Opinión

El yihadismo acosa a Mozambique

Mozambique

El yihadismo, que se expande con gran rapidez por todo el continente africano, asedia desde hace años a Mozambique y su endeble desarrollo democrático y económico. Unos días atrás, un grupo de terroristas asaltó la ciudad industrial y turística de Palma, en la provincia de Cabo Delgado, en el norte del país, cerca de la frontera con Tanzania y al borde del océano Índico, mantuvieron el control durante varios días y causaron varias decenas de muertos y centenares de heridos.

Palma, con una población de 25.000 habitantes, adquirió gran desarrollo en los últimos meses, fruto de las importantes reservas de gas que alberga en su subsuelo. La empresa francesa Total tiene la concesión, en la que trabajan varias decenas de expertos de diferentes países europeos. La explotación del gas es precisamente uno de los objetivos que se han marcado los yihadistas de la organización Ahlu Sunna Wal Jamás, del llamado Estado Islámico.

Popularmente esta organización es conocida como Chabad, “Los Jóvenes” y centra su lucha en las reivindicaciones religiosas y económicas. Nació en los años de la década de 2000 y desde entonces no ha dejado de ampliar su actividad terrorista que atemoriza a la población y extiende su control en una gran parte de la provincia. La pobreza que existe en aquella región ha sido un elemento crucial para su expansión y su influencia entre los musulmanes, la fe que más deprisa crece. 

La compañía Total se aseguró en el acuerdo de explotación del gas la seguridad que las Fuerzas Armadas mozambiqueñas no han conseguido mantener. Hace tiempo que el Gobierno de Maputo ha incrementado el envío de contingentes militares que entran a menudo en lucha abierta contra los yihadistas. Los enfrentamientos   han contabilizado millares de víctimas. Los yihadistas se calcula que cuentan con más de 2.000 militantes armados y entrenados que conocen el terreno y están incorporando cada vez a más apoyos.

Nada más conocerse la noticia del asalto a Palma, el Gobierno envió a varios batallones de refuerzo. La distancia y las malas carreteras retrasaron mucho su llegada, lo cual mantuvo el control de la ciudad en poder de los yihadistas. Se calcula que el número de terroristas armados que intervinieron en la operación oscilaba en torno a los 150. Las víctimas, consecuencia de los combates en la calle, los actos de vandalismo y las ejecuciones directas, se elevan, según fuentes militares, a varias decenas.

Una de las primeras acciones de los atacantes fue bloquear los hoteles donde residían muchos extranjeros que durante varios días permanecieron prisioneros atemorizados ante las amenazas e insultos de los guardianes, bien armados con equipamiento militar moderno y que les impedían salir. Las explotaciones de gas se hallan en los alrededores de la ciudad y los atacantes apenas consiguieron causar daños materiales. La explotación ya se ha reanudado.  Miles de personas huyeron lo cual dificulta conocer con precisión el número de víctimas.

No era, como decía, el primer ataque contra localidades donde las guarniciones militares fueron asaltadas, pero si la más importante por su magnitud y capacidad operativa que demostraron los terroristas. La preocupación del Gobierno, que sufre la impotencia ante el aumento de la amenaza,  es enorme. Las Fuerzas Armadas son acusadas por algunos de incapacidad para hacerle frente a la amenaza y la ayuda extranjera para frenar la expansión yihadista hasta ahora es insignificante. La preocupación se extiende también a los países limítrofes.