Opinión

Expediente a Alemania con advertencia al fondo

Atalayar_Angela Merkel

Existe casi soterradamente una implícita admisión entre la opinión pública europea de que la poderosa Alemania es la indiscutible líder de todo lo que acontece en la Unión Europea, sean las grandes iniciativas y proyectos, sean las que no gozan de popularidad y exigen sacrificios, pero que obligan a que los demás miembros a cumplirlos aunque sea arrastrando los pies. Esa costumbre ha terminado por consagrar la costumbre de que lo que diga o dicte Alemania sea ley, incluso por encima de lo que se pueda acordar en Bruselas, bien en la Comisión Europea bien en el Europarlamento.

No hace tanto, el año pasado mismo, el Tribunal Constitucional alemán dictaminó que un programa de compra de bonos de 2015 por parte del Banco Central Europeo no estaba en consonancia con las leyes alemanas. La Comisión Europea, entonces presidida por un luxemburgués y ahora por una alemana, considera que aquella decisión del TC germano provocó un riesgo grave para el orden legal de la Unión Europea, de manera que le ha abierto el expediente correspondiente, y en el que exige a Alemania que responda en el plazo de dos meses.

La envergadura del problema la definía en la cadena paneuropea de información Euronews el profesor de la Universidad de Lovaina, Geert van Calster: “De lo que se acusa a los tribunales alemanes es de poner la ley alemana por encima de la ley de la UE. Y ese es un problema central en toda la configuración del régimen legal de la UE, que se basa en el entendimiento de que la legislación de la UE pasa por encima de cualquier legislación nacional, incluyendo por supuesto el derecho constitucional nacional”. 

En efecto, todos los cimientos de la UE temblaron cuando se apuntó a la posibilidad de que el alto tribunal germano, asentado en Karlsruhe, tuviera la última palabra en la última decisión comunitaria, que abría por fin la vía al endeudamiento de la UE para armar su gigantesco programa de rescate e inversiones, sin el cual era más que previsible que la mejor aventura de integración política europea de la historia tuviera los días contados. No hay que olvidar tampoco que entre las reivindicaciones prioritarias del Reino Unido para salirse de la UE, la principal por su calado era la recuperación de su soberanía jurídica, para no tener que atenerse al Derecho Europeo.

En consecuencia, lo que se ventila ahora a propósito de este expediente abierto a la primera potencia europea es nada más y nada menos que la consagración definitiva de la primacía del derecho comunitario y de las resoluciones judiciales del Tribunal de la Unión Europea por encima de cualquier legislación nacional. Y que sea Alemania el objetivo del expediente de infracción demuestra la envergadura del envite.

Pero, en el fondo hay otros destinatarios implícitos: Polonia y Hungría en primer término, demasiado proclives a la tentación de imponer sus legislaciones nacionales por encima de la de la UE, especialmente en casos que tocan el nervio de la construcción europea, tales como la libertad de expresión y circulación o la independencia de un poder tan esencial en la arquitectura de los Estados como es el poder judicial.

En el seno de la propia Comisión, así como en el Europarlamento, se considera que es fundamental atajar de raíz las veleidades “nacionalistas” so capa de “seguir una hoja de ruta propia”, que al final terminarían en multitud de excepciones, cuya consecuencia no sería otra que el debilitamiento del edificio comunitario, la casa de todos.

No pocos expertos de Bruselas señalan a los antiguos países que fueron satélites de la Unión Soviética como los “alumnos más difíciles” en el aprendizaje de todos los engranajes de la democracia que rige en la Unión Europea. Pero, al mismo tiempo, también denuncian cómo otros miembros históricos de la misma participan de la misma tentación nacionalista, en la creencia en su propia superioridad histórica y moral. Una pulsión, en cuya virtud Europa padeció tantas tragedias y vertió tanta sangre a lo largo de su historia. Una trágica y multisecular experiencia que para impedir su repetición hizo realidad la Unión Europea.