos- Israel-Arabia Saudí y aliados; tampoco podemos pasar por alto que Teherán mantiene una política activamente agresiva contra los intereses de estos países y que ha afianzado posiciones en los territorios del antiguo «Creciente fértil», donde a Estados Unidos (e igualmente en el plano ideológico a Arabia Saudí) le ha sido hasta ahora prácticamente imposible asentarse de manera creíble y en donde este país disputa a su vez su partida particular partida de ajedrez con Rusia, estrechísima aliada de la República Islámica, a su vez socio de la Siria de Bashar Al Asad. 

A diferencia de lo que hizo Trump, Joe Biden se ha comprometido a reintegrar a Estados Unidos en el JCPOA, pero eso no quiere decir que vaya a levantar las sanciones contra Irán, y mucho menos tras conocerse apenas comenzado 2021 que Teherán ha decidido enriquecer uranio al 20 % de pureza, con lo que viola abiertamente lo establecido en el acuerdo nuclear20. 

Evidentemente, la decisión iraní es claramente política y estratégica y supone un aviso, un mensaje al nuevo presidente de Estados Unidos que podría basarse en el siguiente argumento: Estamos dispuestos a negociar, si ustedes vuelven a la mesa de negociaciones, pero no estamos dispuestos a aceptar imposiciones. Por eso, enriquecemos el uranio a un porcentaje mucho mayor del permitido porque sabemos que de este modo Occidente y sus aliados se asustan, lo que podría propiciar el restablecimiento de un diálogo. 

Y la verdad es que los iraníes juegan con ventaja. Saben perfectamente que ni antes, ni mucho menos ahora, Washington va a poder organizar una coalición para someter a Irán por la fuerza. Ni se dan las circunstancias ni ningún país (empezando por el propio Estados Unidos) está en disposición de montar una guerra en el Golfo en medio de una pandemia que está arrasando las economías y llevándose por delante muchísimas vidas en todo el mundo. Si la solución militar no se ha podido (o querido) poner en práctica antes, ahora es totalmente inviable. 

Por consiguiente, Biden tendrá que solucionar (o intentarlo al menos) el contencioso nuclear iraní por medios diplomáticos, con el aporte de algunos elementos que heredará de la presidencia de Donald Trump, como por ejemplo la formación de una especie de alianza, de sociedad de beneficios mutuos apadrinada por Washington entre los países árabes (cuantos más, mejor) e Israel. Si los árabes han decidido pasar por alto un aspecto tan esencial en su narrativa histórica como es la cuestión palestina y el contencioso de Jerusalén, está claro que Biden se va a encontrar con otros elementos muy distintos si quiere impulsar (como parece) un nuevo diálogo palestino-israelí. Quizá no se utilice la «visión» de Trump como documento de trabajo único y literal, pero sí me atrevería a decir que se empleará como temario algo muy parecido a aquella, quizá con algunas de sus más cortantes aristas limadas. 

Por otro lado, se me antoja bastante improbable que Biden rompa el acuerdo suscrito por la Administración Trump con Emiratos Árabes Unidos para venderle 50 aviones de combate F-35, un modelo del que hasta ahora solo disponía Israel en Oriente Medio, lo que le otorgaba una clara superioridad táctica sobre las fuerzas áreas de los demás países de la región, incluido Irán21. 

Los israelíes ahora son socios de Emiratos, con quienes, según lo establecido en los Acuerdos de Abraham, establecerán sinergias en I+D+I, tecnología, ingeniería informática, obras públicas y, obviamente, seguridad. 

Además, Israel irá de nuevo a elecciones el próximo 23 de marzo, cuyo resultado es una incógnita, sobre todo en lo relativo a los pactos posteriores que propiciarán dichos comicios. Los israelíes saben que necesitan estabilidad interna y también externa y nada mejor para ello que un firme entramado de alianzas con los países de su entorno para frenar la agresividad del régimen iraní que, por otro lado, según apuntan algunos analistas, como la profesora Sanam Vakil, de Chatham House, podría haber recibido con cierto agrado la victoria de Biden en las elecciones presidenciales de Estados Unidos22. 

Entretanto, las petromonarquías de la península Arábiga tratan de suavizar las tensiones con uno de sus más destacados miembros, Catar, con el que Arabia Saudí, Baréin y Emiratos, además de Egipto, rompieron relaciones en el verano de 2017 al considerar que Doha estaba apoyando a organizaciones terroristas como los Hermanos Musulmanes (considerados terroristas y prohibidos en Egipto desde el golpe de Estado de julio de 2013 que llevó al poder al mariscal Abdelfatah Al Sisi) y, asimismo, mantenía una relación con Irán de carácter comercial y energético para explotar de manera conjunta algunos yacimientos de hidrocarburos en aguas del Golfo. 

