Opinión

Grupos terroristas en el Sahel, amenazas a la seguridad

Grupos terroristas en el Sahel, amenazas a la seguridad

El Sahel 
Hablar sobre grupos terroristas, en el caso que nos ocupa sobre aquellos que operan en el Sahel, y referirse a ellos como “amenaza para la seguridad” como reza el título de esta breve exposición es una obviedad. Pero lo cierto es que a veces se tiene la sensación de que no resulta tan obvio o que como mínimo no se le presta la debida atención a un fenómeno que aunque nos parezca que nos queda muy lejos, tiene un gran impacto en nuestra sociedad. Y este puede ser mucho mayor, especialmente para España, si no se enfrenta y tiempo y modo adecuado.
Un primer concepto que considero habría que aclarar es el que hace referencia al Sahel.
Lo más importante es aclarar que no es una zona geográfica de límites definidos. Podemos definirla como un  área eco-climática de límites variables que representa el borde meridional del Sahara y el área de transición entre el desierto y la zona tropical húmeda africana. De este modo abarcaría Senegal, Mauritania, Malí, Burkina Faso, Niger y Chad: una franja que va desde el Océano Atlántico, hasta el Mar Rojo. 
Sin embargo esa “variabilidad” nos lleva a profundizar un poco más y en un documento del Real Instituto Elcano, publicado por Angel Losada Fernandez con el título “El Sahel. Un enfoque Geoestratégico”, encontramos una aproximación al concepto desde tres puntos de vista muy completa y muy sencilla al mismo tiempo.
El Sahel es una realidad multiforme que incluye como mínimo tres acepciones.
Sahel significa borde o costa en árabe. Este término ya nos da una pista acerca de una realidad geográfica y ecológica, que constituye la primera acepción del término. Desde este punto de vista, el Sahel sería una franja de un 5.000 km de largo que se extendería desde Océano Atlántico hasta el Mar Rojo. Al norte, el límite lo marcaría la isoyeta1 que corresponde a 100 o 150 mm por año –por debajo de este umbral comenzaría el desierto–Como frontera meridional los expertos señalan la isoyeta 500 o 600, a partir de la cual se extiende el bosque tropical.
Estos límites carecen de sentido cultural, histórico o económico. Incluyen en torno a 12 países con realidades muy diferentes, como Etiopía, Sudán del Sur y Senegal. 
La segunda acepción se referirá a lo que el documento denomina Sahel institucional, que incluye a los países agrupados en una nueva institución, la organización internacional G5 Sahel creada en 2014. Se trata de Mauritania, Mali, Níger, Burkina Faso y Chad.
La ventaja de usar ésta radica en que agrupa a países con características históricas, económicas, culturales y sociales comunes que han tomado la decisión de agruparse para afrontar los desafíos que comparten en el ámbito de la seguridad y el desarrollo. Desde el punto de vista histórico, estas áreas formaron parte de los grandes imperios sahelianos basados en el comercio transahariano. Posteriormente fueron colonizados por Francia, que dejó un legado político común y por supuesto  una amplia implantación del empleo del idioma francés. Este legado convive con el papel fundamental del islam como religión mayoritaria en toda la región.
Estos países hacen frente además a retos comunes derivados de la inmensidad de sus territorios –en su conjunto, tienen una superficie 10 veces superior a la española–. Ello plantea desafíos ligados a la presencia y consolidación del Estado, exacerbados por una gran debilidad desde el punto de vista económico y la gobernanza.
Pero no se puede obviar la existencia de otros Estados parcialmente sahelianos desde el punto de vista geográfico, como Senegal, Argelia y Nigeria, que, pese a su distinta experiencia histórica y situación actual, influyen de forma determinante en la evolución de los acontecimientos del Sahel. Por ello cabe hablar de una tercera acepción geopolítica del Sahel, que abarcaría a estos actores junto con las organizaciones internacionales regionales como el propio G5 Sahel.
Luego la primera conclusión es que lo que consideramos como países del norte de África no todos forman parte del Sahel o incluso solo parte del territorio del alguno tiene cabida dentro de este concepto. Sin embargo, todo lo que sucede en el Sahel les afecta directamente y, en muchos casos, su estabilidad depende de ello. Y como en un castillo de naipes, esa estabilidad sustenta a la nuestra.
De todo lo expuesto anteriormente es fácil concluir por qué el fenómeno terrorista en el Sahel es de tanta importancia para nosotros. Y cuando hablo de nosotros me refiero a no sólo a España, sino a Europa en general.

