Opinión

Elogio del 12 de octubre español

Celebración del 12 de octubre en Nueva York

La celebración del 12 de octubre, Fiesta Nacional en España y conmemoración del Descubrimiento, va a volver a desarrollarse con los habituales descalificativos a este y al otro lado del océano, envuelta en la sempiterna polémica sobre las raíces de lo que se celebra, un hecho histórico de primera magnitud, y sobre el concepto mismo de la españolidad. Pese a la prudencia institucional, casi timorata y miedosa, con que se celebra en nuestro país este día, muchos compatriotas volverán a demostrar que se sienten molestos e incómodos por la conmemoración de una jornada especial que representa muchas cosas para el proyecto común que compartimos dentro de estas fronteras tan antiguas: un país, una bandera y unos símbolos que deberían unir más que separar. Comparando los eventos que organizamos los españoles con los que cada año en sus respectivas fiestas patrióticas los norteamericanos, los franceses o los ciudadanos e instituciones de cualquier república latinoamericana, nos daremos cuenta de que hay un freno de mano activado como para no molestar demasiado a esos colectivos, siempre bien organizados y con el colmillo a flor de piel. Y pese a ello, la Fiesta Nacional genera una molestia evidente que va a más, y que, en los últimos años, décadas tal vez, se ha trasladado también a buena parte de los países americanos que no quieren celebrar nada. En una América en cuyos Estados Unidos se derriban estatuas de Colón y se profanan símbolos hasta ahora respetados. Es una tendencia común en todo el planeta: lo que no coincide con mi forma de pensar es digno de acoso y derribo, de destrucción disfrazada de posmodernidad.

Lo que Vargas Llosa consideró como “el más importante acontecimiento de la Historia de América y Europa” es tachado ahora desde las redes sociales, nuevas tribunas de una sociedad que todo lo cuestiona, de genocidio. Y ese detalle, para disgusto de los nuevos inquisidores, nunca se ha ocultado ni silenciado. El Descubrimiento, como todas las conquistas y las guerras, provocó miles de muertes que no son el objeto de la celebración del 12 de octubre, sino el significado que tuvo la expansión hacia un Nuevo Mundo que amplió las fronteras de lo que hoy es un país vuelto sobre sí mismo y empeñado en discutirse su propia historia e identidad. Condenar los genocidios es una loable tarea, si se quiere incluso didáctica, y está encaminada a evitar que espantosos acontecimientos que sí ocurrieron, nadie lo niega, tengan lugar de nuevo en la trayectoria de la especie humana. Son demasiado terribles para que vuelvan a repetirse. Pero esa condena tal y como se realiza en España, tiene un problema de memoria: no debe ser tan selectiva como es, porque si condenable fue lo ocurrido en América, también lo deben ser la ocupación romana en las tierras celtíberas, o la invasión musulmana en la península ibérica, hechos históricos bañados en sangre, en los que las víctimas son consideradas hoy indefendibles, que pasan desapercibidos en esa condena selectiva. Como también pasan desapercibidos hechos positivos del Descubrimiento narrados en los libros, pero que no conviene airear porque desautorizarían claramente la esencia misma del #12OctubreNadaQueCelebrar,  como las órdenes reales decretadas desde la Corona española de abolición de la esclavitud, cientos de años antes de que este fenómeno llegara a América del Norte, o las de protección de los indígenas. 

Por eso algunos españoles defenderemos en las redes la etiqueta #12OctubreTodoQueCelebrar, como respuesta necesaria a las invectivas antiespañolas, que como siempre nacen, crecen y se desarrollan dentro de la propia España. El desprecio a lo que se celebra estos días entra dentro de la esfera de libertad de cada individuo u organización del tipo que sea, nadie cuestiona la libertad de pensamiento y mucho menos la de expresión, como al contrario sí ocurre. Pero en la conmemoración incluimos la bandera y el himno, o las Fuerzas Armadas que desfilarán ante el orgullo de miles de personas, o la Corona que nos representa y ampara a todos, lo queramos o no. La gran desagracia de quienes han sucumbido a esas consignas es que no podrán dejar de pertenecer a la Nación que lideró esa gesta de 1492 y algunas otras que se quieren ocultar con un velo ideológico, como el reciente aniversario de la primera vuelta al mundo de Magallanes y Elcano. 

La última estrategia de liquidación del 12 de octubre consiste en declarar esta jornada festiva como día laborable en administraciones públicas. Es un nuevo capítulo de la constante provocación que permite a determinadas opciones hacerse notar ante un evento que une a la mayoría de los ciudadanos. Imponerlo como línea de actuación política no sólo va contra las leyes democráticas que nos hemos dado la mayoría, sino también contra el sentir mayoritario de los españoles.