Opinión

Esto sí va de Trump

Atalayar_El presidente de EEUU Donald Trump

Begoña Moreno y yo presentamos nuestro libro ‘Esto no va de Trump’ en Casa América. Magníficamente ilustrado por ella, editado por La Catarata y Atalayar y escrito con toda modestia por mí, sin imaginar nunca tan elegante acto, acompañados por tantos buenos amigos y colegas, profesores y periodistas, sentados con la distancia exigida y contagiados con su apoyo como estuvimos este verano en el Ateneo de Santander.

Javier Fernández Arribas moderó el acto y las intervenciones de los presentadores, Vicente Vallés, Carlos Franganillo y Chencho Arias que hablaron de Estados Unidos, de las elecciones y de Donald Trump con tanto interés y precisión que parecían aquellas palabras como un tribunal de la prensa, como una luz de la democracia que se construye dialogando, como si en ellas sonara el eco de una profecía. “Esto sí va de Trump”, aseguró Vicente Vallés, porque “estas elecciones tienen algo de plebiscitario”.

“Habrá que esperar a que algo ocurra en octubre, que sucederá, aunque yo diría que hoy ganaría Biden”, advirtió el cónsul y embajador que fuera en Naciones Unidas, Inocencio Arias. “La ‘october surprise’ es ese acontecimiento imprevisto que siempre determina las elecciones presidenciales”, explicó Carlos Franganillo, que fue corresponsal de TVE en Washington donde ejerció, sigue ejerciendo, de modelo informativo, como Vallés, para jóvenes periodistas y estudiantes.  

Era el día 1 de octubre. Nos fuimos a casa y nos levantamos de la cama, a la mañana siguiente, sin haber dormido. Como el personaje de Al Pacino en aquella película, ‘Autor, autor’, tan culturalmente norteamericana, que madrugaba para leer la crítica de su estreno publicada en el NY Times. Nosotros madrugábamos para leer sobre la presentación de ‘Esto no va de Trump’, ahora también en las redes sociales, y ver, si en efecto no, iba o si, por el contrario, sí iba de Trump este mundo y esta historia, y la política y las elecciones presidenciales.

Atalayar_ Trump en un balcón de la casa blanca

Pero el día 2 por la mañana, en el amanecer del otoño de 2020, que despertaba, nos vino a la memoria la sorpresa que la democracia americana esconde en octubre, cuando leímos en Twitter, Bego y yo, ella en su casa y yo en la mía, que el presidente de Estados Unidos se había infectado con la COVID-19, al igual que su mujer, Melania. La incertidumbre que volvía y vuelve para apoderarse de la política y de esta vida, una y otra vez. 

Para aportar certezas a la política, hace siglos, la ficción y la historia se convirtieron en un mismo formato. Homero fue su autor. Las elecciones presidenciales de 2020 son un capítulo más de este relato impredecible, en el cual los sistemas liberales y la democracia ejercen como instrumento de legitimación de la verdad. Que debe de ser finalmente aplaudida por el público y estar recogida verazmente por la crítica en la prensa para ser creíble. Como le ocurriera en aquella escena a Al Pacino frente al quiosco de Manhattan. 

La oscura especulación vuelve para desestabilizar los juicios de los ciudadanos, pero la democracia se mantiene firme una y otra vez. Si el presidente supera la crisis, saldrá fortalecido y vencedor frente a la pandemia. Si sale debilitado, perderá las elecciones humillado por su insolencia. Si renunciara temporalmente en sus funciones, las asumiría el vicepresidente Pence. Si también se contagia Biden, los partidos tendrían que acordar una nueva candidatura. Si el Ejecutivo viera incapacitados a sus dos representantes, el Congreso lo relevaría temporalmente. Si hubiera un vacío de poder durante los plazos electorales, las instituciones asumirían el control.  

Más de 200.000 norteamericanos víctimas del coronavirus, la mayoría con derecho a votar en las elecciones del próximo 3 de noviembre, no podrán hacerlo. Sea cual sea el desenlace de la enfermedad del presidente de Estados Unidos, Dios quiera que sea feliz, la democracia americana no va de Donald Trump. Es un ejercicio institucional para garantizar las libertades y los derechos de los ciudadanos a partir de unas leyes basadas en una experiencia compartida que recuerda al mundo cada cuatro años, al menos, que los ciudadanos somos libres e iguales ante la ley, a pesar de que los dioses en los meses de octubre, bisiestos y electorales, se empeñan en hacernos creer que tal convencimiento es producto de una ficción.