Opinión

Israel, entre Estados Unidos y China

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Hay pocos países en el mundo cuya historia contemporánea haya estado tan ligada a la de Estados Unidos como Israel. Desde su fundación en 1948 Israel ha sido uno de los principales aliados de Estados Unidos en Oriente Próximo, y, a ojos de los americanos, el mayor garante de sus intereses en la región.  

La relación entre ambos estados se ha ido estrechando a medida que otros históricos aliados americanos (Reino Unido, Francia y el Irán del Shah) fueron perdiendo su presencia en la región desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. Israel recibe de Estados Unidos más de 3,5 mil millones de dólares anualmente. Esta cuantiosa ayuda se enmarca en la estrategia de Ventaja Militar Cualitativa, mediante la cual EE. UU. contribuye decisivamente a que su aliado mantenga una superioridad considerable ante sus rivales regionales en el ámbito militar y tecnológico.  

Pero durante este inicio de siglo, la aparentemente sólida amistad americano-israelí parece cada vez más cuestionada. China está abriéndose paso en Asia Central y Oriente Próximo, y muchos en Washington observan con preocupación como el gigante asiático parece inmiscuirse en su relación con Israel.  

China, que está desarrollando una política exterior ambiciosa y expansiva a través de su poderío económico y financiero, ve la región del Sudeste Mediterráneo como un punto clave en el macroproyecto iniciado en 2013, la Iniciativa de la Franja y la Ruta (BRI por sus siglas en inglés), que pretende desarrollar una red de transportes e infraestructuras que conectarían los continentes europeo, asiático y africano. Pero, así como China lleva décadas cultivando su influencia sobre los países centroasiáticos (Kazajistán, Uzbekistán, Pakistán y otros) que recorre la BRI en su camino hacia Europa, Oriente Próximo se presenta como una región mucho más distante, tanto geográfica como culturalmente.  

Además, Oriente Próximo es una región en la que muchos de los estados más importantes, como Israel, los Emiratos Árabes Unidos y Arabia Saudí, gozan de buenas relaciones con Estados Unidos, que interpreta el ascenso chino como una amenaza a su posición global. Así, China parte en teórica desventaja frente a Washington y sus aliados en Oriente Próximo en su afán por acercar Europa a Asia.  

Sin embargo, en el terreno de lo económico China está haciéndose con un rol propio, siendo ya un actor imprescindible en el porvenir de Oriente Próximo. Y es en Israel donde las crecientes inversiones chinas más han alarmado a Washington. Aunque China no reconoció al Estado de Israel hasta 1992, desde entonces las relaciones cultivadas entre ambos han mejorado exponencialmente, espoleadas por la pujanza económica vivida tanto en China como en Israel en las últimas tres décadas. Empresas chinas, muchas de ellas controladas por el Estado, han tenido un rol capital en el desarrollo de infraestructuras y redes de transporte en Israel. En septiembre de 2021 fue inaugurada una nueva terminal en el puerto de Haifa, al norte de Israel, operada por la empresa china SIPG, con un coste de alrededor de 1,5 mil millones de euros.  

Para los intereses de China, puertos como los de Haifa, en el nexo entre Europa, Asia y África, tienen una importancia crucial, ya que constituyen la entrada a los mercados europeos y africanos que claves para el éxito de la BRI. Controlar las puertas de entrada a Europa y África se presenta por lo tanto como un deber imprescindible para Pekín. Y a la inversa, Washington ve cómo su mayor rival por la primacía global no sólo está consiguiendo penetrar en Europa, sino que además lo está haciendo a través de su aliado israelí.  

Las importaciones chinas a Israel son el 13.4% de las importaciones totales, cerca del 16.7% de las americanas, según Global Edge. Además, las importaciones chinas a Israel han crecido a un ritmo vertiginoso, de un 18% de media desde 1995.  

Más recientemente, China ha diversificado su ámbito de actuación exterior fuera del ámbito económico y comercial, con el fin de ser percibida positivamente por la población israelí. Por ejemplo, los intercambios entre instituciones académicas de ambos países son cada vez comunes, como lo son el interés en sus culturas. Las dos mejores universidades en Israel albergan un Instituto Confucio, la entidad pública que promociona la lengua y cultura chinas en el extranjero. La política exterior china, además, se caracteriza por el pragmatismo y la no-interferencia en asuntos internos, por lo que no ha otorgado una gran importancia a las políticas israelíes hacia Palestina, para no obstaculizar sus relaciones con Israel. Todo ello contribuye a un mayor soft power (poder blando) de China en Israel.  

Las alarmas se han encendido en Washington, acostumbrado a su “relación especial” con Israel, como la describió el mismo John F. Kennedy. Incluso Donald Trump, cuya administración ha sido una de las más proisraelíes en la historia reciente, levantó la voz ante la creciente presencia de China en Israel. En 2020, las presiones de EE. UU. llevaron a Israel a conceder una licencia para construir la planta desalinizadora más grande del mundo, Sorek-2, a un consorcio israelí en vez de a una empresa china, que parecía mejor posicionada. 

Las tensiones entre Israel y EE. UU. sobre China no son nuevas. Durante la presidencia de Bush, la venta de armas israelíes a Pekín llevó a una breve crisis con Washington, resuelta sin demasiados problemas. Sin embargo, la situación actual se enmarca en un contexto de competición global entre EE. UU. y China que se asemeja cada vez más a la Guerra Fría, por lo que las tensiones con Israel no son vistas como un episodio puntual sino como una parte más en la pugna por la primacía global: EE. UU. está siendo testigo de cómo su posición hegemónica se está erosionando poco a poco en favor de China, incluso en el mayor aliado de los americanos, Israel.  

Y es que Israel no va a renunciar a sus boyantes relaciones comerciales con China, pero tampoco está en sus intereses enojar a Washington. Por lo tanto, cabe esperar que el gobierno israelí opte por una estrategia de hedging, protegiendo su relación especial con sus aliados americanos y también sus intereses con el país que precisamente está desafiando la posición de EE. UU. Ehud Olmert, primer ministro de Israel de 2006 a 2009, escribió en el Jerusalem Post en septiembre de 2021 que China no es el enemigo de su país, considerando como “injustificadas” las presiones para cesar su cooperación con Pekín.  

Benyamin Netanyahu estaba acostumbrado a realizar ejercicios de equilibrista entre los dos gigantes, pero está por ver si el nuevo primer ministro israelí Naftali Bennet podrá navegar las aguas de un mundo cada vez más fragmentado. De momento, las presiones estadounidenses a Israel continúan, a pesar del cambio de gobiernos en la Casa Blanca: el director de la CIA William Burns, cercano a Biden, ya mencionó a Bennet su preocupación por los lazos entre Israel y China. Sin embargo, es improbable que en el futuro cercano las tensiones entre Israel y EE. UU. lleven a un choque real. El presidente Biden es un firme defensor de la alianza con Israel, y no parece que ésta vaya a peligrar con él en la Casa Blanca. Israel, entretanto, previsiblemente continuará su estrategia de hedging como un funambulista, firmemente de lado de EE. UU. pero sin renunciar a cultivar su amistad con China.