Opinión

El final del Tratado INF, verdades y mentiras

Misil ruso Iskander K

El Tratado para la Supresión de Misiles Nucleares de alcance Corto e Intermedio; conocido  como el Tratado INF (por las siglas en inglésde Intermediate-Range Nuclear Forces) fue un acuerdo entre Estados Unidos y la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) firmado en Washington el 8 de diciembre de 1987 entre el entonces presidente Ronald Reagan y el secretario general del Partido Comunista de la URSS, Mijaíl Gorbachov.

Prohíbe la producción, prueba, desarrollo y despliegue de misiles balísticos  de crucero, ofensivos, basados en tierra y dotados de cualquier cabeza (nuclear o convencional) con un alcance de 500 a 5.500 kilómetros. Un gran acuerdo de distensión y desarme que, sin remisión, ha terminado este mes tras el abandono de los dos principales firmantes del mismo. 

Supuso, en su día, un gran avance para la paz en Europa y entre las dos principales potencias mundiales del momento. Gracias al mismo, se eliminaron los misiles balísticos y de crucero, los denominados ‘euromisiles’. Todos aquellos que estuvieran instalados en bases militares de Europa occidental, Europa oriental y en los países bajo la influencia de la URSS desde donde se pudiera atacar a los miembros europeos de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN). 

El número de misiles nucleares de dichos alcances suprimidos gracias al Tratado llegaron a  los 1.846 de la URSS y 846 norteamericanos. El cumplimiento total de sus objetivos se alcanzó en mayo de 1991, cuando la fecha tope marcada para ello era el 1 de junio del mismo año.

Un Tratado que, a diferencia de otros similares sobre misiles o Armas de Destrucción Masiva (ADM) previos, contemporáneos e incluso posteriores, contaba con el mejor sistema de verificación e inspección en vigor, hasta que dichas inspecciones cesaron en 2001 de mutuo acuerdo por lo complicado y costoso de las mismas. 

A su firma, dada la transcendencia del acuerdo y a modo de señuelo para buscar un mayor número de firmantes, se pensó en otorgarle una vigencia indefinida; aunque, como es habitual en este tipo de documentos sobre ADMs, cualquier Estado parte puede retirarse del mismo avisando con tan solo seis meses de antelación. 

Fue un gran acierto, en su momento, por la distensión que trajo al continente europeo y entre las dos potencias que, por entonces, dominaban y decidían la seguridad mundial. Aunque hoy en día -contrariamente a lo que se pensó-,  ya que no tuvo una adhesión masiva y dado que el tratado no era exclusivo para los misiles con cabezas nucleares, se puede asegurar que supuso y supone una gran desventaja real para los firmantes, dado que los países no miembros del mismo, no están obligados a su cumplimiento ni observación.

La realidad es que el texto, aunque se abrió a todo el mundo, aparte de EEUU y la URSS, sólo fue ratificado y a posteriori en 1994, por Bielorrusia, Ucrania y Kazajistán cuando despareció la URSS. Lo que supone, que países emergentes y amenazantes sobre Occidente como China, Corea del Norte e Irán y otros más -de momento menos agresivos hacia este lado del mundo- como India, Israel o Pakistán, al no ser miembros parte, puedan poseer cantidades de misiles de este tipo cercanas a las 1.000 unidades cada uno sin que ello suponga penalización alguna. Por otro lado, el Tratado no incluye las conocidas como armas tácticas muy en boga mundialmente, lo que sin duda ha sido otra importante fuente de conflictos.  

Tras 30 años de vigencia, por una serie de motivos encubiertos, o no tanto, ambos, los americanos y rusos, han venido ideando, generando, mostrando y desplegando una serie de misiles, que aunque muy posiblemente sobrepasaban los límites marcados en el Tratado, eran considerados por ellos mismos exclusivamente como defensivos y, por tanto, no entraban ni contabilizaban en el marco del Acuerdo. Tal es el caso del escudo antimisiles norteamericano y sus sistemas de misiles en Europa.

