Opinión

El islamismo político en el Magreb se queda huérfano

El islamismo político en el Magreb se queda huérfano

Los partidos islamistas reformistas en la región del Magreb comienzan a sentirse huérfanos, tras el distanciamiento sorprendente que sus principales mentores hacen de ellos. 

Los dos movimientos gubernamentales, el Partido de la Justicia y Desarrollo (PJD) en Marruecos, y Ennahda en Túnez, así como Al-Bina y el Movimiento de la Sociedad por la Paz asociados al poder en Argelia (Sliman Chenine de Al-Bina fue elegido presidente del Parlamento en 2019, y Abderrazak Mokri del MSP se erige en portaestandarte del apoyo militar de Argelia al Frente Polisario), se encuentran desamparados tras el distanciamiento de sus padrinos de Turquía y de Qatar.

Ni para el jefe de Gobierno marroquí Saad Eddine El Othmani, ni para el líder tunecino Rached Ghannouchi, ni para los islamistas argelinos, ha pasado desapercibida la llamada telefónica que el emir de Qatar, Tamim bin Hamad al-Thani, ha hecho al presidente egipcio Abdel Fattah al-Sisi para felicitarle por la llegada del mes de Ramadán. Qatar ha sido durante el ultimo decenio el principal sostén logístico y financiero del islamismo político árabe, en particular en el Magreb; y el mariscal Al-Sisi, el principal verdugo de la corriente de los Hermanos Musulmanes, que no dudó en derrocar en 2013 al presidente islamista Mohamed Morsi, a quien envió a prisión donde murió seis años después. Al-Sisi encabezó un golpe militar y aplastó de manera sangrienta el islamismo egipcio. 

El viraje realizado por el emir Tamim, en un intento de acercarse a sus homólogos de las Monarquías del Golfo, es visto como un verdadero seísmo político, que tendrá consecuencias a corto plazo en el tablero geopolítico arabo-musulmán. La cadena televisiva Al-Jazeera, pieza maestra en el sostén mediático de los movimientos islamistas más o menos radicales, ha escondido celosamente sus encantos islamófilos, y hace guiños de complicidad a las autoridades egipcias. 

El comienzo de la orfandad del islamismo magrebí se ha visto también acelerado con el cambio de orientación política del régimen turco. Hace un par de semanas el Gobierno de Recep Tayyip Erdogan ha tendido la mano al régimen del mariscal Al-Sisi. Ankara ha ordenado a sus cadenas televisivas de obediencia islamista, como Asharq y Mekameleen, suspender sus críticas al régimen egipcio y desentenderse de la cofradía de los Hermanos Musulmanes, a la que el propio partido en el Gobierno AKP pertenece. 

Siguiendo la lógica del giro copernicano turco, Erdogan ha facilitado el acuerdo alcanzado en Libia para la formación de un nuevo Gobierno presidido por el “islamista liberal e independiente” Abdel Hamid Dbeiba, a expensas del partido islamista PJC y del también islamista Frente Nacional, hasta ahora sus protegidos y aliados. 

Según todos los analistas este seísmo diplomático, marginará al islamismo político. La crisis internacional generada por la pandemia de la COVID ha puesto en primer plano la economía, a expensas de la ideología. El islamismo político no ocupará ya el lugar preminente que tenía hasta ahora.