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Opinión

Escapar del futuro con la dignidad intacta

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Hace pocos días Carlos Malamud, investigador principal del Instituto Elcano, publicaba un post en la Fundación Foro del Sur donde reflexionaba sobre la tendencia actual a derribar estatuas de dictadores, genocidas, esclavistas, conquistadores, así como de las maneras de acabar con la propaganda institucionalizada de los países e imperios que auspiciaron dichas conquistas que, a modo de hazañas, quedaron incorporadas en el ADN de la genealogía de esas naciones. La reflexión venía originada por lectura del reciente libro de Peio Riaño ‘Decapitados. Una historia contra los monumentos a racistas, esclavistas e invasores’. Malamud hace un recorrido más o menos reciente de los derribos de monumentos que festejaban pasadas fechorías tenidas por gestas.

Ese recorrido inteligente es esclarecedor porque ya en sí plantea los límites y las dificultades de lo que tal revisión puede comportar. Si hacemos una historia revisada del esclavismo de las Américas nos encontramos con casos tan disimiles como los de Colon o Pizarro, por poner dos ejemplos, mezclados con los de los esclavistas sureños de los Estados Unidos, incluyendo al ilustrado y padre de la patria americana George Washington, que tuvo esclavos en sus posesiones de Virginia, si bien debo añadir que el prócer era consciente de la contradicción en la que incurría, insuperable en aquel momento, si quería unir a los estados del sur en la causa de la independencia. Caso similar, cita Malamud, al de Simón Bolívar, que también tuvo esclavos. En África tenemos la sangrante y cruel colonización belga en tiempos de Leopoldo II, pero no le van la zaga las protagonizadas por el imperio británico, Francia o Países Bajos, países exportadores de un racismo cruel que a diferencia de España prohibía los matrimonios interraciales con los pueblos sojuzgados.

Malamud tras repasar otras “caídas de los colosos”, así titula su artículo, de las de Lenin y Stalin tras la caída del Muro de Berlín en 1989 a las de Perón tras la Revolución Libertadora de 1955, concluye que “hay estatuas y estatuas y hechos positivos junto a otros que merecen una condena y una lectura crítica de sus acciones. Pero ambas reacciones deben tener en cuenta dos cosas: la interpretación del pasado no debe ser ahistórica y no se debe confundir la agenda política actual con reivindicaciones de otras épocas, una reflexión esta que tal vez se dirige al revisionismo propagandístico de López Obrador en México, de Nicolás Maduro en Venezuela, o de los Ortega en Nicaragua, y a los periódicos exabruptos de estos contra España, siempre reactivos y motivados por  incidentes diplomáticos que aquellos líderes consideran intromisiones de la vieja potencia colonial en sus asuntos domésticos.

La realidad, yendo al fondo del debate, es que toda nuestra contemporaneidad de hoy es más una redención que un descubrimiento o arqueología, una reordenación que implica actualizar la historia mediante las diversas revisiones de lo que son las memorias históricas, y este esfuerzo es el verdadero mandato de nuestro tiempo, radicalmente decisivo para nuestra mirada interior y para todo intento de rehacer un sentido de comunidad honesto y verdadero, "en el que nuestra existencia es mirada desde todas partes", y desde todo el tiempo transcurrido, pues ya somos ahora nosotros los que vemos vernos, como sujetos prendidos en el campo de la visión de la mirada de toda la historia pasada, tal y como propugnaba Jacques Lacan en su famoso Seminario XI.

Da igual que se trate del colonialismo europeo o de la historia marginada de la mujer, de la exclusión de los colectivos LGTBI y otras minorías, o del racismo o del esclavismo, o del proceso de conformación de los grandes estados que excluía a las regiones, el objetivo primero que tenemos por delante consiste en reemplazar las viejas metáforas y en reelegir los nuevos antecedentes que ahora serán los propios, los que pasaremos como testigos a las generaciones siguientes.

Este es el mensaje y la lectura radical que hace el más posmoderno de los filósofos del siglo XX, Walter Benjamin, cuando sugiere que “sí podemos cambiar la historia”. Así, sacar al dictador fascista Francisco Franco, el amigo de Hitler y de Mussolini, de su mausoleo no es parte anecdótica de esta actualización de la historia, sino necesaria y ejemplarizante acción reparadora que nos pone finalmente, si se me permite, en el lado bueno, en el de las democracias vencedoras en 1945. Ese es el dato relevante, clausurante, que debería ser asumido por todos.

