Opinión

El mundo que nos espera

El mundo que nos espera

Una gran incógnita que se cierne sobre nosotros mientras luchamos por salir del abrazo mortal de la pandemia de la COVID-19 se refiere a qué modelo se impondrá en el reordenamiento geopolítico que se avecina como consecuencia de las revoluciones digital, demográfica y tecnológica, el proceso de introspección norteamericano, la crisis de Europa, el fin del dominio occidental en el mundo, la confirmación de la cuenca  del Indo-Pacifico como nuevo centro económico del planeta, y la aparición de nuevos países que exigen un reparto diferente de la tarta del poder. Estamos al final de la era geopolítica que comenzó en 1945 con el reordenamiento que siguió al fin de la II Guerra Mundial, y en el comienzo de una era nueva con actores diferentes y en la que se augura una dura competición entre los modelos liberal y autoritario. En los últimos años los informes anuales de Freedom House detectan un retroceso de la democracia en el mundo, mientras crece el número de líderes que en muchas ocasiones llegan al poder por el voto de los ciudadanos pero que luego, cuando lo han alcanzado, difuminan el necesario equilibrio de poderes, interfieren en la labor de los jueces y periodistas, y recortan los derechos y libertades individuales como vemos en los casos de Erdogan, Bolsonaro, Putin, Orban, Duterte y tantos otros. En los mismos EEUU de Donald Trump hay un retroceso de la democracia y esto no lo digo yo sino Freedom House.

Los dos sistemas son incompatibles entre sí y juegan con cartas diferentes pues la democracia liberal deja las decisiones y la capacidad de inversión en manos de los individuos, mientras que los autoritarismos tienden a concentrarlos progresivamente en un poder centralizado sin contrapesos. Washington y Beijing son los ejemplos de ambos modelos y están ahora empeñados en una guerra sin cuartel por ver cuál de los dos diseña las reglas de la geopolítica futura que no será únicamente bipolar, no será un G-2 como algunos desearían (los mismos chinos) sino más bien un multipolarismo imperfecto donde dos serán las potencias hegemónicas pero habrá otros países (Rusia, India, Brasil, Nigeria, Indonesia, Sudáfrica...) o grupos de países (la UE) que también tendrán algo que decir, y cuya influencia puede aumentar en la medida en que ni China ni los EEUU salen particularmente bien parados de la crisis de la COVID-19.

China porque tardó en reconocerla y en avisar a los demás, y EEUU por la insolidaridad de su slogan America First y por su falta de liderazgo a nivel tanto nacional como internacional. Y por eso ambos andan enfrascados en acusaciones recíprocas y en campañas de propaganda y de desinformación masivas. El futuro dependerá de cómo cada uno se reponga de la recesión que se avecina, de la fortaleza que muestre, de la imagen que proyecte (en mi opinión, bastante peor con Trump que con  Biden) y de la manera que el mundo perciba esa fortaleza. De momento, y a pesar de todo, los Estados Unidos van muy por delante en poder económico, militar y en softpower. Pero China emerge como gran poder tecnológico como demuestra en las redes 5G gracias a masivas inyecciones de dinero público. Y la Inteligencia Artificial ofrece a diario tecnologías novedosas que permiten un mayor control de los ciudadanos y un recorte progresivo de sus derechos y libertades.

De momento el virus nos ha hecho refugiarnos en el Estado y en los sistemas nacionales de Salud ante el desconcierto inicial mostrado por las organizaciones internacionales, desde la ONU  a la UE o la propia OMS, pero una geopolítica global montada sobre la base de Estados, con pocas normas que regulen sus interacciones y con instituciones débiles para resolver los inevitables conflictos que surjan, es la receta ideal para que se imponga la ley del más fuerte y el pez grande se coma al chico. Como potencia media, a España y a muchos otros no les conviene nada ese mundo del Salvaje Oeste que podría surgir más pronto que tarde. Nos interesa reinventar un nuevo multilateralismo con reglas claras, acordadas por todos, que creen un terreno de juego nivelado, con límites claros, con normas con las que todos podamos vivir, y con instituciones internacionales fuertes y respetadas para dirimir los conflictos. Y ese nuevo orden sólo podrá nacer de las cenizas del actual sí aceptamos reformarlo para dar cabida a los recién llegados y a sus diferentes cosmovisiones.

Yo deseo que ese nuevo orden respete los derechos y libertades individuales tal como yo los concibo pero no estoy seguro de  que ese vaya a ser el caso, porque la demografía mundial avanza al galope y somos cada vez menos en porcentaje los que compartimos los valores occidentales que han inspirado el modelo geopolítico en vigor desde 1945 y que ahora se pone en cuestión por los países emergentes, herederos de otras culturas que no han pasado por Grecia, Roma, el Cristianismo, el Renacimiento o la Ilustración. Que no han puesto a la persona como centro del universo o la duda en el eje del debate racional. 

Por eso es muy importante que los mantengamos en Europa, frenando los procesos “iliberales” que apuntan en países como Hungría o Polonia, con la esperanza de que con el paso del tiempo los demás tengan tiempo de apreciar sus virtudes. Pero lo digo sin demasiado convencimiento. Precisamente durante el largo y combativo Consejo Europeo de Julio que aprobó el masivo Plan de Recuperación contra la pandemia, uno de los puntos que suscitó debates más vivos fue la negativa de Hungría y Polonia a vincular las ayudas europeas al respeto de los derechos humanos. Y se salieron momentáneamente con la suya porque en ese momento la prioridad era aprobar las ayudas económicas y porque la epidemia de la COVID-19 ha envalentonado a los regímenes autoritarios que han comprado - porque les interesa- la idea de que han sido capaces de combatirla mejor que las “débiles” democracias como España, Italia y el Reino Unido. Y eso tampoco augura nada bueno para un horizonte que apunta a un mundo con más líderes autoritarios, populistas y nacionalistas. Por eso es imperativo no renunciar a esos valores que amparan nuestros derechos y libertades y que nos han hecho lo que hoy somos. Porque si no luchamos por ellos, los perderemos.