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Opinión

El orden y la paz

Coliseo de Roma

La vida no importa nada, porque conduce a la muerte que tampoco importa nada. Solo importa la gloria, y la gloria es Roma. Pero no por sus conquistas sino por su capacidad de establecer la perpetuidad de la paz. Esto venía a decir imaginariamente Octavio Augusto en la obra sublime de Hermann Broch, “La muerte de Virgilio” publicada en 1945. Acostado Virgilio, delante del César Augusto, sudando por la enfermedad que anticipaba el inminente final, junto a la Eneida, concebida para la inmortalidad, a punto de partir hacia el mundo de la ceniza y ser ya parte del pasado. Aun cuando le exigía el César, que lo era de la civilización enteramente, terminar de escribirla, con su mano decrépita y todavía dudosa, y poner así el augusto final de aquella grandiosa obra concebida para tal fin: la perpetuidad. 

Quizá percibiera el poeta clásico, aún más engrandecido por la prosa del judío alemán Broch, que siglos después de que la eternidad de Roma pareciera real, el final de la paz sería perpetuo. Y quizá soñara con otros tiempos sucesivos, en los que algún autor magistral fuera capaz de lograr el acceso a la inaccesible descripción del estado de paz que suponemos en el final de todo lo creado. En esa alucinación inabarcable donde el todo se vuelve nada. Donde ya no existe el lenguaje, que sucumbe y se deshace, sin tiempo para pedir perdón y decir adiós. 

La paz perpetua de Roma, luego desmitificada en la historia occidental por la paz, más realista, de Dios. Aquella aspiración, en medio de la guerra mundial del siglo XX, de lograr un orden estable y equilibrado que impidiera el exterminio y la muerte industrializada que la ciencia y la locura habían concebido. Pero el orden mundial no es perpetuo, como no lo era la paz romana. Es un marco de convivencia establecido por las capacidades de potencias y actores, por los tratados y las normas reguladoras, al menos las asumibles, y por las tendencias dominantes, ya sean tecnológicas (digitalización), económicas (globalización), sociales (demografía), culturales (identidad) o ideológicas (democracia). 

El reequilibrio constante provocado por el cambio perpetuo. En la dinámica internacional actual el cambio es como un volcán en erupción que no se detiene. El orden mundial busca una nueva definición donde las capacidades de los actores sean reequilibradas. No hay enfrentamientos sino competición y rivalidad. Hay un polo dominante, pero no hegemónico, y otros polos de atracción y poder menores pero crecientes. Hay cinco dominios para la seguridad porque el entorno digital y el espacio están abiertos. Hay millones de personas con mayor equidad y millones sin equidad ninguna. 

El orden importa más que la vida, porque conduce a la paz. Vino a decirle Augusto a Virgilio. Pero el poeta no supo entender. Y se limitó a describir de manera sublime el camino que conduce hacia la ausencia de cualquier palabra. El luminoso e inservible camino hacia la inmortalidad. Un lugar donde antes de Dios, no había absolutamente nada. 

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