Opinión

Erdogan: una piedra en el zapato de la OTAN

Trump, Macron y Erdogan conversan durante la última cumbre de la OTAN

El pasado 25 de noviembre tuvo lugar en Berlín, auspiciado por el secretario general de la ONU, António Guterres, un encuentro tripartito entre la ONU y los líderes grecochipriotas y chipriotas, mientras al mismo tiempo se producía una reunión del Consejo de la Seguridad de la ONU en Chipre; iniciativas ambas que ponen de manifiesto la importancia que ha adquirido Chipre para la estabilidad de toda la cuenca mediterránea, especialmente en lo que concierne a las relaciones entre Grecia y Turquía, que llevan siendo turbulentas desde los tiempos de la Iliada, y no muestran síntomas de mejora.

A las tradicionales fricciones territoriales entre ambos países, se ha añadido ahora el factor de los ingentes recursos hidrocarbureos descubiertos en torno a Chipre, y que ha dado el pistoletazo de salida en la carrera por el control y explotación de los mismos, agitando el ya de por sí frágil panorama geoestratégico en los países cuyas aguas territoriales son susceptibles de ser usadas para extraer crudo y gas, cuya lista de actores incluye Israel, la Franja de Gaza, el Líbano, Libia, Siria y la propia Chipre, donde se hallan enormes depósitos de combustible, especialmente importantes frente a la costa de Egipto.

Los movimientos tácticos no se han hecho esperar, y Turquía y Libia abrieron el baile con la aprobación formal de un memorando de entendimiento que delimita una línea de 18,6 millas náuticas que formará una franja -de hecho un corredor marítimo-  que compartimenta las respectivas zonas económicas exclusivas de los dos países. Grecia, Chipre y Egipto han interpretado este acuerdo como un posicionamiento turco para establecer el dominio de aguas territoriales disputadas, lo que ya había hecho ostensible mediante el envío de navíos de guerra para escoltar a sus barcos de perforación Fatih y Yavuz, que operan frente a Chipre, una situación que sin duda se repetirá en otras localizaciones tras el memorando con Libia, país que ya sostiene un contencioso con Grecia a cuenta de las licencias griegas de exploración costera al sur de Creta, entre Turquía y Libia.

Por su parte, Turquía no es firmante de la convención de las Naciones Unidas de 1982,  que regula los límites marítimos; y ni reconoce a la República de Chipre, ni mucho menos sus acuerdos para una zona económica exclusiva en Egipto, Líbano e Israel.

Las primeras reacciones al audaz movimiento de Erdogan no se han hecho esperar, y han incluido la expulsión del embajador libio en Grecia, aduciendo que el acuerdo con Turquía infringía sus derechos soberanos sobre la plataforma continental y las zonas económicas exclusivas de sus propias islas, Creta incluida. En términos diplomáticos, la Unión Europea ha respondido prontamente a la petición de amparo de Atenas,  posicionándose oficialmente al lado de Grecia y La República de Chipre, llamando a Turquía a respetar los derechos soberanos de todos los Estados miembros de la UE, al tiempo que sopesa la imposición de sanciones contra Turquía; mientras, el presidente chipriota Nikos Anastasiadis pide la intervención de la Corte Internacional de Justicia. 

El español Josep Borrell, ya en calidad de  Alto Representante de la UE para asuntos exteriores y política de seguridad, se reunió con el ministro de Asuntos Exteriores de Turquía, Mevlut Cavusoglu, en la capital eslovaca, Bratislava, para discutir el fait accompli que ya es el espinoso acuerdo.

En términos menos dialécticos, hay noticias de que la Armada Helénica ha desplazado fuerzas navales “disuasorias” a la zona en disputa en el sureste de Creta. Y mientras esta cadena de acontecimientos se desarrollaba, fuerzas especiales israelíes y varios escuadrones de su fuerza aérea, bajo el mando del coronel israelí Kobi Heller,  realizaron por cuarto año consecutivo unas maniobras junto con la Guardia Nacional de la República de Chipre en territorio chipriota, denominadas "Juego de Tronos", y que consistieron en simular una serie de escenarios de conflicto que afecten a la zona norte de la isla,  bajo el control de Ankara,  y que detenta desde 1974 un respetable contingente militar turco. Se da la circunstancia de que Israel ha formado una alianza energética con Chipre, Grecia y Egipto, y ha reiterado en consecuencia su pleno apoyo a Grecia en su contencioso con Turquía.

En las esferas de poder de Turquía no hay signo alguno de vacilación tras la firma de la alianza con Libia; por el contrario el apoyo que Erdogan arrancó a algunos países del este durante la cumbre de la OTAN en Londres ha envalentonado su postura; mantiene con firmeza su rechazo a las críticas a propósito de  la cuestión de las aguas de las islas chipriotas y griegas,  y es ciertamente plausible esperar que haga servir su entente con Libia para acelerar demandas que apunten a su vocación de volver a ser relevante en la región.

Sin embargo, el acuerdo ratificado por el parlamento de Turquía está suscrito con el gobierno de Fayez Sarraj, que aún controla partes del oeste de Libia,  pero ha sido rechazado por el parlamento libio sito en el este del país, que está estrechamente alineado con el Ejército Nacional de Libia al mando al mando del general Jalifa Haftar, quien denuncia que el acuerdo con Turquía da carta blanca a éste país para usar el espacio aéreo y las aguas territoriales  de Libia, así como licencia para construir bases militares en suelo libio. No parece que el memorando turco-libio vaya a ayudar a resolver la guerra civil en Libia,  ni a mejorar un ápice el sufrimiento de los civiles libios. Los recursos energéticos del país, vitales para su economía, están bajo el control de Haftar, quien cuenta con el apoyo de Egipto, que probablemente aumentará después del compromiso turco de respaldo militar a Sarraj.

Con todo, y a falta del arbitraje de la OTAN, de la que tanto Grecia como Turquía son miembros, la posibilidad de un encontronazo accidental que conduzca a una escalada militar empieza a hilvanar la retórica a ambos lados del Egeo. Un ejemplo de esto son las declaraciones del almirante Nikos Panayotopoulos, ministro de defensa griego, asegurando que sus fuerzas están preparadas para hacer frente unilateralmente a todas las eventualidades, y a todos lo niveles.

Todo esto supone un tremendo dolor de cabeza para el secretario general de la Organización del Tratado del Atlántico Norte, Jens Stoltenberg, a quién le resultará difícil mantener la calculada ambigüedad en este problema, si se producen enfrentamientos armados entre Grecia y Turquía, precisamente en un momento en el que el antagonismo entre Erdogan y Trump le ha puesto a Turquía en brazos de Vladimir Putin.

Es indudable que Ankara está haciendo todo lo que está en su mano, y aún más, para hacer evidente a la comunidad internacional que el peso geopolítico de Turquía no puede ser menospreciado, y que  las soluciones simplistas basadas en el regateo y el órdago, como las que patrocina Donald Trump, tienen una lógica que pertenece al ámbito mercantil, pero son un gambito contraproducente en política internacional.