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Opinión

Final de la Champions: podría haber sido peor

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Ahora que la temporada futbolística llega a su fin, expertos y aficionados evalúan cómo ha ido la temporada y predicen qué pasará la próxima temporada . A todo esto, se le podría sumar una reflexión seria y sin prejuicios sobre lo ocurrido en la final de la Liga de Campeones de este año, celebrada en París a finales de mayo. Reflexión seria porque la evidente descoordinación y controvertido uso de la fuerza por parte de la Policía francesa podría haber desencadenado una tragedia ya sea por la muerte de un aficionado por intoxicación por gases o un atentado terrorista. La posibilidad de que ocurriese un atentado terrorista no es alarmista si tenemos en cuenta que fue en las cercanías del mismo estadio donde se jugó la final de Champions donde tres terroristas suicidas se inmolaron durante los atentados de París de noviembre del 2015. Por último, la discusión ha de hacerse sin prejuicios, no como se ha visto en la prensa, que culpa de lo ocurrido al hecho de que el Stade France se sitúa en Saint Denis, célebre banlieue parisina con la triste reputación de ser una de las más pobres e inseguras de Francia. Por la misma lógica podríamos argumentar que los estadios de equipos como el FC Saint Pauli de Hamburgo y el Rayo Vallecano de Madrid –arraigados en barrios de rentas bajas- son inseguros por los mismos patrones que se aplican a Saint Denis.

Considerar los fallos que ocurrieron en la final nos servirá para ver qué se puede mejorar de cara a futuros eventos deportivos del mismo nivel, especialmente si tenemos en cuenta que a finales de este año tendrá lugar el Mundial de futbol en Qatar, y que Francia albergará el año que viene la Copa del Mundo de rugby y en 2024 los Juegos Olímpicos. Estos tres eventos con total seguridad atraerán la atención de grupos terroristas, conscientes de la repercusión que tendrían sus acciones durante el desarrollo de los eventos.

Es comprensible el hecho de que la final de Champions le cayera a Francia de golpe, ya que en un principio se iba a celebrar en San Petersburgo, Rusia. Tres meses complican los planes de seguridad de las fuerzas policiales francesas, más aún si tenemos en cuenta que Francia está en año electoral, con el consiguiente gasto en personal y recursos fuera del evento deportivo. Sin embargo, también se podría argumentar que un país con una conciencia de la seguridad tan elevada como Francia, podría haber entendido que la final de Champions es un evento global que ha de salir a la perfección, preparando para tal fin una estructura de seguridad que garantizase el bienestar de los aficionados de ambos equipos, controlase la veracidad de las entradas vendidas y utilizase el mínimo de fuerza salvo en casos extremos. Esto no ocurrió: los aficionados de ambos equipos fueron víctimas tanto de la rudeza de la Policía como de los carteristas, que aprovecharon la ocasión para robar a los aficionados y por último fallaron los controles para garantizar que las entradas vendidas a los aficionados ingleses fueran verdaderas. Todo esto no sólo dañó a los aficionados de ambos equipos, sino también -y quizás peor- a la reputación de Francia como país capacitado para acoger grandes eventos deportivos con solvencia. El uso excesivo de fuerza por parte de la Policía francesa, el caos en dejar entrar a los aficionados ingleses y la sensación de inseguridad que rodeó a los hinchas levantan serias dudas sobre si Francia será capaz de acoger los eventos de 2023 y 2024, ambos importantes y con gran número de público atendiéndolos.

La amenaza terrorista, aunque no tan virulenta en Europa como en los años 2015-2017, sigue estando presente y podría haberse puesto de manifiesto durante la celebración de la final. Si bien el Estado Islámico no es la amenaza que supuso a mediados de la década pasada, aún sigue presente, especialmente en las redes sociales. Individuos radicalizados por su propaganda muy probablemente podrían haber aprovechado el caos de la final para cometer un atentado, ya fuera camuflándose como aficionado de los equipos que jugaban o como carterista. Si hubiese ocurrido un atentado, con total certeza el partido se hubiera cancelado, además de la sensación de caos y pánico que se apoderaría de los aficionados que podrían haber resultado en estampidas con consecuencias trágicas. Afortunadamente no hubo atentados, pero la posibilidad de que hubiera pasado nos recuerda que es una amenaza que sigue presente.

También hubo fallos en la coordinación de información y seguridad entre países y organismos. El Reino Unido debería de haber informado a Francia y a la UEFA si sabía que los aficionados del Liverpool habían comprado entradas falsas, dando así tiempo para prevenir que muchos aficionados dificultaran la entrada al estadio. Que no se hiciera revela la mala relación que existe entre Francia y Gran Bretaña a raíz del Brexit, pero no es excusa para impedir la cooperación en este asunto, donde la seguridad de tus ciudadanos en un país extranjero está en riesgo, un deber que cualquier país debería aceptar. El caos para dejar entrar a los aficionados ingleses y el uso de la fuerza por parte de la Policía francesa revela fallos en coordinación entre la UEFA y las autoridades galas demarcando qué zonas son competencia exclusiva de la UEFA y cuáles de la Policía francesa y un protocolo conjunto sobre cuándo usar la fuerza. Este último punto es relevante ya que, aunque se viva mucha tensión como policía en un evento tan volátil como una final de fútbol, no es justificable la contundencia con la que se comportó la Policía francesa. El uso excesivo de la fuerza es un síntoma de debilidad respecto a la capacidad de gestionar situaciones de alta tensión, abriendo dudas sobre su capacidad para gestionar eventos de este o más nivel con organismos internacionales.

En conclusión, la final de la Champions League del mes pasado en París reveló fallos en la organización del dispositivo de seguridad que muy probablemente podrían haber sido explotados para cometer un atentado terrorista. Aunque Francia tuvo tres meses para preparar una final que en un principio no iba a celebrarse en su territorio, se podría haber puesto en marcha un borrador sobre el despliegue policial para tal evento que previera el bienestar de los aficionados, controlase que las entradas eran verídicas y asegurase el mínimo uso de la fuerza. No fue el caso, dejando serias dudas sobre la capacidad de Francia para organizar la Copa del Mundo de Rugby del 2023 y los Juegos Olímpicos del 2024. Los fallos podrían haber sido explotados por el Estado Islámico para cometer un atentado, porque, aunque no sea el monstruo que fue aún sigue representando una amenaza para Occidente. Finalmente, la falta de coordinación en información y cooperación entre organismos, debida tanto a malas relaciones bilaterales como a falta de previsión contribuyó al caos, poniendo en duda la capacidad de Francia de organizar actos similares en el futuro.