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Opinión

El Foro de Davos

Davos

Los ricos y poderosos de este mundo acuden estos días a su cita anual del Foro Económico de Davos, que llevaba dos años sin celebrarse por la pandemia. Esta vez el encuentro tiene lugar en mayo, lejos de las nevadas que habitualmente le acompañan, y no participa Rusia, que no ha sido invitada como muestra del ostracismo a que se ve sometida tras la invasión de Ucrania. Pero que no esté físicamente no quiere decir que no esté presente, pues en un edificio que habitualmente ocupaba Rusia se ha instalado ahora una exposición con fotografías que ilustran sobre los horrores de la guerra impuesta a Ucrania y los crímenes que allí han cometido las tropas invasoras. También Úrsula von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea, ha tenido muy duras palabras contra el Kremlin por utilizar el hambre como instrumento al servicio de sus objetivos militares al impedir las exportaciones de grano de Ucrania, bloquear los puertos, destruir silos, robar el trigo e incluso bombardear las cosechas.

Hoy los líderes que se reúnen en Davos tienen que reflexionar sobre cómo enfrentar las consecuencias de cinco crisis simultáneas que se retroalimentan unas a otras mientras nos atacan desde todos lados.

La primera es la pandemia de la COVID que sigue entre nosotros por más que queramos mirar hacia otro lado. Sigue habiendo muchos muertos, siguen apareciendo mutaciones que pueden ser más contagiosas pero que afortunadamente no son más letales, y en algunos lugares siguen afectando de forma clara nuestra vida diaria. En Pennsylvania se vuelve a exigir la máscara en las escuelas y Shanghái (5% del PIB chino) sigue draconianamente aislada con un coste altísimo para la calidad de vida de sus habitantes y para la economía del país, cuya desaceleración repercute en todo el mundo. No se sabe cuántos muertos ha causado ya esta pandemia pues las cifras oficiales de 6 millones de víctimas probablemente se quedan muy cortas, y a ellas habría que añadir el aumento no explicado de fallecimientos del 15% sobre las cifras habituales que el mundo ha experimentado durante los dos últimos años, y que en EEUU ha llegado al 17% aunque en España se haya quedado en el 12%. La impresión es que este virus, simétrico en su origen y asimétrico en sus efectos, ha venido para quedarse y tendremos suerte si no evoluciona a formas más letales o resistentes a las vacunas. La reciente aparición de la viruela del mono, endémica en países como Nigeria o Congo y potencialmente menos grave, pero que se ha extendido con rapidez a varios países europeos, nos hace preguntarnos si la superpoblación y la hiperglobalizacion no nos estarán llevando a que este tipo de problemas no vayan a ser más frecuentes cada vez. Me temo que la respuesta es afirmativa.

La segunda crisis es la del Clima, la más grave potencialmente de todas pues afecta al mismo ecosistema que nos mantiene vivos. A su lado la COVID es un arañazo. La guerra de Ucrania tiene un impacto muy negativo sobre el clima porque la crisis de oferta de gas y petróleo que ha traído hace subir los precios y hace que algunos países vuelvan temporalmente al carbón, que es mucho más contaminante. Ante las emergencias nuestros sistemas políticos dan preferencia a lo urgente sobre lo importante y no se puede culpar por ello a los políticos que deben ser reelegidos. Cabe la esperanza de que el aumento de los precios de los combustibles fósiles haga a medio plazo más rentable la inversión en energías renovables, que por ahora son insuficientes para satisfacer la demanda existente y además aún son más caras.

La tercera crisis es la de la misma guerra, una guerra de conquista territorial en el corazón de Europa más propia del siglo XIX, pero que se lucha con las armas devastadoras del siglo XXI. Seis millones de refugiados han huido desde Ucrania hacia otros países europeos, que los han recibido con más entusiasmo que facilidades administrativas, y el número de desplazados internos es superior. El resultado de la invasión es todavía una incógnita pues Putin ha ido cambiando sus objetivos a medida que constató no poder lograr el inicial de ocupar Kiev e instalar allí un Gobierno títere al estilo del que tiene en Bielorrusia. Ahora concentra sus ataques en las regiones separatistas de Lugansk y Donetsk y en la costa ucraniana del mar Negro. Sea como fuere el fin de esta guerra no parece próximo porque Washington ha decidido utilizarla para debilitar a Rusia y eso implica que se prolongará el impacto de las sanciones sobre la economía rusa (se estima que se contraerá un 10%) y también sobre las nuestras (los 19 países del euro sólo han crecido un 0,2% en el primer trimestre de este año), con impacto negativo sobre el precio de los combustibles fósiles, sobre el crecimiento global de la economía y sobre la inflación. Con la prolongación también aumenta el riesgo de desbordamiento del conflicto o de utilización del arma nuclear. Parece imposible, pero hay que recordar que también lo parecía hace sólo unos meses la invasión de Ucrania.

La cuarta crisis es la alimentaría pues de Ucrania procede el 20% del trigo, el 15% del maíz y el 76% del aceite de girasol que consume el mundo. Ucrania también es un importantísimo fabricante de fertilizantes y la guerra impide que exporte estos productos, con la triple consecuencia de aumentar los precios, empobrecer las cosechas en otras latitudes (por falta de fertilizantes), y provocar o agravar las consecuencias de hambrunas que penden como espada de Damocles sobre economías muy débiles en Yemen, Afganistán o el Cuerno de África (Somalia, Eritrea, Sudán). El desastre humanitario que se avecina sobre los más desfavorecidos -como siempre ocurre- puede ser terrible y se verá agravado por las sequías que trae el calentamiento de la atmósfera.

La quinta crisis es la de la globalización: en un mundo que es cada vez no solo más interconectado, sino también más interdependiente hemos visto cómo la COVID ha afectado al crecimiento global y a las cadenas globales de suministros, provocando una falta de piezas que ha paralizado industrias y provocado desabastecimiento y desempleo. Y como no queremos que eso vuelva a suceder estamos tomando medidas en busca de suministradores más próximos y de confianza, al precio de sacrificar el beneficio a cambio de una mayor seguridad. El capitalismo que sólo busca el beneficio ha recibido así un duro y merecido golpe. No se pueden dejar en manos de terceros el monopolio de la fabricación de vacunas o de microchips. El “decoupling” nos quiere hacer menos dependientes y más autosuficientes, menos frágiles ante crisis futuras, y lo mismo busca China con su concepto de economía circular, con la que pretende lograr mayor autonomía tecnológica y ser menos dependiente de las exportaciones a base de reforzar el consumo interno. El riesgo de todo esto es acabar con sistemas de Internet diferentes e incompatibles entre sí, o con sistemas separados de transferencias financieras, algo que no es deseable en absoluto.

El problema es que todas estas crisis son globales en sus efectos y no pueden ser enfrentadas con recetas locales pues ni los virus entienden de fronteras ni Europa, que lanza a la atmósfera el 9% de los gases de efecto invernadero, puede parar ella sola el calentamiento global. El Estado es impotente ante problemas que sólo son abordables con eficacia desde una cooperación internacional que no es fácil de lograr en el actual contexto de enfrentamientos generalizados. Por eso es necesario buscar espacios de colaboración por encima de las diferencias que nos separan y así plantar cara juntos esos retos que a nadie benefician y que no podemos enfrentar en solitario. Es ahí donde se agradecería una contribución del Foro de Davos. Cuando la tempestad arrecia es cuando más falta hacen los faros en la costa.

Jorge Dezcallar, embajador de España.