Opinión

El terror del Sahel ensombrece París

Sahel

El asesinato de los reporteros españoles David Beriáin y Roberto Fraile, reivindicado por un grupo yihadista burkinés, ha vuelto a poner sobre le mesa la impotencia de los países europeos en sus esfuerzos por normalizar la vida de los habitantes del Sahel, cuyo débil sentido nacional y  precarias instituciones, son presa del populismo teocrático islamista, que se afana en construir la Umma a sangre y fuego.

En este contexto, no son del todo sorprendentes las declaraciones de Emmanuel Macron el pasado mes de febrero, apuntando sus dudas sobre la presencia francesa en la zona, y la tentación que su Gobierno había tenido de llegar a cabo una retirada masiva de sus tropas sobre el terreno. Sin embargo, y a pesar de las decenas de bajas, Francia no dispone de una estrategia para la pronta salida del teatro de operaciones que evite un mayor empeoramiento de la situación tanto en el Sahel como en los países limítrofes. 

Así las cosas, Macron parece apostar por ganar tiempo --aumentando el número de soldados del contingente francés, antes de reducirlo--  para internacionalizar una operación antiterrorista que Hollande inició hace ocho años, a la que están asignados más de 5.000 soldados franceses, y es una importante carga para las arcas públicas francesas.

Aunque la abrumadora superioridad militar de las fuerzas francesas le ha permitido ganar todas las batallas que ha librado contra los insurgentes islamistas, no ha evitado que la guerra se pierda, resultando en que una amalgama de organizaciones yihadistas se haya hecho con el control del territorio en gran parte del centro y del norte de Mali, así como de mucha de la zona de la ‘triple frontera’; las fronteras de Mali con Burkina Faso y Níger; al tiempo que el número de actos violentos se ha multiplicado por diez desde 2013.

Volviendo la vista atrás, vemos que, en realidad, el fracaso de esta intervención es de hecho la elegía de la gran visión de Francia para el Sahel, un proyecto iniciado con la Convención Franco-Británica de 1898, que concedió a Francia el dominio de la zona africana de transición entre el desierto del Sáhara al norte y las sabanas sudanesas al sur, que se extiende por el norte del continente africano entre el océano Atlántico y el mar Rojo. Por esta razón, la lucha contra el islamismo militante, lejos de ser un fenómeno reciente o novedoso, ha sido un componente central de la política exterior francesa durante los últimos cien años. 

Ya en 1918, tras el colapso del Imperio Otomano,  los informes oficiales franceses hacían referencia a  “librar al centro africano de teocracias musulmanas hostiles a toda civilización y, con la acción de una fuerza policial, asegurar el paso libre entre el Mediterráneo y África tropical”, formalizando así una política que llevaba décadas en marcha, mediante acciones de pacificación de las tierras desérticas que conectaban sus posesiones coloniales en el norte de África con la federación de sus colonias del África occidental,  conocida entonces como Afrique Occidentale Française, que había sido establecida en 1895, tras la ocupación gala de Tombuctú. 

Francia consiguió imponer una cierta estabilidad durante 40 años, hasta que la eclosión de los procesos de descolonización llevó a que, en 1958, un grupo de representantes norteafricanos se dirigieran por carta al presidente Francés Charles De Gaulle para hacerle saber su negativa a formar parte de un sistema autónomo o federalista que homologase el África Negra y el Magreb y le diese mayor peso político al África sahariana, por una mera cuestión demográfica. Esta declaración de principios fue seguida de numerosas rebeliones tuareg, la primera de las cuales ocurrió en 1963, y tuvo como escenario bélico el noreste de Mali próximo la frontera con Argelia.

Precisamente, fue en este macizo montañoso de la región de Kidal, conocido como Adrar de los Iforas, donde la insurgencia islámica se hizo fuerte en 2013, replegándose ante el avance de la ofensiva franco-chadiana. 

El grueso de los rebeldes yihadistas, unos 3.000 hombres armados, provenía de Legión Islámica, una fuerza mercenaria fundada por Muamar el Gadafi en los años 70 como ariete de sus veleidades panislamistas, y que tras la caída del dictador libio se desplazó en masa a Mali para proclamar el Estado independiente de Azawad, una especie de república de mercenarios. Con este núcleo duro de origen tuareg se aliaron los salafistas argelinos que, bajo la marca Al-Qaeda del Magreb Islámico, se habían refugiado en Mali tras su derrota en Argelia. Es precisamente este conglomerado yihadista, cuyo mínimo común denominador es su origen magrebí, y que opera bajo la denominación Grupo de Apoyo al Islam y los Musulmanes, liderado por el tuareg Iyad Ag Ghaly,  el que se ha atribuido el ataque en el que fallecieron Beriáin y Fraile. 

Son de sobras conocidos los problemas políticos que una exigua parte de la inmigración magrebí, proveniente de sus antiguas colonias,  y radicalizada por el pensamiento islamista, está ocasionando en Francia. Tanto es así, que incluso un sector del Ejército francés se ha sentido legitimado para pronunciar públicamente su desencanto, un hecho virtualmente inédito en la historia de la República francesa. De este modo, lo que desde un punto de vista de seguridad no deja ser un problema relativamente menor (comparado con anteriores fenómenos terroristas en suelo europeo, como ETA, IRA o Brigate Rosse), empodera a los grupos yihadistas que operan África, otorgándoles la capacidad de influir seriamente en la política nacional francesa, y, por consiguiente, condicionar sus operaciones militares en el Sahel.

Con estos mimbres, será difícil que Francia --con importantes intereses mineros en Mali y Níger-- logre convencer a sus socios europeos, que también tienen importantes poblaciones magrebíes, de crear una gran coalición para intervenir en el Sahel, a la que tendrán que contribuir aumentando su participación militar y gasto, para que Francia pueda reducir la suya sin comprometer la seguridad europea.