Opinión

España y Marruecos, un desencuentro anacrónico

Sáhara

En la crisis entre España y Marruecos acarreada por los recientes acontecimientos de la acogida al líder del Polisario, Brahim Ghali, en Logroño y el paso de miles de personas, entre ellos muchos menores, desde el otro lado de la frontera a Ceuta, con la posterior adhesión de la Unión Europea a la posición de Madrid, pierden – perdemos- todos. No obstante, hay que tener en cuenta que se trata solo del último eslabón de una larga cadena de imprecisiones y de olvidos, cuando no de simple desprecio al vecino del sur, quizá el país más invadido y sometido en la historia de esta parte del mundo, que vivió siglos recluido en el interior de su territorio porque sus costas estaban sucesivamente tomadas y explotadas por las potencias orientales y europeas.

El abuso insistente que ha padecido el antiguo sultanato Al-Maghrib al-Aqṣa, que significa "el extremo o lejano occidente" para los árabes, y de ello son huellas fehacientes los enclaves de Ceuta y Melilla, compóngase como se componga el itinerario de los hechos o las opiniones a uno y otro lado del Mediterráneo, tuvo su postrero crespón negro con la instauración del Protectorado a partir de 1912 por parte de Francia y España, esta última traumatizada por el desastre de las pérdidas de Cuba, Puerto Rico, Filipinas y Guam y forzada a regañadientes por el Reino Unido para no dejar en manos de París la unilateralidad de la costa sur del Estrecho y sus postrimerías.

Hay que hacer un pequeño esfuerzo de imaginación en este punto para componer la escena de unos Estados vecinos que invaden militarmente a otro, mucho más antiguo –milenario-, que ya existía como nacionalidad cuando en Europa corrían los bárbaros todavía detrás de los bisontes, para imponer un yugo “civilizacional”, impropio hoy en día, como si fueran las cruzadas del medievo. Nada nuevo bajo el sol. Hay que añadir solo que resulta llamativo que Madrid, París y Londres dibujaran, con el beneplácito de sus vecinos europeos, el perímetro marroquí con los territorios saharauis incluidos. ¿A qué estaban jugando?, cabe preguntarse, ¿se han arrepentido de ese “desliz” geográfico? ¿Algo ha cambiado en todos estos años? No lo parece porque no se ha sabido de ningún pronunciamiento al respecto, y eso que ha pasado más de un siglo desde entonces; o es que el vecino africano no lo merece, cabe añadir como posible acotación a bote pronto de este opinante.

Es largo el devenir del antiguo sultanato de Marruecos, un modelo árabe que contempla la autoridad de su máximo exponente, el sultán, indivisible en cuanto a política y religión, y que se extendía hasta el norte de Mali y de Senegal e incluía una gran parte del territorio de Mauritania. Claro que ese vínculo de dependencia estaba sustentado en el islam, que era la forma territorial en la que la civilización antes lejana se organizaba, e incluía jerárquicamente otras delegaciones en mezquitas y templos distantes dentro de su vasta extensión. Con el Protectorado y la apropiación por parte de España de los hoy llamados “territorios ocupados” por los independentistas del Polisario, a los que bautizó con la pomposa y atrevida, hasta pánfila, nomenclatura de provincia española, como también hizo con Guinea Ecuatorial, se origina el gran problema que separa la verdad de la mentira, o al menos de la imprudencia, porque Madrid se arrogó el derecho a romper el orden establecido de las cosas desde la antigüedad, creando el germen de lo que actualmente acontece, ante un Marruecos empobrecido y atado de pies y manos por la superioridad militar de sus invasores y por las calamidades que su pueblo padeció en sus diásporas obligadas, la pérdida de importantes enclaves marítimos y terrestres o los costosos enfrentamientos bélicos con su acérrimo enemigo crónico y vecino, Argelia, que aprovechó la inmovilización de su hermano magrebí en la Guerra de las Arenas de 1963 para anexionarse los territorios que hoy acogen precisamente los campamentos de Tinduf con el apoyo implícito de Francia, que se reservaba sus aspiraciones de explotación de los yacimientos de hierro y manganeso de sus hasta entonces provincias galas argelinas. 

Ahora bien, hasta la ocupación franco-española, el Sáhara Occidental formaba parte del contexto geográfico del sultanato marroquí, con sus tribus beduinas moviéndose por el desierto, viviendo de sus camellos y cabras y enfrentándose entre ellas por pastos y disputas hereditarias. Y es que algunas eran muy guerreras, como explica Moctar Ould Daddah, el artífice de la independencia y primer presidente de Mauritania, en su ya histórico libro Mauritania, contra viento y marea. Por su parte, Alfonso de la Serna, exembajador de España en Rabat, fallecido en 2006, también maneja claves muy importantes y decisivas en su conocido ensayo ‘Al sur de Tarifa: Marruecos-España: un malentendido histórico’ para comprender la magnitud y verdadera naturaleza del problema.

No, no se ha oído hasta ahora a Madrid, París o Londres entonar ningún “mea culpa”. Todo lo contrario, se han enrocado en un silencio impropio de democracias desarrolladas y, por parte de España, en un mutismo cainita y soberbio que ha conducido a esta nueva fase en la que Marruecos, muy posiblemente espoleado por el reconocimiento de su integridad territorial de Estados Unidos, su aliado añejo de sentimientos coloniales, ha reaccionado de una forma cuando menos irreflexiva, o precipitada, con su presión visceral para la detención de Ghali y su posterior “invasión” por abstención de Ceuta con artimañas muy cuestionables al involucrar a menores no acompañados, algo imperdonable en las naciones ricas occidentales; aunque, eso sí, cabe un gran recurso de amparo por su padecimiento secular ante la altiva y poderosa Europa, que olvida la presión que soporta su vecino del sur con el reboso de la inmigración irregular subsahariana y su lucha a brazo partido con el extremismo islamista del Sahel.

En todo caso, siempre que se trata el asunto, la reacción inmediata de los españoles pro-polisarios, muy respetables, por cierto, es remitir a las resoluciones de la ONU y a un referéndum ya muy improbable dado el tiempo pasado y lo que ha cambiado tanto la población en el Sáhara Occidental como el contexto geopolítico de la región para los muchos intereses actuales de fuerza mayor internacionales a uno y al otro lado del Atlántico. En esa tesitura, se podría argüir que Naciones Unidas no es templo de nada sino una institución multilateral fundada tras el fin de la Segunda Guerra europea por medio de los Acuerdos de Bretton Woods de 1944 y que ha sido vaciada de autoridad no pocas veces para lanzar ataques furibundos a países en desarrollo, generalmente ricos en recursos naturales y “commodities”, por los intereses de sus mentores o financiadores, entre los que destaca muy por encima de los demás los Estados Unidos de América.

En última instancia, aquí nadie puede presentarse como el bueno de nada, como tampoco cabe etiquetar de malo a ninguno de los actores implicados en el conflicto del Sáhara Occidental. Eso sí, si hay una víctima clara en todo el proceso ha sido Marruecos. Otra cosa es que el viejo sultanato del extremo occidental árabe dé con los registros adecuados para defenderse y que emplee, o no, la diplomacia y la paciencia del desierto antes de tomar decisiones de fuerza con las que apalancar la secular tradición de sordera e insensibilidad europea con los asuntos africanos; porque Europa, hoy por hoy, permanece unida y actúa de forma colegiada ante los contenciosos externos y muy inamovible sobre todo cuando los conflictos provienen del sur.