Opinión

El regalo del Día de Reyes de Trump a Xi Jinping

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Si algo podremos concluir una vez que la polvareda se asiente en las inmediaciones del Capitolio, es que la verdad importa, y que no podemos ser complacientes con ninguna forma de hacer política basada en erosionar la verdad, porque,  como vimos ayer, las soflamas pueden desembocar en acciones que oscurecen la democracia y cuestan vidas. Como les suele pasar a los aprendices de brujo, a Trump y a su corte nepotista perdieron el control de las consecuencias de sus palabras, y los dos meses consecutivos de desinformación, luz de gas, caos inducido, ruido y confusión, acabaron en una política de tierra quemada que ha dejado al Partido Republicano en cuadro, y al propio Trump con una reputación comparable a la de uno de esos dictadores de opereta que tan bien retrato Hergé. Este final dantesco ha provocado un éxodo en su entorno, significativamente el del asesor adjunto de seguridad nacional, Matt Pottinger, el asesor de seguridad nacional Robert O'Brien y el subjefe de gabinete Chris Liddell, además de Stephanie Grisham, la exsecretaria de prensa de Trump y actual jefa de gabinete de Melania Trump, el secretario de asunto sociales Rickie Niceta,  y la subsecretaria de prensa Sarah Matthews.

A pesar de que no hubo ausencia de malos augurios desde antes y después de la celebración de las elecciones, prevaleció entre las autoridades y la opinión pública el sesgo de normalidad; la confianza en que “algo así no puede pasar aquí”; la creencia de que las asonadas son cosas que les pasan a los demás. Esto permitió que una turba de lunáticos convirtiese por unas horas a los EEUU en un estado fallido,  que había perdido el control material de la sede del poder legislativo. Pero sobre todo, despuntó el sentido de legitimidad que el Presidente de los EEUU había dado a los levantiscos convocados y alentados por él desde la misma noche del 3 de noviembre, que en realidad no puede entenderse sino como el punto de ebullición del imaginario colectivo creado por Trump y sus incondicionales, basado en fomentar el reforzamiento de sesgos cognitivos que han llevado a la mitad de la población americana a interpretar las ideas de quienes piensan de manera diferente en términos de antagonismo tribal y un fanático rechazo sistemático del otro,  para justificar y lograr sus fines políticos. 

Desde que anunció su candidatura a la presidencia de los EEUU en 2016, Donald Trump ha hecho un arte de la apelación a las emociones, para que primen por encima de los hechos, inhabilitando de hecho la dialéctica política, y creando las condiciones para que los insurrectos de Capitol Hill creyesen a pies juntillas que estaban participando en un juego sin reglas en el que todo vale, y no hay precio que pagar; inmersos en una vorágine de creencias alimentadas por los sentimientos frente a la cual es inútil invocar a la hechos objetivos, porque Trump había creado las condiciones necesarias para que millones de electores votasen poniendo sus opiniones subjetivas por encima de otras consideraciones. Tristemente, las hordas del capitolio actuaron convencidos de que los hechos alternativos que le llegaron desde la Casa Blanca eran una opción respetable y preferible a la realidad, porque les servía para refugiarse de ella en las simplificaciones y certezas absolutas que tan eficazmente sabe articular Donald Trump. 

Por supuesto, el sino de esta política basada en la polarización, en el agonismo, es morir de éxito, fragmentando profundamente a la sociedad, y dejando abiertas heridas que, lejos de hacer el país grande otra vez, lo empequeñece y paraliza, al tiempo que regalan una coartada moral a los déspotas de medio mundo.  

En consecuencia, la tarea que Biden y Kamala tienen por delante tendrá mucho de terapéutico; de cerrar heridas, restablecer la unidad nacional, y reforzar las instituciones para que no vuelva a ser posible que un cínico narcisista en la Casa Blanca pueda tener en vilo al mundo durante dos meses aprovechando los resquicios que hay en una constitución escrita antes de que se descubrieran los virus, y mucho antes de la eclosión de los medios de comunicación de masas. Algunas de estas heridas no son nuevas, y llevan décadas sin cerrarse bien; por desidia o impotencia. Tanto las Leyes de Jim Crow como el McCarthismo  aún reverberan en enormes segmentos de las sociedad americana, y los pozos de pobreza consentida existentes, a menudo correlativos a minorías étnicas, son una rémora que hará muy difícil la reconciliación entre las dos Américas, presagiando  un escenario de violencia política esporádica y recurrente de baja intensidad. La cuestión latente es que al menos 1/3 de los votantes norteamericanos rechazan aceptar la sociedad en la que viven, y añoran un pasado tan ideal como imaginario, en el que las relaciones intersociales estaban claramente jerarquizadas y compartimentadas.  Si estas cuestiones no son atajadas mediante un abrumador consenso político,  la calidad de la democracia estadounidense se desgastará paulatinamente, una debilidad estructural que será prontamente aprovechado por otras potencias. Por esta razón, la Vieja Europa debería desechar toda tentación de sentirse pagada de sí misma, y tendría por el contrario que demostrar liderazgo político,  para ayudar a que la presidencia de Biden disponga del espacio geopolítico que necesita para poder poner en orden su propia casa,  en la confianza de que Europa ayudará al hijo pródigo norteamericano con generosidad y grandeza de miras.

Pero tampoco deberíamos en Europa dejar de aprender las lecciones de lo ocurrido, cayendo en el mismo error que ellos y pensando que esto no puede pasarnos: Trump llegó al poder vendiendo la promesa de que el problema de los americanos radicaba en los políticos profesionales y de las élites funcionariales. Al final, fue Pence, un político profesional,  el que salvó la democracia americana ateniéndose a su constitución, cuando cruzó el Rubicón y sólo aceptó como legítimos los votos certificados por los electores oficiales e ignoró los certificados alternativos de electores oficiosos, mientras que Trump, un intruso en el mundo de Washington, se encamina al ostracismo tras perder la Presidencia y el control del Senado; encarando un incierto futuro judicial, y dejando a punto de saltar todas las costuras del estado de derecho.