Iniciativa, que nació como complemento a los ya veteranos planes de defensa cercana de su territorio contra todo tipo de misiles que pudieran alcanzarlo y para defender a su vez a gran parte del espacio aéreo de los aliados europeos, así como a sus propias fuerzas desplegadas en el Viejo Continente.

Actuaciones, que en ‘respuesta’ forzaron el despliegue de los misiles rusos Iskander-K contra aquellas. Misiles que se instalaron próximos a la frontera rusa con Europa al considerar dicho escudo como un arma ofensiva sobre el territorio de la Federación rusa, por entender que los misiles usados por el Este, podían ser empleados como tales y que los sistemas de radar de aquel mantenían un continuo control sobre las actividades de las fuerzas armadas rusas, lo que sin duda, les coartaba su capacidad y el derecho al libre movimiento en su propio territorio. 

Acciones y reacciones que, entre otras, han originado años de desencuentros y generado multitud de acusaciones mutuas sobre incumplimientos de lo acordado. Las protestas en la OTAN de algunos aliados no cubiertos por el mencionado despliegue, los desencuentros legales y económicos en la Cámara y Senado norteamericano, ciertas y desmesuradas exigencias compensatorias por su ubicación en países de Europa y las presiones diplomáticas rusas sobre EEUU y/o sus antiguos ex aliados de la Europa del Este, obligaron a Obama a cambiar los planes iniciales sobre las capacidades del escudo y hasta su despliegue. 

Los citados nuevos planes para el sistema; mucho más efectivos, con mayor cobertura y menos costosos, se conocieron en septiembre de 2009 bajo la denominación de European Phased Adaptive Approach (EPAA). Plan realizado sobre la base de elementos fijos y móviles dotados con el sistema norteamericano AEGIS de forma combinada tierra-mar (con una base fija en Rumanía,  ampliable a dos más en Groenlandia e Islas Azores y 4 fragatas navegando) coordinados por la red de mando y control de alarma y defensa aérea OTAN y complementado con los existentes medios nacionales de defensa antimisil, propiedad de cada aliado, desplegados en sus respectivos territorios. 

Activado inicial y parcialmente en 2016; consta de cuatro fases para su finalización, estando previsto que sea en 2020 cuando finalice la última de ellas. España está implicada en dicho despliegue por albergar alternativamente -para el descanso de las tripulaciones y el mantenimiento del sistema- las cuatro fragatas norteamericanas portadoras del mismo en la Base Naval Conjunta de Rota. 

El despliegue del sistema, como toda obra y plan militar es perfectible y, por lo tanto, necesita remodelaciones y acciones de mantenimiento tal y como las que ocurren en la actualidad.

Además de todo lo dicho, y tras haber sido motivo de escusas y acusaciones durante años; la verdadera “chispa oficial” de iniciación del conflicto para la retirada norteamericana del INF, es algo menos clara, disimulada o incluso, hasta enrevesada. 

A menudo, los norteamericanos -ya en la Administración Obama- venían presentando quejas y dudas a la Federación rusa sobre el grado de cumplimiento del alcance del misil ruso Novator 9M729, que se muestra en la fotografía y que en la OTAN se denomina SSC-8, del que aseguran que es un arma ofensiva con un alcance superior a los 500 Km; afirmación, que por supuesto, los rusos niegan rotundamente.

Misil ruso Novator 9M729
Misil ruso Novator 9M729

Paralelamente a este tipo de acciones, a nadie se le escapa, que, aunque estuviera prohibido por el Tratado, ambos países han estado investigando e incluso testando diversos misiles como -por mencionar solo algunos de ellos- el misil hipersónico (AVANGUARD)  ruso probado y presentado al público por primera vez y con éxito en diciembre 2018. Y que EEUU haya anunciado que “empezará a construir” misiles que estaban prohibidos por el Tratado INF, una vez abandonado este.