Necesidad de combatir el terrorismo en el Sahel
Terrorismo en el Sahel 
Hablar de terrorismo, y más concretamente de grupos terroristas en el Sahel es más que complejo.
La complejidad no sólo viene dada por el gran número de grupos, bandas, organizaciones y grupúsculos que operan en la zona, sino porque las mismas características geográficas, la situación geoestratégica, los intereses económicos, la motivación y la difuminación del fenómeno con el crimen organizado hacen muy difícil dibujar un mapa concreto y estable de la situación, entidad y ubicación de los grupos que operan en la zona.
No obstante todo lo anterior, y para tratar de hacer una radiografía comprensible del fenómeno, podemos hacer una aproximación amplia y poco a poco ir cerrando el zoom sobre algunos grupos o aspectos concretos y sobre los puntos en común.
Los grupos que actúan en el Sahel lo hacen bajo el paraguas o amparo de dos organizaciones más que conocidas, Al Qaeda (cuya denominación en la zona es AQMI – Al Qaeda en el Magreb Islámico), y el DAESH (que es la denominación oficial que da OTAN al mal llamado Estado Islámico o ISIS).
La realidad nos muestra que según la preponderancia o repercusión mundial de las acciones de ambas organizaciones, los grupos que operan en el Sahel (al igual que ha sucedido en otras partes del mundo), han ido cambiando su lealtad o afiliación entre una y otra.
Este dato es importante, pues esa afiliación se produce por dos motivos principales. El primero es el apoyo técnico y financiero. El prestar lealtad a una organización o entidad superior les proporciona la posibilidad de mover a su personal hacia zonas de conflicto como Siria o Irak donde obtienen experiencia en combate y se adiestran en el uso de sistemas de armas, transmisiones y explosivos. Y al mismo tiempo, ese apoyo que prestan a la causa común se traduce en el acceso a apoyo financiero y material para poder continuar la actividad en su zona de origen.
El segundo motivo es la captación de nuevos miembros. Cuanta mayor notoriedad tiene la organización a la que se han “afiliado” más opciones hay de captar nuevos adeptos que nutran sus filas. Es una mera operación de marketing si queremos llamarlo así.
Lo que sucede en el Sahel concretamente es que se ha convertido en el campo de enfrentamiento entre esas dos “franquicias” del terror que son Al Qaeda y el Daesh. Este fenómeno comenzó hace algunos años, pero el desmoronamiento del Daesh, o mejor dicho, la pérdida de control efectivo sobre un territorio al que puedan llamar y considerar califato ha acentuado o recrudecido esta competencia.
Los factores que propician que ésta situación en el Sahel son varios:
Geográficamente es la zona de expansión natural del Daesh. Aún mientras controlaban parte del territorio de Siria e Irak ya comenzaron los movimientos de expansión hacia el oeste, pero ahora esa expansión se ha convertido en una necesidad. Y algo que es muy preocupante, no sólo se está produciendo hacia el Sahel, sino que ya se han detectado movimientos y acciones tendentes a su implantación en centro África.
Las condiciones socioeconómicas de la región son el perfecto caldo de cultivo para el arraigo de grupos de este estilo, y son las que han favorecido el que ya hubiera grupos operando en ella. La tentación de unirse a un proyecto mayor es más que sugerente.
Es además una enorme cantera de nuevos miembros, siendo este uno de los principales motivos de la pugna de ambas organizaciones por hacerse con el control de los grupos preexistentes y de la zona propiamente dicha.
Y por último, es la zona del planeta por la que transcurren más rutas de tráfico ilegal de todo tipo. Enormes extensiones de terreno que los Estados no pueden controlar, fronteras totalmente porosas facilitan ese tránsito. Y eso no es más que sinónimo de ingresos económicos, por lo que el control de la zona y por ende de las rutas, proporcionará a quien lo logre, ingentes cantidades con las que sustentar y continuar su lucha.
Y es aquí donde encontramos una de las paradojas del problema. La mezcla o difuminación entre grupos terroristas y bandas de crimen organizado. Bandas que traspasan las barreras de lo permitido por el Islám al traficar con drogas o con seres humanos pero que actúan bajo el nombre de la yihad en el convencimiento de que esas transgresiones están justificadas si son por el bien de la propia yihad y la consecución del Califato.
La yihad es el paraguas que lo cubre todo. El Califato global el objetivo que lo justifica todo, pero lo realmente complicado es distinguir quien actúa bajo ese convencimiento puro y quien se sirve del mismo para continuar con su modo de vida y obtener simple y llanamente beneficio económico.
Sea como sea, el escenario actual es de pugna entre ambas organizaciones. A pesar de que  las dos tienen un objetivo común, la implantación del califato global,  hay diferencias sustanciales entre la forma que tienen una y otra de buscar la consecución del mismo y sobre cómo llevar a cabo la lucha armada. Este escenario actual representa un grave riesgo por cuanto la lucha está centrada principalmente en lograr afiliaciones. Y para ello no hay nada mejor que la publicidad que dan sus acciones.
Ello puede llevar a entrar en una espiral de violencia que tenga como centro objetivos europeos bien en la propia Europa o bien en África.
Pero el otro escenario, y del que ha habido ya algunos intentos a pequeña escala, es el de pasar de ese enfrentamiento a una colaboración que tal vez pudiera derivar en una total unión de criterios y fuerzas. En ese caso estaríamos frente a un riesgo aún mayor y no por la amenaza de ataques a intereses europeos. Sino por la amenaza que podría llegar a suponer para la estabilidad de los países de la región. 
La seguridad de Europa, y muy especialmente la de España, reside en la estabilidad de los países del Norte de África, y la repetición de lo sucedido en Siria e Irak con una organización yihadista controlando un vasto territorio, acuñando su propia moneda, y con capacidad para llevar a cabo operaciones a gran escala, pero en el Sahel, es a día de hoy el escenario más peligroso al que podemos enfrentarnos. Es por ello que todas las acciones dirigidas a acabar con esos grupos y a fortalecer los mecanismos de seguridad de los países implicados son más que necesarias imprescindibles. El fenómeno está ahí y la pugna ya ha comenzado. Pero sin olvidar que las acciones militares, ya sean de actuación directa como la operación Barkhane de Francia en Mali o de formación y preparación como la operación  EUTM en la que participan varios países de la UE incluida España, son sólo una parte de la solución del problema.
Como se viene diciendo, la solución pasa necesariamente por la ejecución acciones militares, pero no puede ser sólo militar. Atacar a la raíz del problema es algo mucho más complejo.