Opinión

El Sáhara Occidental, el Magreb, la ONU y las vacaciones estivales de los niños saharauis

Pedro Canales

Pie de foto: El Ayuntamiento de Alcázar de San Juan recibe a los niños saharauis del programa Vacaciones en Paz.

Con el nuevo verano de los miles de niños de los campos de refugiados saharauis en Argelia que han soñado todo el año con venir de nuevo a España, unos lo han logrado, y otros, la mayoría, no. Este año ha sido algo más caótico porque buena parte de las “familias de acogida” españolas votantes de Unidos-Podemos o de otras formaciones, han estado volcadas en las interminables campañas electorales. Sin embargo la tradición se perpetuará. Lástima que nadie haya pensado en invitar a los niños de Laayún, Bojador, Esmara, Dajla o Tan Tam, tan saharauis como sus parientes y que también lo sueñan, o a los de Casablanca y de Argel. Esta peregrinación ni ha ayudado ni ayuda a resolver el conflicto. Existen dos maneras de enfocar una posible solución a la crisis del Sáhara Occidental.  La primera se presenta como política, de principios, de justicia y de derechos abstractos; en suma, de palabrería. Es la solución que pasa por la ONU, por los interminables contactos, conversaciones, mediaciones y encuentros públicos y privados “entre las partes en conflicto”. En 40 años no ha dado resultado. Seis secretarios generales de la ONU han sido incapaces de encontrar la salida y han dejado sus plumas en el camino. Un rey, el de Marruecos Hassan II, y cinco presidentes argelinos, Boumediene, Chadli, Boudiaf, Zeroual y Bouteflika, han fracasado igualmente. Y el único líder saharaui, Mohamed Abdelaziz, que ha permanecido en el cargo de secretario general del Polisario durante 40 años, también fracasó en el intento.

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Pie de foto: Niños saharauis en el infierno de los campamentos argelinos de Tinduf.

¿Política o pragmatismo?

La llamada “solución política”, aún a sabiendas de que no es solución, sigue siendo la prioridad de quienes defienden intereses que no son precisamente los de la población afectada. Sean éstos ganancias personales, prebendas, enriquecimiento, escalafón, funcionariado o intereses geopolíticos y estratégicos de unos países y otros. Quizás podría existir esa solución de principios a medio y largo plazo. No se puede garantizar, pero es una posibilidad. Pero basar en ello todo el plan de batalla, es demagógico y despreciativo para los miles de saharauis, que en ambos lados de la frontera entre Marruecos y Argelia, sufren y esperan.  El segundo enfoque es el pragmático, el de buscar soluciones concretas al problema principal, que es el de la gente, los miles de saharauis de ambos lados – son la misma familia y como mucho llegarían al medio millón – que necesitan tener un futuro garantizado. Tinduf no les ofrece futuro porque las ayudas internacionales disminuyen, y Argelia, que sostiene su 66ª wilaya (a las 48 históricas se añaden las 17 nuevas propuestas por el presidente Abdelaziz Bouteflika), atraviesa una crisis financiera sin precedentes debido al desplome de los precios de los hidrocarburos, su principal y casi-única fuente de riqueza.

El futuro que ofrece Rabat con su Plan de regionalización avanzada, también llamado Plan de autonomía, es duro, laborioso, y va a costar mucho esfuerzo, ciertamente; pero es un futuro posible. Los jóvenes saharauis van a la Universidad, trabajan en las empresas o crean las suyas propias, en los Territorios o en el resto del Reino marroquí. Son muchos los militantes y cuadros del movimiento independentista que piensan, y dicen, que aunque sea una etapa transitoria, es mejor que morir abrasado en la Hamada, el infernal desierto de Tinduf: aceptar la propuesta autonómica, y después veremos.

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Pie de foto: Simpatizantes del Polisario se manifiestan en una ciudad española.

Seguir luchando

Se puede seguir luchando por ideas y objetivos, dicen; la prueba es que en Marruecos existe y es tolerado un partido abiertamente republicano, como el Partido de la Vanguardia Socialista, y otros movimientos que no reconocen la autoridad religiosa del Rey, como el islamista Justicia y Espiritualidad.  Uno de los ex dirigentes del Polisario, Mahyub Salek, que lidera una facción disidente, lo confiesa abiertamente: “Nosotros trajimos a esta gente a Tinduf, y nuestro deber es hacer que regresen a su tierra”. Pero no todos los dirigentes del Polisario piensan así. Además, no tienen libertad de movimientos, y están sujetos a la geopolítica de Argel. Brahim Ghali, el nuevo Secretario general del Frente, tampoco tiene libertad de hacer lo que quiera: ni volver a la lucha armada, si éste fuese su deseo; ni negociar con Marruecos una salida honorable. Argel tiene la última palabra. Pero el Polisario, si lo quisiese, podría sin embargo, poner al régimen argelino ante una disyuntiva que le obligue a ceder.

La partida se juega principalmente entre Rabat y Argel. La decisión de Mohamed VI de enviar a Argel a su jefe del espionaje, Yassine Mansouri, que sólo rinde cuentas ante el soberano y nadie más, es un gesto trascendente. Rabat quiere poner en la mesa de discusión con su vecino, todos los asuntos bilaterales de importancia: terrorismo, inmigración, fronteras, y todo lo que rodea el asunto del Sáhara Occidental, es decir los intereses geopolíticos. ¿Son incompatibles entre sí? No necesariamente. Estos intereses están estrechamente vinculados a los propios regímenes, y por ende a los equilibrios internos de cada país. Y con una buena dosis de inteligencia estratégica, sería posible llegar a la solución “todos ganan”, Argel, Rabat y el Polisario, a condición de que cada uno de ellos esté dispuesto a ceder un poco.