Opinión

Erdogan, el hombre que vive muy deprisa

El presidente de Turquía, Recep Tayyip Erdogan

No es la primera vez que escribo sobre este personaje, su vida política, ambiciones, intrigas e intenciones claras y ocultas de todo tipo. Ya en julio de 2016, tras el último autogolpe de estado dado en Turquía por Erdogan contra él mismo,  publiqué un trabajo sobre Turquía en el que al referirme a él, textualmente decía : “Factores tales como los intentos de acaparar todos los poderes en las manos de su actual presidente, un hombre de colérica disposición, Recep Tayyip Erdoğan, a quien sus más de 30 años en política han llevado a ocupar diversos cargos a todos los niveles e, incluso, le han costado varios años de cárcel por defender sus ideologías. El odio compulsivo a sus oponentes en general y a los kurdos en particular. Su tirria a los militares, a los que considera una casta llena de privilegios; por entender que son y serán los principales opositores a su máxima aspiración de tratar de reinstaurar la islamización en Turquía y en su Gobierno para que, de nuevo, deje de ser laico; por saber que aquellos son los herederos y la garantía del mandato de Atatürk en sentido contrario a sus propósitos; a los que siempre teme, y en cierto modo, ve como traidores. Razones todas ellas por las que los ha purgado en varias ocasiones, sin ningún tipo de miramientos ni contemplaciones, y no dudará en seguir haciéndolo ante la menor sospecha. 

Sus conocidas negociones o más bien imposiciones a la UE para tratar de “paliar” el problema derivado del flujo de refugiados sobre la misma aprovechándose su posición geográfica. Sus coléricas reacciones ante cualquiera que se ponga por delante, como en el caso del -entonces- reciente derribo de un avión ruso en su frontera con Siria. Las disputas con sus vecinos árabes e Israel con respecto al terrorismo yihadista y otros problemas más domésticos, en especial con Siria; su arrogancia en temas económicos de interés general y sus descalificaciones a todo el mundo cuando se le tacha de no ser defensor de la libertad de prensa o contrario a la aplicación de los derechos humanos en sus territorios nacionales y aledaños o cuando se acusa a Turquía de la responsabilidad en la matanza de los armenios entre 1894 y 1896.

Desde que fue nombrado primer ministro y ahora como presidente, Erdogan ha afirmado y mantenido con mucha frecuencia que el destino le ha hecho víctima propiciatoria de múltiples conspiraciones diseñadas especialmente para deponer y destruir tanto a él como a su partido neoislamista actualmente en el poder, aunque no con mayoría absoluta, el Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP, por sus siglas en turco). Por lo general, según su opinión, estos supuestos ataques están dirigidos o movidos por enemigos residentes en el extranjero.

Su particular bestia negra es Fethullah Gülen, un clérigo exaliado suyo y ahora exiliado en EEUU. Aunque otras veces, también los busca, como tras el mencionado autogolpe, en otros clérigos, políticos, juristas y militares en función de que aún ejerzan determinado tipo de influencia en su país contraria a sus intereses. Razones estas que le llevan a buscar y rodearse constantemente de personas tremendamente leales a los que no duda en deponer a la menor sospecha o pérdida de confianza.

Algunos analistas aprecian que este carácter enérgico, duro y casi despreciativo le viene de su dura y pobre infancia en Estambul y de los múltiples problemas que ha tenido que vencer para hacerse un hueco en la política. Pero la verdad, es que sea cual sea la razón de ello, cualquiera de los mencionados es más que suficiente para no bajar la guardia y para que ejerza su mando con tanta energía, desconfianza, desprecio y ambición personal”. 

He considerado conveniente mantener estos párrafos porque, con solo cambiar algunas pocas palabras entre todas ellas, todo se mantiene en vigor, dado que la misma experiencia nos ha venido demostrando que los reflejados malos augurios, por desgracia, han venido cumpliéndose uno tras otro. Gran parte de la prueba de lo dicho aparece en varios de mis  trabajos, publicados con posterioridad al arriba mencionado y que se encuentran en el mismo blog. En cualquier caso, su evolución, con importantes cambios en sus puntos de vista y en relación a las posturas a adoptar en la búsqueda de aliados o enemigos -según sea el momento y la oportunidad o situación-, es bastante paradójica. No le importa cambiar de opinión ni de caballo a mitad de la carrera; siempre ha pretendido parecerse a un mercader que trata de vender al mejor postor sus mismas y muy apreciadas mercancías; mercancías que realmente son muy válidas y que se derivan de su privilegiada posición geoestratégica.