Para Benjamin la posible revolución que él llama nihilista sería una suerte de redención en la que deberíamos recuperar todo el pasado, redimiendo aquello que ha sido excluido y actualizándolo, es obvio, mediante nuevos actos de exclusión, mediante nuevos ejercicios de miradas. En esta actualización y recuperación de Benjamin, hay también una muy interesante, para nosotros, reflexión sobre la felicidad del ahora mundano, sobre esa posible “cita secreta entre las generaciones que fueron y la nuestra..., y que no se debe despachar a la ligera”, una suerte de comunión con los muertos vivientes, con los revenidos, con los renacidos para dar con nosotros esta última batalla reparadora.

Esta comunión benjaminiana con los “muertos vivientes” o con los pueblos derrotados y vencidos es a mi juicio el nudo cordial del debate acerca de si España o Portugal, Francia o el Reino Unido, Japón o China, EEUU o Rusia o Turquía, deben o pueden pedir perdón por hechos sucedidos de hace 500 años o 50 años. Rehacer y reparar un sentido de comunidad compartido es, como digo arriba, rehacer las metáforas fundadoras y los antecedentes que nos han traído hasta aquí.

Yendo al caso de España, que es el que nos toca, en los últimos doce años, aproximadamente, se han venido celebrando los Bicentenarios de la independencia de las distintas repúblicas americanas, eventos que han cogido a España con la guardia baja, presa de sus propios fantasmas interiores: crisis económica, proceso en Catalunya y ahora epidemia masiva, y por tanto sin un discurso preparado o sin argumentación elaborada. Hace 10 años publiqué una Tribuna en la Cuarta de El País titulada ‘La estrategia del Acompañamiento’ donde criticaba esta estrategia de ponerse de perfil frente a la cascada de actos que se venían con motivo de los 200 años de la emancipación de la metrópoli.

En aquel entonces, Miguel Ángel Bastenier (1940-2017), querido colega americanista en un Grupo de Trabajo que había montado el Instituto Elcano, elogiaba la “sabia cautela” del entonces ministro Moratinos a la hora de "sólo pretender acompañar a las naciones, hermanas, primas o sobrinas, sin buscar protagonismo alguno". Sin embargo, en aquel Grupo, éramos también otros, con Malamud, los que ya propugnábamos la necesidad de autocrítica y los que pensábamos que se estaba perdiendo una oportunidad para retomar el discurso de la ilustración española y americana, entroncando los aniversarios de las independencias con la tradición del liberalismo y la Constitución de 1812. Y con los esfuerzos sinceros de 1992, cuando con motivo del V Centenario se buscó poner el énfasis de la emblemática fecha no en la narrativa de conquistas, sino en la del encuentro de los pueblos, eufemismo que urgía un futuro en común, basado en un mensaje moderno de cooperación con aquellos países y de inclusión efectiva de los pueblos originarios. La España del 92 se sentía más cerca de los que habían redactado las Leyes de Indias que de los encomenderos que buscaban quebrantarlas.

Cada generación revisa su pasado, y cada generación tiene derecho a elegir a sus antecedentes, por eso Cornelio Tácito, a redactar la Vita de su suegro, el conquistador de Britania, Cneo Julio Agrícola, hace el mayor elogio que se puede hacer de alguien cuando dice: “escapó del futuro con la dignidad intacta", esto es, sus hechos, revisados por la generación siguiente, fueron vindicados, pues triunfó no ya para los de su tiempo, sino para el tiempo de los que venían. Hoy, esa es tal vez nuestra tarea más urgente, la que consiste en derribar metafóricamente algunas de esas estatuas de los llamados colosos del pasado, como acto de reparación y de sanación propia, como indagación de lo que somos y de lo que queremos ser, pues de qué nos ha de servir hoy sanar los cuerpos sin sanar los espíritus, recuperando un sentido de comunidad compartida con los que se fueron, y con los que vendrán.

José Tono Martínez es escritor, antropólogo y doctor en Filosofía, especialista en gestión cultural en España y comisario de exposiciones. Ha residido en diversos países americanos.