Opinión

El Eurogrupo, o la orquesta del Titanic

Europa y el coronavirus

No deja de ser punzante que el francés Jean Monnet, presidente del Comité de Acción para los Estados Unidos de Europa entre 1956 y 1975 proclamase en su día que “Europa se forjará en sus crisis, y será la suma de las soluciones adoptadas en estas crisis”. En el fondo, Monnet estaba diciendo lo mismo que había dicho antes el alemán Nietzsche: “Lo que no te mata, te hace más fuerte”. La misma música, pero con diferente letra, como ha sido siempre el caso desde el establecimiento del eje francoalemán en 1950.

La propia pluralidad nacional de Europa y sus profundas contradicciones históricas han ido dando forma a la estructura del proyecto europeo, adoptando el modelo de gesellschaft (asociación normativa) y no el de gemeinschaft (asociación identitaria), haciendo virtud de la necesidad para ir sorteando como buenamente ha podido una serie de micro-crisis (Bosnia, Maastricht, Lisboa), hasta que la Gran Recesión de 2008 demostró las limitaciones de los tratados europeos a la hora de abordar problemas transnacionales interconectados. Las decisiones que se tomaron entonces, capitaneadas por la denominada Troika (el Banco Central Europeo, la Comisión Europea y el FMI) curaron de golpe la euroingenuidad de los recién llegados a la Unión Europea y sembró una cizaña cuyo culmen fue el Brexit, seguida por el envalentonamiento iliberal de los países del grupo de Visegrado.

Este es el contexto en el que la flamante Comisión Europea, presidida por Ursula von der Leyen, tuvo que pasar, sin solución de continuidad, de abanderar el Pacto Verde -no libre de sospechas de proteccionismo por la puerta de atrás- a enfrentarse a una crisis paneuropea que no parece exagerado tildar de existencial. Los viejos hábitos tardan en morir; y aún más los prejuicios. Haciendo gala de una pasmosa indignación moral selectiva, algunos países de la UE respondieron con déjà vu a las llamadas de ayuda de sus socios europeos en clave de retórica nacional y algo de schadenfreude; cierto regodeo de las calamidades del sur.

Después de tiras y aflojas, y no poca representación de cara a la galería, hasta los más acérrimos defensores de la ortodoxia fiscal acabaron por admitir que el déficit de un estado miembro es el superávit de otro estado miembro, y acordaron un ‘fondo de recuperación’ por valor de más de medio billón de euros; un compromiso redactado con la suficiente ambigüedad para servir de hoja de parra tanto a unos y otros. Aunque estas medidas de choque evitarán el colapso inmediato de España e Italia, su condicionalidad implica más dependencia que solidaridad, y, por lo tanto, solo ha pospuesto la toma de las duras decisiones de las que dependerá el crecimiento vertical del proyecto europeo, o su desvanecimiento horizontal.

La complejidad actual de las relaciones internacionales, y la brecha entre el poder económico de, pongamos por caso, China y Holanda, obliga a la UE a jugar con reluctancia según las reglas de la realpolitik, un dominio en el que la relevancia de los sermones calvinistas y el narcisismo de las pequeñas diferencias es risible: parafraseando a Lord Palmerston, la UE acabará entendiendo que las otras potencias no tienen amigos ni enemigos permanentes, solo intereses permanentes, y que, por lo tanto, seguir una política de Divide et Impera dentro de una unión monetaria y aduanera es la mejor manera de facilitar que los grandes bloques económicos que compiten con la UE se aprovechen de su incapacidad para actuar centralmente y con cohesión. 

Ni una sola de las amenazas que acechan a una UE reducida en un 16% con la salida del Reino Unido pueden ser atajadas en solitario. Ni está catástrofe será la última, ni el shock económico que la seguirá podrá ser superado por la UE sin actuar como un estado-nación de facto, que incluya el mismo tipo de transferencias fiscales que se dan entre Connecticut y Mississippi, o entre Madrid y Extremadura. Naturalmente, esta es una espada de doble filo. En una democracia no puede haber tributación sin representación, por lo que no es legítimo que un tercer país disponga de la recaudación fiscal de otro, fuera de un estricto marco de deberes y derechos comunes, y sin que se dé la fiscalización de los Parlamentos de los países que han recaudado esos impuestos. En este sentido, la principal amenaza para el proyecto europeo es el proyecto europeo en sí, tal y como está articulado en la actualidad, por cuanto que no dispone de mecanismos adecuados para mutualizar riesgos y beneficios, permitiendo que los contribuyentes tengan la confianza de que sus impuestos no sirven para avalar políticas de gasto irresponsables.  

Si esto no es alcanzable, será inviable que la UE pueda contar con el respaldo de los ciudadanos comunitarios para afrontar los retos presupuestarios, industriales y político-estratégicos que se presentarán durante esta década, y que precisarán llevar a cabo inversiones estratégicas para garantizar la autonomía europea  en seguridad, que obligarán a reforzar la financiación que hacen los estados miembros de la ‘Cooperación Estructurada Permanente’ y las reducidas contribuciones de la Comisión Europea al Fondo Europeo de Defensa dedicados a desarrollar conjuntamente capacidades de defensa. Esta mejor financiación de los instrumentos de defensa no tiene sentido sin agilizar el uso de estos recursos para hacer frente a las amenazas geoestratégicas en el Mediterráneo, en el Báltico y en los Balcanes. La capacidad de respuesta europea frente a las emergencias no puede estar condicionada por un sistema burocrático que parece un fin en sí mismo, como el que tardó dos semanas en activar la respuesta del Mecanismo de Protección Civil de la UE a la solicitud italiana de ayuda. 

Cuando la pandemia quedé atrás, los conflictos en Libia, Palestina, Siria, y el Sahel seguirán ahí, y probablemente, mutatis mutandi, nuevos focos de tensión se cernirán ya para entonces sobre las fronteras europeas. Nadie tomará a Europa seriamente si sus propios dirigentes no se toman a sí mismos en serio, y dejan de tratar a sus ciudadanos como a niños a los que hay que contarles fábulas de hormigas y cigarras.