Tras unos seis años de tiras y aflojas, a lo largo de una treintena de reuniones bilaterales sin llegar a ningún acuerdo ni punto de inflexión; el presidente Trump anunció el 1 de febrero de 2019 que, al día siguiente, abandonaría el Acuerdo por los mencionados supuestas violaciones del mismo por parte de Rusia obviando, claro está, su propio escudo antimisiles y otras actividades de I+D+i en este campo. Violaciones, que se remontan al menos a 2014, cuando Rusia comenzó a desplegar su misil 9M729 tras varios años de pruebas diseñadas para tratar de eludir las citadas limitaciones. Por su parte, la respuesta rusa fue inmediata y el mismo día 2 de febrero, Putin anunció que también lo abandonaba aunque se abría ampliar el Tratado a más países y a engendrar un nuevo documento que satisficiera a todas las partes.

Las actuaciones norteamericanas tras dichos anuncios supusieron una reacción rusa similar. En consecuencia, el pasado día 2 de agosto se hizo efectiva la retirada de EEUU y el 3 la rusa. Retiradas que no son baladíes ya que ambos países tiene su propio historial -con diferente grado de repercusión y culpabilidad- de abandonar tratados importantes sobre armamentos siempre y cuando les ha interesado o se ven amenazados. 

Así, en 2002, EEUU abandonó unilateralmente el Tratado de Misiles Antibalísticos (ABM, por sus siglas en inglés), por decisión del presidente George W. Bush en diciembre de 2001, aprovechando el rebufo favorable en la opinión pública norteamericana y la libertad política de movimientos provocada por su ‘inducida’ declaración de lucha contra todo tipo de terrorismo y amenaza sobre su país tras los atentados del 11-S. Un Tratado muy importante porque limitaba el número de sistemas de misiles antibalísticos utilizados para defender ciertos lugares contra misiles con carga nuclear.

Paralelamente, y aunque no tiene el mismo alcance y calado, en marzo de 2015 Moscú abandonó el Tratado de Fuerzas Armadas Convencionales, (CFE, en sus siglas en inglés y FACE en español) firmado en 1992 y controlado por la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa (OSCE), con sede en Viena. Tratado que aunque últimamente estaba muy de capa caída, había sido durante muchos años uno de los principales pilares de la distensión en el Viejo Continente tras la Guerra Fría junto al de Cielos Abiertos (24 de marzo de 1992), también OSCE, y que constituye uno de los mayores esfuerzos internacionales en pos de la transparencia militar, basado en el viejo concepto que proviene de Conferencia de Ginebra de 1955 sobre la "observación de aérea mutua" previamente acordada, declarada y aprobada por las partes.  

La retirada rusa del FACE, supuso una excusa norteamericana para agravar el clima de desconfianza entre Moscú y la OTAN en materia de armamentos, metiéndolos todos en el mismo saco, e impulsar aún más la arrastrada crisis por la intervención rusa en los asuntos políticos y territoriales de Ucrania tras su actuación político-militar en la parte más pro rusa de su territorio y la forzada recuperación de Crimea.

Clima de desconfianza en la OTAN, que se puso de manifiesto con las alarmantes y farisaicas declaraciones de la propia Organización en apoyo de EEUU en febrero de este mismo año 2019 tras el anuncio de Trump del abandono del INF. Compartiendo de este modo los ‘miedos’ norteamericanos y dándole la razón por haber tomado dicha decisión, en lugar de haber optado por otro tipo de solución más enérgica o eficaz para salvarlo.

No ha ocurrido lo mismo en la UE en su vano esfuerzo, más simbólico que real; ‘defendiendo’ el escenario donde tienen marcados sus objetivos la mayor parte de los misiles vetados por el INF. Aunque la capacidad de presión y fuerza real de la Unión es nula en este campo, las declaraciones oficiales sobre el asunto han desvelado una ‘respetuosa disensión’ sobre la decisión norteamericana.