Además de ser país fronterizo con muchos otros influyentes o conflictivos, mantiene la llave para controlar, permitir o denegar el acceso al Mediterráneo mediante la separación entre Anatolia y Tracia por el mar de Mármara y los estrechos el Bósforo y los Dardanelos, que sirven para delimitar la frontera entre Asia y Europa, por lo que se considera a Turquía como un país transcontinental. Un acceso que, actualmente, no solo se refiere a las tropas, buques y productos embarcados, sino también mediante el tendido de los ductos que ya están en funcionamiento o muy adelantados como el que mencionaba hace unos días en otro trabajo  “la puesta en marcha del gasoducto TurkStream, estratégico para Moscú, ya que evita el paso del suministro del gas ruso a través de Ucrania; por lo que este país pierde el control del preciado e importante abastecimiento de gas a Europa y por ende, disminuye su interés como territorio de paso -que debe permanecer abierto en todo momento- y la actual importante atención internacional. Además, mejora las condiciones de propio suministro de Turquía y les une mucho más a los rusos para futuros planes económicos y comerciales de importancia, como puede ser el levantamiento de varias centrales nucleares en Turquía con materiales y tecnología rusa. Esto, además, les dará acceso al potencial combustible nuclear de posible uso militar; situación que supondría una mayor ventaja u opción a Turquía para disputar por el liderazgo zonal”.   

Erdogan

Al ser un país fronterizo con Siria y muy cercano a las zonas en las que se batieron importantes combates con el autodenominado Estado Islámico, Turquía, acoge y mantiene dentro de sus fronteras a más de 3,5 millones de refugiados sirios y afganos, quienes al huir de sus respectivos conflictos han recalado en dicho país como escala previa y punto de paso hacia la Europa de las libertades y las mil posibilidades. Migrantes con los que no deja de negociar con la UE y los mueve a su gusto como válvula de alivio de presión o moneda de trueque para conseguir miles de millones de euros por evitar que esto suceda (ya ha recibido cerca de 4.000). Un juego que viene usando con demasiada frecuencia y más últimamente en espera de sacar otro tipo de réditos además de los económicos, que no son pocos.

Ahora pretende que, tras los reiterados fracasos para encontrar apoyo militar en la OTAN en su “guerra particular” en Siria -que, de haberse hecho efectivos, pudieran derivar en un conflicto más internacional por la posible entrada de Rusia en el mismo al ser el protector del régimen de Al Asad- sea la UE la que le pueda darle dichos apoyos políticos y hasta militares. Es una maniobra compleja, imposible de realizar a día de hoy y un tanto saducea, lo que ha obligado a la propia Merkel a tomar cartas en el asunto y reprocharle sus retorcidos caminos para tratar de forzar cualquier tipo de apoyo a cambio de agitar o no el avispero de los refugiados y lanzarlos hacia la frontera griega en dirección a Europa. Esta situación de tensión y gran malestar provocó una reunión de urgencia en Bruselas entre Erdogan y los máximos dirigentes de la UE en la tarde del día 9 de marzo para tratar específicamente dicho tema.

Conversaciones que, por su complejidad, no se han podido cerrar definitivamente y precisaran de sucesivos ajustes. Se han centrado en hacerle ver que la UE no está dispuesta a consentir que vuelvan a repetirse las recientes situaciones de crisis con los refugiados creadas por Turquía en las fronteras de la Unión, tal y como se desprenden de las claras palabras de la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen. Ha mandado un mensaje con el que pretende tender puentes abiertos: “Vamos a relanzar el diálogo. Los sucesos en la frontera son inaceptables y no deben repetirse. Para ello, debemos escuchar a todas las partes”.    

Turquía es un país que también juega, corteja y se pavonea con Rusia frente a EEUU y sus presiones para el mantenimiento y el libre uso de sus bases militares en suelo turco contra cualquiera de aquellos enemigos de los norteamericanos; quienes no lo son tanto de Erdogan en según qué momentos o circunstancias. Aparece como una de las tres principales estrellas internacionales para la paz de la misma mano de Putin, junto a Irán -aunque tengan y mantengan puntos de vista totalmente diferentes sobre el futuro de al Asad-. 

