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Opinión

Geopolítica de la mascarilla

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Sars Cov 2 o Covid-19 es, por su poder de propagación, la epidemia del siglo XXI. Ha confinado a cerca de 7.9 mil millones de habitantes del planeta, infectado a más de 280 millones de personas y matado a más 5 millones. Una pandemia, declarada como tal por la OMS el 11 de marzo de 2021, que ha disparado los bulos como nunca y dividido el mundo en dos, entre los que creen y los incrédulos, entre los pro vacuna y los anti vacuna. Y el debate, a nivel mundial, sigue en pie entre políticos, científicos y la propia sociedad civil que no se explica ni la mala gestión ni las contradicciones de unos y de otros.

A pesar de ello, el elemento clave que había puesto en peligro el Orden Mundial fue la “mascarilla”, la cual ha desenmascarado el egoísmo y la fragilidad de las Relaciones Internacionales que marcarán un antes y un después en el mundo con consecuencias a nivel político, económico y social.

A principios de febrero de 2020 y mientras los contagios se propagaban desde Wuhan por toda China, el resto del mundo estaba expectante. Los gobiernos parecían bloqueados y se limitaban a decir que “esto nos pilla lejos” mientras las mascarillas se agotaban en las farmacias, al tiempo que los aeropuertos seguían abiertos, de par en par, recibiendo pasajeros con toda normalidad. Sin embargo, con la detección de los primeros casos en Europa y en el Magreb, a mediados de febrero de 2020, y ante la avalancha humana en busca de las ya agotadas mascarillas se nos dijo “de nada sirven”, que bastaba con “lavarse las manos” y mantener una “distancia de metro y medio”. Unas afirmaciones que fueron unánimemente repetidas por los ministros de Sanidad y presidentes de gobierno a lo largo y ancho del planeta, mientras EEUU, Reino Unido y Brasil oficializaban el negacionismo.

La actitud de unos y de otros ha supuesto el inicio de la improvisación y del desastre monumental que nunca habríamos imaginado. Hemos pasado del “no a la mascarilla” a la mascarilla obligatoria bajo amenaza de multa, de la libre circulación de personas al Lockdown y al cierre de fronteras. La mala gestión en el seno de la UE, región dotada de sistemas sanitarios “solventes”, se había visto sobrepasada por los hechos, a excepción de Alemania. En España, por citar un ejemplo, el caos se produjo en los hospitales por falta de equipamientos de protección para sanitarios y en las Residencias donde ni el Gobierno de Sánchez, con el Sr Iglesias al frente de Asuntos Sociales, ni el de Ayuso han conseguido evitar tanta desgracia a la que hemos asistido impotentes desde nuestras casas en una población tan vulnerable como los ancianos y las ancianas.

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En esta coyuntura, China se había convertido en foco de propagación del virus y centro de distribución de mascarillas a nivel mundial. Ni EEUU ni ningún país europeo disponía de capacidad productiva para fabricarlas. Todos fueron a buscarlas a China originando un bochornoso zafarrancho de combate por tierra, aire y mar. “Todos contra todos” o “Sálvese quien pueda” hubieran sido dos títulos de una película basada en hechos reales. EEUU desviaba, en puertos y aeropuertos chinos, aviones cargados de mascarillas con destino a Europa, Canadá o Brasil pagando hasta cuatro veces su precio. Francia incautaba a su vez material médico de países como España o Italia. El 3 de marzo de 2021, Macron aprobaba un decreto por el que autorizaba al gobierno a incautarse del stock de material clave contra el coronavirus. El mercado de las mascarillas se había convertido en la ley de la selva y el edificio de la geopolítica mundial se venía abajo por momentos, revelando así la fragilidad de las alianzas entre países “amigos” y dejando al descubierto la máxima de las naciones que se mueven por el interés propio. Todo ello por unas mascarillas de las que “todos” habían renegado con burdos argumentos.

En el Magreb, Argelia arrastraba una crisis política y socio-económica preocupante que se había agravado con el Covid-19. País dependiente de los hidrocarburos y cuya caída de precios, durante la pandemia, le sumió en la ruina total. Colas interminables para proveerse de granos, aceite, leche (en polvo) e incluso de agua potable y de oxígeno para los hospitales. El Hirak que consiguió echar a Bouteflika, en 2019, ha sido de nuevo engañado por los militares tras colocar a Tebboune en unas elecciones boicoteadas por las fuerzas políticas en medio del caos sanitario.
 
