Opinión

El genocidio armenio continúa tensando la política internacional

Joe Biden

Han transcurrido más de cien años, 106 para ser precisos, y el genocidio llevado a cabo por los otomanos en Armenia continúa despertando polémicas y tensiones en las relaciones incluso dentro del marco de la OTAN. Los turcos, lejos de reconocer su sadismo, llevan un siglo negando aquellas matanzas que dejaron un millón de muertos y lo consideran ‘casus belli’ cuando los historiadores recuerdan lo ocurrido.

Ahora, la denuncia, que las relaciones con Turquía venían amortiguando en muchos países, acaba de volver a la actualidad y gracias nada menos que a Biden, el primer presidente norteamericano que suscitó la necesidad de que el mundo reconozca que se trató de un genocidio. Los hechos ocurrieron al comienzo de la Primera Guerra Mundial y estallaron tras la acusación de las autoridades otomanas a los soldados armenios de no combatir patrióticamente.

Aunque en el amplio Imperio Otomano convivían pueblos de diferentes etnias y religiones, la supremacía musulmana de los turcos era la que manejaba el poder e imponía sus leyes. Cuando estalló la Guerra, millares de católicos armenios fueron reclutados y enviados a los frentes donde el entendimiento con los jefes militares generó problemas. Dentro de Armenia la opinión estaba claramente en contra de lo que estaba ocurriendo y las fuerzas militares recibieron carta blanca para reprimir aquella actitud.

Muchos millares de personas fueron detenidas, unos enviados a campos de concentración y la mayor parte ahorcadas o fusiladas. Existen fotografías espeluznantes de aquellas matanzas y abundantes testimonios de los sobrevivientes que relataban cómo se morían de hambre y agotamiento en las carreteras cuando caminaban hacia los campos donde les esperaba la muerte en muchos casos a machetazos.

El Gobierno turco surgido de los restos del desastre del Imperio, encabezado por el reformista Mustafá Kemal Atarturk, y los numerosos que en un ambiente frecuente de inestabilidad se fueron sucediendo nunca quisieron ni hablar ni oír hablar de lo ocurrido. Varios historiadores que se arriesgaron a investigar y publicar sus trabajos fueron severamente castigados con elevadas penas de prisión. 

El actual presidente, Recep Tayyip Erdogan, asumió la herencia negacionista de sus antecesores, imbuido del nacionalismo y resentimiento que le caracteriza, y lo convirtió en una cuestión que cada vez que se suscitaba propiciaba algún enfrentamiento diplomático con otros países. El primer testimonio oficial de lo ocurrido es un mensaje enviado en 1907 al Departamento de Estado por el entonces embajador norteamericano informando de lo que estaba pasando.

El embajador pedía que Estados Unidos interviniese para parar la masacre, pero en la Casa Blanca el presidente Woodrow Wilson no le prestó mayor atención a aquella denuncia. Con el correr de los años, Turquía se convirtió en miembro avanzado de la Alianza Atlántica en la Guerra Fría contra la URSS, y tampoco las sucesivas administraciones, tanto demócratas como republicanas, quisieron crearse problemas con un aliado crucial.

Luego se produjeron otros genocidios, el Holocausto nazi, el de los Campos de la Muerte en Camboya o el de Ruanda, pero el de Armenia no se olvidó. Los armenios lo recuerdan; en Ereván, la capital, con un monumento en   honor de las víctimas y un sentimiento imborrable de odio a los turcos que en buena parte aún perdura. Biden ha recuperado el olvido norteamericano y reivindica que la matanza sea considerada como genocidio, la palabra que perpetúa este género de matanzas.