Su lanzamiento al estrellato viene del llamado proceso de Astana para la pacificación de Siria; con ello, juega a la política internacional como si estuviera u ocupara un lugar preferente en la primera división en dicha arena. Así, además, deja atrás a Trump en dicho proceso y mejora sus alternativas a optar a un liderazgo zonal unipersonal o compartido con Irán; aunque esta última alternativa tiene muy pocas posibilidades de que algún día sea cierta. Sus garras y ambiciones siguen expandiéndose en el tiempo y siempre detrás de un producto que necesita para su expansión económica e industrial y que, de momento no posee: los derivados del petróleo. 

Igualmente, quiere compartir la tarta del petróleo sirio, para lo cual debe desembarazarse de Al-Asad y los kurdosirios. En el conflicto libio ha encontrado un hueco o resquicio por el que poder penetrar en otro negocio petrolero aunque sea a costa de apoyar, e incluso combatir en beneficio de bandos diferentes en los que se encuentra la Rusia de su amigo Putin, al que no ha dudado de cómprale los misiles de defensa antiaérea S-400, totalmente incompatibles con el sistema de defensa aérea de la OTAN y que por seguridad no pueden, ni deben integrarse en los sistemas de mando control y comunicaciones de dicho sistema de defensa ni de los modernos aviones F-35 norteamericanos, por poder convertirse en un potente espía, lo que le ha costado muchos disgustos tanto con EEUU y con la OTAN. 

En su búsqueda del codiciado crudo y del gas, además de meter sus garras en Siria y Libia, tampoco ha dudado en apoyar y exaltar a la parte turcochipriota en Chipre, para entrar en liza con Israel y Grecia, entre otros, para la explotación del mismo en las aguas jurisdiccionales de todos los anteriores con el inicio de conflictos y demandas territoriales que, por el camino que llevan, pueden aumentar de tamaño e importancia en breve.

Últimamente, a Erdogan se le acumulan las reuniones bilaterales para intentar apagar fuegos con todos aquellos a los que le viene enfadando. Así, el pasado día 5 mantuvo con Putin una reunión en Moscú para tratar de poner cierto orden en su natural desorden y calmar los exaltados ánimos que han ido brotando y creciendo entre ellos por culpa de tanto pisarse mutuamente la manguera tras su lucha contra el Estado Islámico. Los ataques a los kurdosirios y los combates en la parte de Siria fronteriza con Turquía para anexionarse dicha franja de terreno, con el pretexto de crear una ‘buffer zone’ la que, además de infringir ciertas bajas en las fuerzas leales a Al-Asad, le permite “controlar” a los kurdos que habitan en ella y evitar cualquier tipo de ataque por sorpresa desde aquella dirección.

Erdogan y Putin

Las importantes relaciones entre Rusia, Siria y Turquía para la zona arrancan desde un pacto que se realizó en Sochi (septiembre de 2018); pacto que, con el tiempo y tras algunos desajustes, se había erosionado significativamente a favor de Moscú y Damasco y en detrimento de Ankara. Era tal su degradación que exigía limar ciertas asperezas y actualizarlo en lo que se pudiera. Lo cierto es que la postura de Erdogan sobre Siria ha sido muy cambiante en los últimos cinco o seis años; primero optó infructuosamente por el derribo del régimen de Bachar al-Asad, abriendo, al mismo tiempo, sus puertas al tránsito de personas y al trapicheo del petróleo, refugiados y objetos de arte expoliados por los yihadistas de todo pelaje y apoyando directa o indirectamente a milicias contrarias al régimen de Damasco.

Sin embargo, fue a partir de 2016 cuando decidió cambiar de actitud para centrarse en evitar que su territorio fuera contaminado por la violencia y los tambores de guerra que suenan en la casa de su vecino. También en cerrar el paso a los refugiados resultantes cuando estos sobrepasaron un determinado número impactante, que le diera suficientes réditos e impedir que los kurdosirios pudieran consolidar y reforzar una entidad propia en sus inmediaciones con la ayuda de EEUU.

