Opinión

Fracasa la formación de nuevo Gobierno en Líbano

Emmanuel Macron, presidente de Francia, y Michel Aoun, presidente de Líbano

Los esfuerzos realizados por el presidente francés, Emmanuel Macron, en su visita a Beirut para intentar la formación de un nuevo Gobierno en Líbano han fracasado, apenas tres semanas después de intentarlo. Todos los partidos políticos se habían comprometido a constituir un gabinete de técnicos independientes para sustituir al que dimitió tras la explosión en el puerto de Beirut el día 4 de agosto pasado que dejó un trágico balance de 190 muertos y 6.000 heridos.

El encargado de formar el Gobierno, Mustapha Adib, presentó la renuncia al encargo después de comprobar que no había manera de ponerse de acuerdo en el reparto de las carteras. Los enfrentamientos religiosos, que tradicionalmente han venido siguiendo el reparto establecido en la Constitución, son la primera causa de la ruptura de las negociaciones. Los representantes de Hizbulá y Amal fueron los desencadenantes de la nueva crisis, con sus exigencias.

El Gobierno francés no ha ocultado su disgusto y enfado ante el incumplimiento de una promesa hecha ante el presidente. Llamadas de Macron a última hora no consiguieron que los dos partidos chiíes se avinieran a las razones que imponen urgencia a la solución de la crisis. Mientras no haya Gobierno constituido, las ayudas externas para la reconstrucción de los daños causados y el restablecimiento de la normalidad no pueden avanzar, sostienen los expertos.

El presidente de la República libanesa, Michel Aoun, un cristiano maronita, y el presidente del Parlamento, un musulmán de Amal, Nabh Beri, tampoco parecen haber estado acertados en la mediación. Mientras tanto, el país, que durante mucho tiempo fue una democracia ejemplar en medio de dictaduras, se desangra en la pobreza y la violencia callejera. La catástrofe ha dejado un rastro de miseria y conflictos que se agrava por momentos ante la ausencia de un Gobierno con suficiente respaldo político para afrontar la situación.

Los dos partidos chiíes que frustraron el acuerdo se habían encastillado exigiendo las carteras económicas, lo cual es interpretado como un intento por controlar el poder. Los analistas opinan que sería un error enorme que estos dos partidos, estigmatizados por su tradición terrorista, fuesen los que administren las arcas del Estado y los que llevasen el peso de las negociaciones internacionales recabando las ayudas esperadas.