La reciente cumbre del Consejo de Cooperación del Golfo (CCG), celebrada en Arabia Saudí, puso de manifiesto la voluntad de recuperar las buenas relaciones con Catar y de abandonar las pasadas rencillas, entre otras razones porque parece evidente que Biden está enviando mensajes en el sentido de que necesita que todos los países de la región se mantengan unidos, con unos vínculos estrechos y equilibrados, de manera que no quede ningún resquicio para la entrada de elementos extraños o peligrosos para sus intereses23. 

Joe Biden se encuentra, pues, con una situación en Oriente Medio caracterizada por el debilitamiento de los dos aliados básicos de Estados Unidos en la región, Arabia Saudí e Israel y por la imperturbabilidad amenazadora de Irán. Sabe que necesita acercar a los iraníes a la mesa de negociación y que también precisa de los palestinos para alcanzar un acuerdo con Israel. Puede que ahora la herencia de Trump en este aspecto al menos le resulte beneficiosa, siempre y cuando se den dos premisas decisivas: La primera, que Arabia Saudí reconozca a Israel, lo cual produciría un efecto definitivo en la retórica tradicional del mundo árabe e islámico y seguramente llevaría a los palestinos a la mesa de negociaciones con los israelíes para pactar —y aceptar— un acuerdo definitivo. 

La segunda premisa se basaría en reintegrar a Estados Unidos en el JCPOA y renegociar con Irán un acuerdo nuclear, que apacigüe a los iraníes, le devuelva al circuito ordinario de las relaciones internacionales políticas y económicas, pero, en contrapartida, los confine a unos límites geoestratégicos ya determinados y les prive de cualquier tentación expansionista. Un trabajo arduo, desde luego, pero en el que tengo la impresión de que no se parte de cero. 

Referencias bibliográficas 

1 Disponible en: https://www.whitehouse.gov/peacetoprosperity/ Última visita: 04/01/2021. 

2 Disponible en:https://www.dw.com/es/plan-de-trump-desperdicio-de-los-derechos-de-palestinos/a- 52184526. Ultima visita: 04/01/2021. 

3 Disponible en: https://www.lavanguardia.com/politica/20200203/473282177121/union-africana-plan-de- trump-para-palestina-es-grave-violacion-de-derechos.html Última visita: 04/01/2021. 

4 The European Union calls on both sides to re-engage and to refrain from any unilateral actions contrary to international law that could exacerbate tensions. We are especially concerned by statements on the prospect of annexation of the Jordan Valley and other parts of the West Bank. In line with international law and relevant UN Security Council resolutions, the EU does not recognise Israel’s sovereignty over the territories occupied since 1967. Steps towards annexation, if implemented, could not pass unchallenged. The European Union will continue to support all efforts aimed at reviving a political process in line with international law, which ensures equal rights, and which is acceptable to both parties. Disponible en: https://eeas.europa.eu/headquarters/headquarters- homepage_en/73960/MEPP:%20Statement%20by%20the%20High%20Representative/Vice- President%20Josep%20Borrell%20on%20the%20US%20initiative Última visita: 04/01/2021. 

5 Disponible en: https://elpais.com/internacional/2020/01/29/actualidad/1580297938_818559.html Ultima visita: 04/01/2021. 

6 Ídem. 

7 The economic plan will empower the Palestinian people to build a prosperous and vibrant Palestinian society. It consists of three initiatives that will support distinct pillars of the Palestinian society: the economy, the people, and the government. 

With the potential to facilitate more than $50 billion in new investment over ten years, Peace to Prosperity represents the most ambitious and comprehensive international effort for the Palestinian people to date. It can fundamentally transform the West Bank and Gaza and to open a new chapter in Palestinian history, one defined, not by adversity and loss, but by opportunity and dignity. Disponible en: https://www.whitehouse.gov/wp-content/uploads/2020/01/Peace-to-Prosperity-0120.pdf Última visita: 07/01/2021. 

8 The Oslo Accords, however, left numerous key issues unresolved pending the completion of permanent status negotiations, including, among other items, borders, security, refugees, and Jerusalem. Those agreements did not create an effective path for neutralizing the kinds of crises that emerged during the implementation of Oslo, including waves of terror and violence. 

Many intelligent and dedicated people have devoted lifetimes in search of the “ultimate deal,” but what is required, a comprehensive agreement has been elusive, and waves of terror and violence have set back the process significantly. Only a comprehensive agreement, coupled with a strong economic plan for the Palestinians and others, has the capacity to bring lasting peace to the parties. Ibidem. 

