Opinión

Iberoamérica vuelve a la agenda prioritaria de Exteriores

José Manuel Albares, ministro de Exteriores de España

Escogió el nuevo jefe de la diplomacia española el Día de Iberoamérica para su primer acto oficial, compareciendo desde Madrid en un debate con sus colegas de Colombia, Costa Rica, Portugal y República Dominicana, moderados todos ellos por la saliente secretaria general iberoamericana, Rebeca Grynspan. 

Quiso José Manuel Albares subrayar el acontecimiento, y que se interpretara como una vuelta del continente iberoamericano como tema prioritario de la agenda de su Ministerio, en el que ha restablecido la Secretaría de Estado para Iberoamérica y el Caribe. Un gesto al que acompaña la promesa de trabajar para conseguir más acceso a las vacunas contra la pandemia del coronavirus y una mayor financiación para la región. 

Con una mirada benevolente habrá que admitir que España da así un primer paso para recomponer una política exterior errática, en la que habrá que trabajar mucho y muy duramente para superar el destrozo que supone el ostensible distanciamiento con Marruecos y Estados Unidos, la evidente falta de peso en el concierto de la Unión Europea, y en la misma línea la pérdida de influencia en el espacio natural de la proyección española que es el continente iberoamericano.

Cierto es que la solidez de la política exterior es el reflejo de la firmeza y cohesión que España pueda mostrar en su propia política interior, y ese escenario no presenta precisamente signos que indiquen fuerza y convicción. Caso insólito, además, es que una política de relaciones exteriores, que por definición ha de ser de Estado, no sea indiscutible entre los principales partidos tanto del Gobierno como de la oposición, y se haya convertido en insólita piedra de confrontación. 

Tiene razón Albares en insistir en que no es rasgo menor autodenominarse Comunidad Iberoamericana, término diplomático que encierra en la realidad los lazos profundos de una familia. Ese rasgo ha sido siempre uno de los pocos ases que España ha podido jugar en el concierto internacional. Cierto es que esa Comunidad atraviesa ahora por uno de los momentos más delicados de su historia. Desde la primera Cumbre Iberoamericana, celebrada en la mexicana Guadalajara el 19 de julio de 1991, la implantación de la democracia con los correspondientes atributos ha sido una preocupación constante, y en cuyo proceso de asentamiento el ejemplo de la pacífica transición española era apreciado como el mejor ejemplo a seguir e imitar. La sistemática revisión y deslegitimación, por parte de los socios  de Pedro Sánchez, de aquel gigantesco paso de la dictadura a la democracia, con los consiguientes periodos más largos de paz y prosperidad de la historia de España, han contribuido desgraciadamente a que muchos países de esa “familia iberoamericana” no lo contemplen positivamente, y se hayan adentrado por la dudosa senda de populismos radicalizados. 

Un plus más allá de los datos económicos

En un mundo dominado de manera creciente por las estadísticas materiales, Iberoamérica tampoco pesa mucho. Los procesos de integración que la harían más fuerte no avanzan al vertiginoso ritmo de los tiempos. Ahí está también el mal ejemplo del estancamiento en la ratificación del Acuerdo entre el Mercosur y la Unión Europea, que de seguir esperando pudiera desembocar en su decaimiento. 

Pero, no sería justo concluir que la Comunidad Iberoamericana no presenta un balance esperanzador, cuando se cumplen los primeros treinta años de la celebración de estas cumbres. Cierto es que las fotos de familia de las últimas no exhiben la totalidad de los jefes de Estado de los 22 países que componen este ámbito. Tampoco el escaparate es el mismo ahora que en las primeras citas, cuando toda la atención solía fijarse en si Fidel Castro acudiría o no, incógnita que solo se despejaba cuando los demás admitían que el dictador cubano se convirtiera en la estrella más rutilante de la reunión. 

A cambio de tales ausencias, las cumbres se han hecho más técnicas, consiguiendo pequeños pero sólidos acuerdos que han derivado en la consolidación de una verdadera cultura iberoamericana propia, de convenios de protección social encaminados a la universalización de la misma y la creación de un fondo indígena de cooperación regional. Son pequeños avances, sin duda, pero con los que la familia iberoamericana puede exhibir un multilateralismo peculiar y autóctono de cooperación sur-sur como no ha existido en ninguna otra latitud. 

Con ánimo minimizador, también se ha querido contraponer la languidez de las últimas cumbres con el despegue de la otra cumbre, la de las Américas, en las que la voz cantante corre a cargo del presidente de  Estados Unidos. Obviamente, los problemas e intereses tienen matices muy diferentes. Así lo atestiguan los millones de dramas que viven los migrantes iberoamericanos hacia el gigante del hemisferio norte. Esa relación, basada exclusivamente en el mutuo interés entre ambos hemisferios, carece del componente “familiar” iberoamericano, en el que, más allá de los mutuos beneficios de la relación, están y permanecen los afectos, forjados en una historia común, controvertida sí, pero que no convendría revisar exclusivamente con arreglo a los parámetros que impongan los lobbies anglosajones. 

Si de algo se enorgullecían aquellos era de la desmembración hace doscientos años de los poderosos virreinatos españoles en una multitud de naciones y banderas porque ello hacía más fácil su control, cuando no su neocolonización y explotación. 

Las querellas de familia, aunque sean ancestrales, se arreglan de otra manera que la de seguir pautas o modas de pedir perdón por exterminios que España no hizo, ni disculpas por un mestizaje que, a pesar de los errores –los mismos que sufrían los españoles de este lado del Atlántico-, permitió el nacimiento, crecimiento y expansión de esa familia iberoamericana. 

Es también un detalle, pero que cabe reseñar: ha nacido el “Himno de Iberoamérica”, una muy lograda composición del músico Lucas Vidal, cuya primera gran interpretación ha sido grabada por la Orquesta y Coros de la Comunidad de Madrid. Música capaz de adaptarse a la cuantiosa instrumentación de los países iberoparlantes (español y portugués), sería importante interiorizarlo como un himno propio de tan exclusiva Comunidad Iberoamericana. 

Instituido en 2019, el Día de Iberoamérica de este 2021 lega este himno y un poso de esperanza en que España reconduzca su política exterior y el continente hispano-luso parlante encuentre de nuevo el hermano mayor serio en el que confiar, pedir consejo y ayuda, y apoyarse sin vergüenza.  

Himno de Iberoamérica: