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Opinión

El símbolo de Davos

Hotel Davos

En la Montaña Mágica de Thomas Mann se refugia un sentimiento de decadencia de la civilización europea, simbólicamente reunida en un sanatorio de los Alpes suizos. El protagonista, Hans Castorp, es un joven levemente enfermo y dolorosamente herido que reposa y trata de recuperar el oxígeno mientras convive con una serie de tipos y personajes burgueses de la vieja Europa, cuyo destino se asocia con la conservación de una vida disociada del mundo real y fatalmente ligada a la distancia que les separa irreversiblemente, en la fría montaña, de cualquier otra posibilidad de salvación.

Como lo fuera en la novela de Thomas Mann hace un siglo, la montaña de Davos vuelve a ser ahora un refugio para los economistas, los líderes corporativos y los últimos gestores de la globalización, distantes de un mundo deconstruido desde los extremos de la izquierda corrosiva y la derecha populista, que convergen en una única idea común: provocar el exilio y la muerte de los valores liberales.
Las mismas críticas que hace 20 años vociferaban los guerrilleros de la mochila y el antifaz del denominado movimiento antiglobalización, las exponen hoy con argumentos de corte demagógico los populistas de nuevo cuño. Las perversas consecuencias de la liberación comercial para los pueblos sometidos a la tiranía de los poderes económicos; la desnacionalización y deshumanización de la sociedad, supuestamente perdida en la insustancialidad de valores tan confusos como son el progreso, el trabajo y la prosperidad; el destino mortal de las naciones y la humanidad al perder su identidad a manos de la insaciable codicia de los hombres, y mujeres, de Davos. Malvados, malvadas, falsos e incivilizados. Y naturalmente, antidemocráticos. 


La similitud entre la debilidad de la Europa de entreguerras y del orden liberal actual es evidente. Pero la diferencia esencial es que mientras el genio de Thomas Mann supo anticipar la llegada de los fascismos y el comunismo desde el refugio de la decadencia, los valores liberales en la actualidad, que representan a la gran mayoría de las sociedades democráticas a nivel mundial, no contemplan la posibilidad de una decadencia sino que promueven la necesidad de urgentes reformas que dinamicen y armonicen unas relaciones económicas y sociales, complejas, globalizadas y que transcurren en un entorno real y también digital. No conciben un orden enfermo, sin firmeza, como lo era el orden europeo tras la primera guerra mundial, sino un orden internacional mejor coaligado. 


En este sentido, la nueva Estrategia de Seguridad de Estados Unidos publicada en octubre de 2022, señala como uno de los principales esfuerzos para la próxima década el de “build the strongest posible coalition of nations to enhance our collective to shape the global strategic environment and to solve shared challenges”. Y resalta los beneficios generados por la Carta de las Naciones Unidas y la Declaración Universal de los Derechos Humanos para el progreso global reafirmando la labor de distintas organizaciones multilaterales, que sigue siendo imprescindible para reformar el orden actual y adaptarlo al nuevo marco de transformación global.

Pero además del entramado de organizaciones internacionales, alianzas tradicionales y nuevas coaliciones ad hoc, el documento de seguridad pone el foco en las empresas y en la colaboración público – privada para abordar la transformación tecnológica y de sectores críticos como la energía, las infraestructuras o la industria de defensa. Y convoca a los sectores privados para desarrollar proyectos de inversión e innovación que incorporen una orientación estratégica para que el liderazgo de Estados Unidos y la democracia se prolongue y se vea fortalecido, los próximos años, en materias como la ciberseguridad, la computación avanzada, los semiconductores, la siguiente generación de las comunicaciones, la energía limpia o la biotecnología. 


Seguridad y prosperidad caminan de la mano en un planteamiento donde la colaboración público - privada resulta esencial. “Markets alone cannot respond to the rapid pace of technological change”, se afirma en el documento de seguridad estadounidense. Pero el esfuerzo político no puede orientarse hacia el deterioro de la sociedad civil o al debilitamiento de foros de debate y análisis económico como el que desarrolla el prestigioso World Economic Forum en Davos desde hace décadas. Sino que debiera tomar oxígeno para acometer la reforma de los principios liberales en busca de una mayor equidad social y una mejor integración de empresas y emprendedores en proyectos para afrontar los problemas globales.