Por otro lado, la crisis económica y monetaria de Túnez se había visto igualmente agravada por el Covid empeorando la situación de los tunecinos. Además, desde que el presidente, Kais Saied, decidiera suspender el Parlamento y destituir al primer ministro no se ha vuelto a vislumbrar todavía una solución, aunque la propuesta de elecciones para finales de 2022 podría suponer más bien el inicio de una inestabilidad anunciada si se aprobara una Constitución de corte presidencialista. En Libia, a pesar de la profunda crisis política, los Acuerdos de Skhirat impulsados por Marruecos y auspiciados por la ONU, han logrado unificar los dos parlamentos dando lugar a las frustradas elecciones que estaban previstas para este 24 de diciembre pasado y que suponían un haz de esperanza para una población deseosa de volver a la normalidad y de expulsar a las legiones extranjeras que se disputan la hegemonía en su suelo.

Por último, el Reino de Marruecos seguía destacando por encima de sus vecinos por sus logros geopolíticos y geoeconómicos antes y durante la pandemia. Cabe señalar el reconocimiento de la soberanía marroquí sobre sus Provincias del Sur por parte de los EEUU, Colombia, países del Golfo y toda la Liga Árabe a excepción de Argelia, así como por el Consejo de Seguridad de la ONU que ha reafirmado, por Resolución 2602 del mes de octubre de 2021, la Autonomía bajo soberanía marroquí de sus provincias sureñas. Cabe destacar la firma de los Acuerdos Abraham que han permitido el restablecimiento de unas relaciones idílicas con Israel. Además, Marruecos había brillado en su gestión del Covid-19 con estrictas medidas, así como en la fabricación y exportación de las deseadas mascarillas y demás material médico. Como leader regional y continental, ha vuelto a demostrar su Soft Power asistiendo a los países del Magreb, salvo Argelia que se había negado a ello sumiendo su población en un caos. También asistió al Líbano y a Palestina. En África, donde la solidaridad de Occidente había brillado por su ausencia enviando, tarde y mal, vacunas caducas que acabaron en el basurero, el Reino de Marruecos fletaba aviones de ayuda médica a una quincena de países como Senegal, Níger, Chad, Burkina Faso, las dos Guineas y los dos Congos, Tanzania, Camerún, Malawi, Zambia y Eswatini, entre otros.

El Covid-19 trastocó igualmente la economía causando estragos por la falta de semiconductores, amenazando la deseada recuperación y destruyendo miles de puestos de trabajo por todo el planeta. Los principales productores de estos circuitos, Taiwán y Corea del Sur, habían aumentado la producción durante el confinamiento para atender la enorme demanda resultante del teletrabajo. Hoy, la producción está bloqueada generando desabastecimiento y parálisis en el sector automovilístico y de telecomunicaciones. Un motivo más para que China (la más afectada) y EEUU sigan con las espadas en alto en torno al pacífico. Una situación que se ha agravado con la firma del acuerdo militar AUKUS entre EEUU, Reino Unido y Australia con el objeto de defender sus intereses en el Indo-Pacífico.

En medio del caos pandémico, muchos gobiernos se habían enfrentado a demandas judiciales contra las medidas que la sociedad civil consideraba desmesuradas. Unas fueron aceptadas, otras derogadas total o parcialmente y muchas otras denegadas exculpando a los gobiernos en base a “lo desconocido”. Un virus nuevo del que los virólogos tenían poca o ninguna información. No obstante, no se les puede exculpar por faltar a la verdad negando la utilidad de las mascarillas sólo porque no podían proveerlas a sus ciudadanos en un momento crucial. Una actitud contraproducente que generó desconfianza en la sociedad exacerbando el negacionismo y todo tipo de teorías de la conspiración.

Las mascarillas, un artefacto tan simple que la ciudadanía del mundo entero se había propuesto fabricar ingeniosamente, habían conseguido poner al descubierto el interés electoral y partidista de los políticos, así como la fragilidad del Orden Mundial.

Hoy, la explosión de contagios en esta sexta ola que acecha Europa y el mundo por la nueva variante Ómicron de propagación rápida, en plenas navidades y en el inicio del nuevo año 2022, no es más que la segunda parte de una mala gestión de una pandemia que sigue requiriendo de la mascarilla, además de la vacuna. Una gestión que podría ser determinante en el cambio de signo de muchos gobiernos en cuanto se abran las urnas en Portugal, Francia e Italia (2022) o en España (2023).