Opinión

Ganarán Trump y el populismo, perderá la democracia

Donald Trump, presidente de Estados Unidos

Aunque toda la humanidad se vea concernida y afectada por lo que haga y disponga el presidente de Estados Unidos, solo quienes poseen la ciudadanía americana participarán de su elección el próximo mes de noviembre. Donald Trump y sus huestes dicen estar convencidos de que el intento de destituirle aumentará su popularidad y le dará alas para lograr permanecer otros cuatro años en la Casa Blanca. 

Entre las muchas virtudes envidiables del sistema político norteamericano, la principal es, sin duda, el acendrado apego colectivo a la democracia, resumido en un escrupuloso respeto al equilibrio de poderes y a la asunción individual de responsabilidades por todo aquel dirigente, sea cual sea su nivel, que abuse de su poder o simplemente meta la pata.  

Donald Trump es el tercer presidente en la historia -hubiera sido el cuarto si Richard Nixon no hubiese dimitido antes de que se iniciara el suyo-, que se enfrenta a un proceso de destitución (impeachment), acusado precisamente de abuso de poder y de obstrucción a los trabajos de investigación del Congreso. Son dos acusaciones muy graves, basadas a juicio de la mayoría demócrata de la Cámara de Representantes, en “hechos incontestables”. Estos serían las presiones ejercidas sobre un país extranjero, Ucrania, para supuestamente lograr el beneficio político de aniquilar la reputación del que se presume sería su rival demócrata en las próximas elecciones presidenciales, Joe Biden. 

Nancy Pelosi, la presidenta de la Cámara de Representantes, resistió durante meses las presiones del ala más radical de su Partido Demócrata para iniciar ese proceso contra el presidente Trump, hasta que las evidencias fueron tan abrumadoras que no le quedó otro remedio que ponerlo en marcha. Saliendo, además, al paso de las acusaciones del Partido Republicano de hacerlo por “manía persecutoria” y “odio” al presidente, Nancy Pelosi opuso el argumento clave en el que se encierra la esencia de la Constitución americana: “Si permitimos que el presidente esté por encima de la ley, entonces seguramente pondremos en peligro nuestra República”. 

Si la Cámara de Representantes es soberana para poner en marcha o rechazar el ‘impeachment’, es el Senado quien opera como juez sentenciador, que solo condenará al presidente si alcanza una mayoría de dos tercios, o sea al menos 67 de los 100 senadores de la Cámara Alta. Puede darse, pues, por seguro que los actuales 47 senadores demócratas no lograrán convencer a los 20 senadores republicanos que les harían falta para lograr la destitución del presidente. El Partido que le arropa está haciendo gala de una solidez inquebrantable en su apoyo, minimizando y ridiculizando hasta las más ostensibles evidencias presentadas por los numerosos testigos que ya han comparecido. En este proceso se está comprobando que “los nuestros”, o por mejor decir, el líder máximo, merecerá siempre el apoyo indestructible del partido, aunque haya delinquido.  

En pocos días comenzarán los ‘caucus’ y las elecciones primarias, un largo año de campaña electoral ininterrumpida hasta llegar a los comicios, que se celebrarán “el primer martes después del primer domingo de noviembre”. 

Así, pues, el desenlace del ‘impeachment’, que la Casa Blanca quiere se produzca con la mayor rapidez, previsiblemente este mismo mes de enero, será no solo una victoria de Trump y una derrota de los demócratas, sino también un nuevo salvoconducto a los nuevos modos autoritarios populistas, que la máxima magistratura de Estados Unidos proyecta desde 2016. Su labor de demolición del orden establecido no ha cejado prácticamente desde que se instalara en el Despacho Oval. 

Como todo populista, Trump prefiere el contacto directo con el “pueblo”, en su caso con un desaforado uso de Twitter, a vérselas con las preguntas incómodas de los medios de comunicación en ruedas de prensa abiertas. Prefiere una diplomacia paralela de hecho, encabezada por su hija y por su yerno, a la profesional de una Secretaría de Estado, que ha quedado notablemente disminuida a lo largo de estos tres años de Trump. Abomina de instituciones internacionales multilaterales, como la Organización Mundial del Comercio, o la UNESCO, prefiriendo los modos y formas de la ley de la selva, o sea del más fuerte, donde a los pequeños no les quepa más suerte que la de ser devorados. 

Lo que queda de la vieja diplomacia norteamericana enarbola aún el que quizá sea el mejor exponente de que Estados Unidos es el paradigma de la democracia: ser prácticamente el único país del mundo que nunca ha sufrido un golpe de Estado. Solo cabe desear que siga siendo así, y se disipen las dudas de que tal experiencia pueda ocurrir a no tardar mucho, aunque sea con ropajes y sutilidades muy distintos a la brutalidad de los espadones clásicos.