Opinión

El desafío de China a la NBA: dos gigantes frente a frente

James Harden, jugador de Houston Rockets

Gigante contra gigante. Desafío total. Un directivo de la franquicia de la liga profesional estadounidense de baloncesto con sede en Houston ha provocado la tormenta perfecta en el negocio perfecto del país perfecto. Un país contra un campeonato, por más que sea oficiosamente (algunos creemos que oficialmente) el verdadero mundial de la especialidad. En la contienda que, pocos días antes del inicio de la mejor competición baloncestística del mundo, se ha iniciado, los grandes perdedores serán el deporte y el entendimiento entre países, aunque todos tengamos que detener nuestra mirada en el objetivo del resorte que ha provocado la batalla desigual.

“Luchad por la Libertad. Apoyad a Hong Kong”. Así rezaba el mensaje que, vía Twitter, publicó Daryl Morey, un directivo de los Rockets de Houston, desde una gira del equipo en la capital japonesa. Esas palabras difundidas a los cuatro vientos han desembocado en una nueva guerra comercial entre China Y EEUU, ahora que la guerra de verdad parece haberse enfriado un poco. Parece una guerra destinada a la derrota de la liga, un organismo con estructura jurídica y actividad como empresa independiente que tendría muy difícil imponerse en un enfrentamiento directo con el Gobierno y los ciudadanos de uno de los países más importantes donde se exportan sus imágenes y sus valores. Adam Silver, el comisionado que sustituyó al recordado David Stern, ha tenido que pasearse en la cuerda floja para emitir una primera reacción a la tormenta desatada por el tuit de apoyo a Hong Kong. Su apoyo a la libertad de expresión de Morey convive con “el legítimo enfado de China”, el país donde más gente del mundo consume los partidos de básket USA a cualquier hora del día o de la noche, una fuente de ingresos que no se puede poner en riesgo. Tal vez por eso, Silver ha preferido no ser más claro en el respaldo a la frase de aliento a las protestas contra Pekín.

La NBA ha sido siempre un crisol de nacionalidades. Cientos de jugadores han militado en los equipos de ciudades con franquicia, que han saltado incluso las barreras del país norteamericano para conceder a Canadá una de ellas, la de Toronto con los Raptors, actuales campeones. Muchos de esos jugadores extranjeros provenían de países con poca o nula vocación democrática, con muy limitada libertad de expresión y hasta de pensamiento. Y el baloncesto profesional americano los ha acogido en su liga tratándoles siempre como a uno más, con indiferencia de su religión, color de piel o procedencia. La integración multicultural del campeonato deportivo mejor diseñado, comercializado y ejecutado de todo el mundo es algo que nadie puede cuestionar. Pero cuando alguien de su tribu pide que se respeten los derechos humanos en algún rincón de la Tierra, nos entran las dudas por el negocio que puede perderse. Todo el mundo tiene derecho a escribir un tuit con su opinión sobre cualquier situación que se dé en el planeta, le guste o no al Gobierno chino. 

Lo que nadie puede cambiar es que China es uno de los principales mercados de exportación de la NBA. En el fondo de esta contienda que dura ya un par de semanas está el nacionalismo entendido como defensa ante una injerencia extranjera. La integridad de China no es el problema del tuit de Morey, como parece indicar la respuesta ofendida de la comunidad china. Lo es la capacidad de los pueblos para protestar ante unas condiciones jurídicas que pueden amordazar cualquier atisbo de libertad individual. Ahora se están celebrando los 70 años de la Revolución. Si el Ejecutivo de Xi cree que los nuevos canales de comunicación le brindan una gran oportunidad de abrir China a el mundo, no puede pensar también que cualquier mensaje que le disguste debe ser demonizado, como ha ocurrido con el tuit del dirigente de los Rockets. 

Parece una casualidad, pero Yao Ming, el gigante de dos metros y treinta centímetros de altura nacido en Shanghái, jugó ocho temporadas en los Rockets, haciendo del Toyota Center de Houston un fortín de apoyo a su país y a su modo de vida. La puerta que abrió Ming de par en par con su potencia física y su mentalidad abierta no puede ahora ser cerrada de golpe por el temor a que la gente se exprese de acuerdo con su pensamiento. 

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