Sin duda, estas tensiones ponen en peligro la frágil renovación del Tratado START III también conocido como el Nuevo START. Un acuerdo que procede de la renovación del START II y del SORT. Suscrito en 2010, entró en vigor en 2011 por un periodo de diez años, prorrogable por cinco años más. Fija límites en 1.550 cabezas nucleares sobre medios desplegados -el resto (las almacenadas o desmontadas) no cuentan-; 700 medios de lanzamiento (misiles intercontinentales, bombarderos pesados y submarinos nucleares) desplegados, que pueden llegar hasta 800 si se suman los no desplegados.

Reduce las Medidas de Verificación in situ (inspecciones, informes y exposiciones de material a petición) y, en su día, supuso la cesión a las mencionadas presiones rusas para la eliminación del -ya mencionado- inicialmente planeado escudo antimisiles en Europa (Polonia y República Checa) al ligar las armas estratégicas ofensivas a las defensivas en un mismo saco. 

Respondió realmente a la necesidad de reducir materiales por motivo de obsolescencia, mayor necesidad de seguridad en los materiales e instalaciones, elevado costo de su mantenimiento y por la situación de crisis mundial del momento, que exigía reducir costes. Como novedoso, obliga a que las armas estratégicas sujetas al tratado no pueden estar permanentemente desplegadas fuera de los territorios nacionales y prohíbe la transferencia de tecnologías a terceros. 

A pesar de las grandes ventajas iniciales del actual START, actualmente, las conversaciones ruso-estadounidenses para extender el tratado, a pesar de las apariencias, están bastante  atascadas debido a los recelos recíprocos sobre el desarrollo de nuevas armas, las crecientes y constantes desconfianzas mutuas y por la absurda carrera de ambos por salir de tratados anteriores como señal de fuerza e independencia en pro de un malentendido liderazgo mundial, donde cada vez hay más aspirantes a ejercerlo.

Al tiempo de hacerse oficial la intención de EEUU de abandonar el Tratado INF, Putin avisó de su intención de usar armas hasta ahora prohibidas, apuntando a Europa (sobre lugares de emplazamiento de las aliadas) y a los centros neurálgicos de mando y control del sistema en EEUU. Pero, también aseguró que no sería Rusia la que los actuaría en primera instancia y solo sería como respuesta a una acción “ofensiva norteamericana”.  

Habrá que esperar a ver quién se decide a dar el primer paso y si son reales y efectivas las amenazas. Esta situación de nueva tensión podría interpretarse o llegar a traducirse en una segunda edición, debidamente aumentada, de la pasada Guerra Fría trasladada al Siglo XXI o, incluso, hasta podría suponer la línea de salida para una mayor y feroz carrera de armamentos más sofisticados, efectivos, veloces, certeros y letales que todo lo conocido hasta el momento, ya que, actualmente, no son sólo dos sino varios los actores desarrollando este tipo de armamentos y que la transversalidad y repercusiones de los conflictos son muy generalizadas y están más que aseguradas. 

Mientras en Occidente continuamos tratando de averiguar el sexo de los ángeles, el mundo de la proliferación sigue su rumbo; a pesar de lo mucho publicado y opinado sobre Corea del Norte e Irán, no servirá de mucho; porque aquellos siguen y seguirán con lo suyo. Otros como China, India, Israel y Pakistán, a la chita callando, consiguen metas impensables hace poco y a no mucho tardar superarán a los demás. 

Solemos decir que nada grave en esta vida, y menos a nivel de repercusión internacional, suele ocurrir por casualidad. Esto tampoco, es provocado por propios intereses y fines de supervivencia. Creo que va siendo hora que entendamos que aquellos Tratados, Acuerdos y Pactos que sirvieron para parar la carrera desenfrenada de armamentos entre los dos grandes y casi únicas potencias, hoy en día, tienen fecha de caducidad. 

Las desproporciones y desventajas por seguir atados a ellos pueden poner en peligro las condiciones de seguridad de los viejos leones que, en su día, decidieron todo en la manada; pero, que están descubriendo que, o cambian, o pronto se verán apartados de ella y otros tomarán su puesto.