Opinión

Entre la espada y la pared

Tropas de Estados Unidos en Afganistán

La guerra de Afganistán es la más larga de la historia de los Estados Unidos porque en 2021 cumple 30 años, igual que aquella otra en la que se vieron envueltos nuestros tercios y que marcó el comienzo del fin del imperio español en Europa. Solo que aquella, que también duró 30 años, acabó con el Tratado de Westfalia en 1648 y esta no saben cómo acabarla. A diferencia de la guerra de Irak, rechazada por muchos, la guerra de Afganistán fue popular en EEUU e impuesta por el refugio que allí tenía Al-Qaeda después de los ataques terroristas de 2001 sobre las Torres Gemelas y el Pentágono. Pero que la guerra tuviera apoyo popular entonces no significa que lo siga teniendo ahora tras muchos muertos en ambos bandos (muchos más entre los afganos), numerosos mutilados, y tres billones de dólares gastados. Los americanos no entienden qué siguen haciendo allí sus soldados porque ya saben que es una guerra que no se puede ganar y que cumplió su objetivo con la muerte de Osama bin Laden. Por eso Biden no ha ocultado desde el primer momento su deseo de repatriar de una vez por todas a los 3.500 soldados que aún tiene en Afganistán. En sus memorias, Obama cuenta que ya durante su presidencia Biden quería poner fin a esta guerra.

El problema es que hacerlo no es fácil y de eso están hablado desde hace meses norteamericanos y talibanes en Doha. Allí se han reunido unos afganos temerosos del futuro, unos americanos deseosos de olvidar esta pesadilla y unos talibanes crecidos porque sienten que ya han ganado, en un contexto marcado por del compromiso de Donald Trump de retirar todas sus tropas de Afganistán el próximo 1 de mayo. Y no es fácil porque las tres opciones que Washington tiene sobre la mesa presentan inconvenientes y haga Biden lo que haga acabará dejándose pelos en la gatera

La primera opción es abandonar Afganistán el próximo 1 de mayo cumpliendo el compromiso que Trump les hizo el año pasado a los talibanes a cambio de que dejaran de atacar a sus tropas. Es lo que exigen los talibanes, que durante este tiempo han conquistado mucho territorio y han concentrado sus ataques sobre las desmoralizadas tropas gubernamentales. Pero si EEUU se retira el 1 de mayo sin ningún acuerdo echarán por la borda los esfuerzos de 30 años, se desmoronará el Gobierno de Kabul y los talibanes se apoderarán del país e impondrán un emirato medieval inspirado en la ley islámica con grave retroceso de los derechos humanos y en particular de los de las mujeres. Donde hoy mandan los talibanes no se permiten ni los teléfonos móviles, la música o la escolarización de las niñas, mientras las zonas más remotas siguen como siempre en poder de los señores feudales.

La segunda opción es no cumplir con lo acordado por Trump y mantener las tropas en Afganistán hasta que los talibanes acepten repartirse el poder con el Gobierno de Kabul, algo que rechazan porque consideran que el presidente Ghani es una marioneta de Washington. Y no les falta razón. Es la opción que parece preferir los militares del Pentágono que no desean dejar un trabajo que entienden solo se ha hecho a medias y que requiere de más tiempo. También piensan que poner una fecha a la retirada debilita cualquier posición negociadora. Este argumento ya lo utilizaron con éxito contra Obama en 2009. El problema es que esto significa una misión sin límite temporal previsible.

La tercera opción es la intermedia: retrasar la retirada unos meses para ver si entretanto y contra toda esperanza lógica se puede lograr que Ghani y los talibanes lleguen a un reparto del poder y a algunos compromisos en materia de derechos humanos. Es una opción que tampoco satisfará a unos talibanes porque aleja en el tiempo el triunfo con el que ya contaban. Tanto en esta opción como en la anterior, los talibanes reanudarán sus ataques contra los soldados americanos.

Después de mucho pensarlo, Biden se ha decantado por la tercera opción y acaba de anunciar que los 3.500 soldados que aún siguen en Afganistán lo abandonarán el próximo 11 de septiembre, una fecha simbólica porque es el día del XX aniversario de los atentados terroristas sobre las Torres Gemelas y el Pentágono. Al retrasar la salida sobre la fecha comprometida por Trump, Biden arriesga, pero al fijar fecha otra sólo cuatro meses más tarde confía en evitar que los talibanes se dediquen a atacar a sus soldados. Para ello cuenta todavía con la baza de los 7.000 prisioneros talibanes que el Gobierno de Kabul se ha resistido a liberar hasta la fecha. Todo es cuestión de retorcerle un poco el brazo. Ahora Biden deberá comunicar sus planes a sus aliados de la OTAN, que también tienen tropas en Afganistán, para coordinar sus planes de retirada, mientras sus diplomáticos hacen un último esfuerzo por acercar a los talibanes del Gobierno de Kabul.

Lo que va a ocurrir a partir del 11 de septiembre en Afganistán nadie lo sabe. Lo más probable es que se recrudezcan los combates entre el Gobierno y los talibanes y que éstos lleven la mejor parte en un mundo que regresará al tribalismo de los señores de la guerra, poniendo así fin al espejismo del estado centralizado que los americanos han querido crear en un paisaje y con un paisanaje que no han salido de la Edad Media. Y mucho me temo que el burka será de nuevo el triste destino que les espera a las mujeres. Desearía equivocarme.

Jorge Dezcallar, embajador de España