La evolución de los acontecimientos, tras muchas luces y sombras, muestra que los resultados no son todo lo satisfactorios que él esperaba. Asimismo, la actual operación ‘Escudo de Primavera’ tampoco parece orientarse a producir un rotundo éxito o convertirse en un simple paseo militar. 

Si bien es cierto que Erdogan está destruyendo algunas unidades militares sirias pro Al-Asad en la parte del territorio sirio que ha logrado ocupar, tras las recientes y citadas discusiones en Moscú, ha quedado manifiestamente claro que no puede derrotar a Al-Asad mientras el tirano siga contando con el férreo apoyo de Putin y la cobertura aérea rusa. En realidad, tras su reciente encuentro, Putin le ha obligado a replegarse de parte del territorio ocupado y, en concreto, a devolver al control sirio la importante autovía M-4 (que une el puerto de Latakia con Alepo. Esto supone de facto una cesión de territorios y, en consecuencia, que el área de Idlib quede en manos de las fuerzas sirias; punto fuerte este que hace que sean muy difícil de sostener las posiciones trucas y de los pocos sirios que combaten a su lado, si Damasco decide reemprender la ofensiva por dicho sector. 

Putin, cual zorro plateado sin parangón, ha visto y olido que Erdogan ha provocado o caído en una situación de inferioridad y cuasi indefensión como consecuencia de varios errores concatenados: haber ampliado demasiado sus líneas de ambición tanto en Siria, como en Libia; sus encontronazos con Trump y la OTAN, que le han apartado de sus respectivos paraguas como consecuencia de la compra de los mencionados misiles S-400; los continuos desencuentros y momentos de tensión con Grecia e Israel por las aguas con petróleo en el subsuelo y por la mala gestión con la UE de los refugiados que retiene dentro de sus fronteras.

Todas ellas reunidas y mezcladas dan lugar a un cóctel explosivo bastante difícil de gestionar individual y colectivamente. Principalmente, para un país con un ejército muy numeroso (cercano al millón de efectivos en total), pero nutrido mayoritariamente con soldados de recluta, realmente falto de equipo adecuado, y con insuficiente instrucción para mantener un combate intenso en más de un frente, casi nula capacidad para el sostenimiento prolongado y a distancia de operaciones de envergadura. No debemos olvidarnos del importante descabezamiento del Ejército, aun no superado, tras el autogolpe que supuso el derrocamiento o la muerte de los generales más preparados y carismáticos, así como de sus bien preparados -en EEUU- Estados Mayores. 

Son factores que, para un buen estratega como Putin, son más que suficientes para indicarle que se encuentra ante la oportunidad de ver claramente un Erdogan herido y casi desarmado. Porque, además de haberse creado muchos enemigos, no tiene la suficiente capacidad de reacción para enfrentarse a todos ellos. Realmente, se ha quedado prácticamente solo por atacar tanto frente a la vez sin haber consolidad el anterior, despreciar las capacidades de reacción de casi todos ellos y correr demasiado en su ambiciosa carrera por ser el perejil de todas las salsas en su entorno y algo más allá del mismo. De su encuentro en Moscú, se desprende que Putin le ha puesto sobre la mesa sus condiciones, aprovechando el momento y la situación real en la que se encuentra para apretarle las tuercas en sus aspiraciones sobre Siria y, de paso, condicionar su liderazgo zonal, si es que lo pretendiera alcanzar sin su apoyo personal. Algo que el ruso tampoco parece muy dispuesto a regalar si el Tío Sam se decide de una vez por todas a abandonar Oriente Medio o a quedarse allí, pero de forma muy selectiva y bastante residual.   

Erdogan ha calculado mal sus fuerzas, aunque se puede y debe decir que es mucho el camino logrado desde que empezó a plasmar su visión de Estado-Nación en el campo interno a pesar de que, tras tales esfuerzos, haya perdido cierta fuerza política y peso en las grandes ciudades. Fue superado en las últimas elecciones del año pasado (incluso tras haberlas repetido) y Trump y otros factores internos y externos le están poniendo muy difícil una salida a los grandes problemas económicos que acechan sobre Turquía, a pesar de sucesivas devaluaciones de la lira turca y sus acuerdos comerciales con varios países. Pero en la arena internacional, su excesiva ambición y las prisas para ponerla en práctica han ido chocando con auténticos escollos, que muy posiblemente le obligarán a bajar el grado de ambición a poco tardar.