Opinión

El maldito virus

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Está pasando el mes de agosto con sus calores después de un año muy duro en el que ha muerto mucha gente, muchos han pasado por las UCIs, hemos perdido a seres queridos o llevábamos un año sin verlos, han cerrado negocios que nos daban de comer, o hemos perdido el empleo. A pesar de las apariencias y de la anestesia propia del verano, el virus deja una estela de  destrucción y dolor y no logramos dejarlo atrás. Bill Bryson ha dicho que “un virus es una mala noticia envuelta en una proteína” y el Covid-19 ha sido una noticia pésima. Epidemias ha habido muchas y muy mortíferas a lo largo de la historia pero esta de  ahora es diferente porque por vez primera ha puesto en cuarentena a toda la humanidad y porque por vez primera toda la humanidad ha salido a combatirla “como un solo hombre”, si las feministas me perdonan la expresión. Todos juntos con mucho dinero y uso de redes sociales para investigar en una escala muy superior a la que se desplegó contra el SIDA. Eso explica que en un solo año se hayan conseguido varias vacunas cuando las primeras pruebas de una contra la malaria se hicieron en 1981 y ahí seguimos. Pero ya se sabe que la malaria es una enfermedad de pobres.

El virus actual afecta todos por igual sin distinguir entre negros y blancos, pobres y ricos, heterosexuales y gays. Ni siquiera distingue entre catalanes a favor y contra la independencia como algunos quizás desearían. Todos estamos en el mismo barco y todos morimos aunque los pobres mueran más, como sucede siempre. Con la variante delta las infecciones crecen un 10% cada semana y por eso los japoneses (con menos del 20% de su población vacunada) han celebrado unos Juegos Olímpicos deslucidos y tristes, sin espectadores en las gradas y con fuertes pérdidas económicas y de imagen. A pesar de todas las medidas adoptadas, las infecciones se han multiplicado en Japón tras el regreso de los atletas. En España, el virus no permite despejar el final de la temporada turística de la que dependen tantos negocios y tantos empleos, una situación a la que han contribuido el excesivo optimismo de un gobierno que lleva meses creando un ambiente de falsa seguridad al afirmar que lo hemos vencido (?); directrices sanitarias contradictorias que confunden a la ciudadanía, como también la desconciertan diferentes valoraciones judiciales sobre los mismos hechos; insuficiencia de tests y de seguimiento; laxo control de los viajeros; falta de educación de los jóvenes que se creen eternos, con derechos y no con obligaciones; y la presión de sectores poderosos que ven en peligro sus intereses y priorizan negocio sobre vidas, por duro que esto suene. Sobre este panorama llega ahora el debate sobre la obligatoriedad del pase sanitario para acceder a locales cerrados que ya han impuesto varios países, y en el que se enfrentan el derecho de unos a no vacunarse y el de otros a no ser infectados. Confieso que soy favorable: si alguien no quiere vacunarse que no lo haga, pero que por favor luego no se siente a mi lado en el cine.

Hoy están vacunados aproximadamente 70% de norteamericanos, y de europeos, pero solo 1% de los mil trescientos millones de africanos... y todavía nadie en Haití. Y mientras no lo estemos todos seguirán surgiendo mutaciones del virus eventualmente resistentes a las vacunas. Es cuestión de tiempo. Estamos en una carrera contra reloj. Por eso la OMS pide que los ricos dejemos de acumular dosis y permitamos que se vacunen al menos el 10% de los pobres antes de darnos nosotros chutes suplementarios, y estima que para vacunar al 70% de la humanidad hacen falta 11.000 millones de dosis que a un precio unitario de 5 a 7 dólares costarían unos 80.000 millones, es decir menos del 1% del PIB mundial (80 billones). No parece mal negocio si se considera que la pandemia contrajo la economía mundial un 3,6% en 2020 y que en España la caída superó 10 puntos de PIB.

Pero mucho me temo que las perspectivas no son buenas, una cosa es llenarse la boca hablando de solidaridad y otra estar dispuestos a ceder vacunas a otros países. Este virus está para quedarse como la gripe, exigirá pinchazos anuales y tendremos suerte si hasta que nos vacunemos todos -y digo todos- no surge alguna mutación resistente a las vacunas que vuelva a llenar los hospitales. Les aseguro que preferiría equivocarme.

Jorge Dezcallar/Embajador de España.