9 Como señala el analista Try Ananto Wicaksono: In an oblique way, Biden has praised Trump for the Israel-UAE deal. His campaign states that Biden will “urge Arab states to move beyond quiet talks and take bolder steps toward normalization with Israel.” A Biden foreign policy adviser told The Times of Israel that Saudi Arabia in particular, might be more inclined to agree to normalize relations with Israel during a Biden presidency to improve its standing with the Democratic Party. 

The warm Arab-Israeli relationships born of the Abraham Accords could ultimately benefit the Palestinian cause, but the Palestinians will need to engage as well. The Biden administration can also be expected to reverse its predecessor’s destructive cutoff of diplomatic ties with the Palestinian Authority. Engaged one more with both sides of the divide, Biden will be well-placed to support wider peacebuilding efforts in the region. Disponible en: https://www.geopoliticalmonitor.com/joe-biden-abraham-accords/ Última visita: 

10 Y ello pese a que los saudíes oficialmente siempre han negado la existencia de tales contactos, que, sin embargo, los israelíes sí han confirmado. Disponible en: https://www.dw.com/en/israel-benjamin- netanyahu-held-secret-talks-in-saudi-arabia/a-55697424 Última visita: 08/01/2021. 

Disponible en: https://www.bbc.com/news/world-middle-east-55042055 Última visita: 08/01/2021. 

11 Disponible en: https://elpais.com/internacional/2020-12-13/las-relaciones-con-israel-dividen-a-la-familia- real-de-arabia-saudi.html Última visita: 07/01/2021. 

12 Disponible en: https://www.chathamhouse.org/2020/11/five-key-questions-bidens-middle-east-policy 

13 Disponible en https://www.lemonde.fr/afrique/article/2020/12/11/le-deal-de-donald-trump-entre-le- maroc-et-israel_6063018_3212.html Última visita: 08/01/2021. 

14 Disponible en: https://www.lemonde.fr/international/article/2020/12/22/le-maroc-et-israel-concretisent- leur-normalisation-diplomatique_6064261_3210.html Ibidem. 

15 La France se félicite de l’annonce de la reprise des relations diplomatiques entre le Maroc et Israël, qui sont pour elle deux partenaires essentiels. Elle salue, dans ce cadre, le rappel par les autorités marocaines de leur soutien à la solution des deux États vivant côte-à-côte dans la paix et la sécurité, comme de l’importance des négociations entre les parties pour parvenir à une paix durable. Avec ses partenaires, la France est déterminée à contribuer à une reprise du dialogue sur la base du droit international et des paramètres agréés. 

Le conflit au Sahara occidental n’a que trop duré et fait peser un risque permanent de tensions, comme nous l’avons vu récemment à Guerguerate. La France est attachée à la recherche d’une solution politique dans le cadre de la légalité internationale. Elle est, sur cette base, favorable à une solution politique juste, durable et mutuellement acceptable, conformément aux résolutions du Conseil de sécurité des Nations unies. Dans cette perspective, elle considère le plan d’autonomie marocain comme une base de discussions sérieuse et crédible. Disponible en: https://www.diplomatie.gouv.fr/fr/dossiers-pays/israel- territoires-palestiniens/processus-de-paix/evenements/article/maroc-israel-q-r-extrait-du-point-de-presse- 11-12-20 Última visita: 08/01/2021. 

16 En este sentido cfr. Disponible en: https://www.arabnews.com/node/1767251/middle-east Última visita: 09/01/2021. 

17 Disponible en: https://www.bbc.com/news/world-africa-54554286 Última visita: 09/01/2021. 

18 Disponible en: https://www.arabnews.com/node/1767251/middle-east Última visita: 09/01/2021. 

20 Disponible en: https://elpais.com/internacional/2021-01-04/iran-comienza-a-enriquecer-uranio-al-20-en- una-clara-violacion-del-acuerdo-nuclear.html Última visita: 10/01/2021. 

21 file:///C:/Users/Fernando/Desktop/EAU- ISRAEL/EE.UU.%20aprueba%20la%20venta%20de%2050%20cazas%20F- 35%20a%20Emiratos%20%C3%81rabes%20Unidos%20por%2010.400%20millones.html Última visita: 10/01/2021. 

22 VAKIL, Sanam. “How is a Biden victory perceived across both sides of the Gulf?”, Chatham House, Five Key Questions on Biden's Middle East Policy. Disponible en: https://www.chathamhouse.org/2020/11/five- 

Fernando Prieto Arellano* 

Periodista. Profesor de Periodismo Internacional. Universidad Carlos III de Madrid