Opinión

Hay que ayudar a Túnez

Túnez

Que la geografía tiene un fuerte impacto en la política es una obviedad y algunos países tienen más suerte que otros. En ciertos casos la historia se alía con la geografía para colocar a países pequeños entre dos grandes como le pasa a Uruguay, entre Argentina y Brasil, o a Túnez entre Argelia y Libia, que encima son países que tienen problemas serios, por decirlo con amabilidad. Cuando esto sucede el país pequeño tiene dificultades en evitar que le alcancen las sacudidas que afectan a sus vecinos mayores y eso le pasa también a Túnez.

Túnez fue la cuna de la Primavera Árabe cuando en diciembre de 2010 una mujer policía requisó el carrito de venta ambulante de Mohamed Bouazizi y además le dio una bofetada. ¡Un árabe abofeteado en público por una mujer! Bouazizi, humillado y desesperado, se incineró a lo bonzo y su muerte desató protestas de tal magnitud que se llevaron por delante el régimen dictatorial y corrupto de Ben Ali, que huyó a Arabia Saudí donde falleció años más tarde, mientras la revuelta se extendía a todo el mundo árabe, derribaba a Gadafi y a Mubarak, desembocaba en guerras en Yemen y Siria, en revueltas en Líbano y Bahréin, y los más listos de la clase como Mohamed VI de Marruecos y Abdullah de Jordania hacían cambios cosméticos para seguir. Argelia se salvó porque todavía estaba viva la guerra civil que ensangrentó el país durante diez años y dejó 200.000 muertos. La mecha de Túnez incendió un mundo árabe ansioso de libertad y de dignidad en lo que se llamó la Primavera Árabe, que hoy se ha convertido en mustio otoño porque en pueblos sin tradición democrática esos anhelos fueron arrebatados por las únicas realidades existentes: la tribal y la religiosa de los Hermanos Musulmanes.

Túnez fue un caso aparte porque allí la democracia logró asentarse a pesar de las dificultades y de la escasa ayuda que se le dieron desde Europa y EEUU, más allá de palmaditas en la espalda y bienintencionadas palabras de aliento. También de cierta cooperación en materia de seguridad... porque nos interesa igualmente a nosotros. Luego falta de perspectivas económicas y la vecindad de una Libia en llamas le crearon problemas de terrorismo que afectaron negativamente al turismo, que es la fuente principal de divisas de un país que se ha caracterizado por su tolerancia y apertura desde los tiempos del fundador Burguiba. Y muchos jóvenes llevaron su desesperación e idealismo a engrosar las filas de Daesh o de Al-Qaeda en número desproporcionado con su población. Aun así, Túnez logró elaborar una Constitución democrática, hizo elecciones libres, el partido islamista dio un paso atrás para permitir Gobiernos laicos, y sus organizaciones de derechos humanos recibieron el Premio Nobel de la Paz. Había esperanza.

Ahora, la pandemia de la COVID-19 lo ha hecho todo más difícil por la nueva caída del turismo y de las remesas de los emigrantes y por el aumento del desempleo que hoy alcanza al 16,5% de la población, pero que sube hasta el 36% entre los jóvenes de 15 a 24 años, lo que explica los muchos emigrantes que tratan de alcanzar las costas italianas en busca de la que imaginan que es una vida mejor. La deuda se dispara, la economía se ha contraído un 7% en 2020 y el déficit presupuestario alcanza el 14%. Y en este contexto han estallado nuevas revueltas populares que se han extendido por todo el país a pesar de todo no tienen su origen en las estrecheces económicas, como cabría suponer, sino en otro maltrato policial, esta vez a un simple pastor de Siliana, localidad situada a un centenar de kilómetros de la capital.

El primer ministro Mechichi, un independiente que lidera el tercer Gobierno desde 2019 del presidente Saied, ha dicho que las demandas de los revoltosos son legítimas y merecen ser escuchadas, pero a pesar de eso la represión ha sido dura y por eso crece el temor de que el país se vaya deslizando poco a poco hacia un modelo progresivamente más autoritario, apoyado en gentes que ya han olvidado los excesos y la corrupción de la época de Ben Ali porque por desgracia siguen existiendo hoy y que, por el contrario, echan de menos la estabilidad y la paz que daba el régimen autoritario. Por eso, el Partido Libre Desturiano lidera hoy en las encuestas. Su líder Abir Moussi, antigua partidaria de Ben Ali, predica estabilidad y autoridad y aprovecha en su favor el hecho de que la libertad sin posibilidades económicas y con estómagos vacíos se queda en palabrería hueca. Por eso preocupan los indicios de que Túnez podría comenzar a inclinarse del lado de los regímenes autoritarios tan de moda en el mundo y que llevan años creciendo en detrimento de las democracias. Si de verdad nos importa Túnez, es necesario que desde Europa le ayudemos porque lo merece y porque al hacerlo nos ayudaremos a nosotros mismos ya que la estabilidad del Magreb es esencial para nuestra propia seguridad.

Jorge Dezcallar