Opinión

Líbano en su centenario

Líbano

1 de septiembre de 2020. Cientos de beirutíes se estremecen al escuchar un estruendo y ver nubes de humo rosado en el cielo. Por suerte, no se trata de una nueva explosión o de un bombardeo israelí ―el primer pensamiento de muchos habitantes de la ciudad, algunos de los cuales sufrieron ataques de pánico―, sino de un acto conmemorativo del centenario de la creación del Líbano como entidad política. El humo y el sonido se deben al paso de unos cazas de exhibición franceses que vuelan a baja altitud realizando maniobras acrobáticas, un gesto innecesario, desafortunado e insensible, especialmente teniendo en cuenta que la ciudad sigue traumatizada menos de un mes después de la tremenda explosión que arrasó el puerto y muchos de los barrios cercanos. La anécdota revela hasta qué punto las autoridades francesas están desconectadas del sentir popular en Líbano.

La antigua potencia mandataria aún cuenta con modestos intereses económicos en el país y su influencia es más que palpable ―la Embajada francesa en Beirut es un complejo inmenso y ofrece numerosos cursos y actividades culturales para los habitantes de la ciudad―, pero no goza del apoyo que sugieren algunos periódicos galos. La visita de Macron, la segunda desde la devastadora explosión, ha sido recibida con relativa frialdad. El presidente francés plantó un cedro, se reunió con las autoridades políticas ―que justo antes de su llegada nombraron al diplomático Mustapha Adib como nuevo primer ministro― y visitó a la cantante Fairuz, toda una institución en Líbano. A pesar de que la cantante tiene 85 años, Macron no se puso mascarilla durante su visita, otro ejemplo de la insensibilidad francesa para algunos usuarios libaneses de las redes sociales, especialmente en un momento en el que la pandemia empieza a descontrolarse en un país falto de suministros médicos y que ha perdido hospitales y recursos sanitarios por la explosión.

No obstante, Macron es el menor de los problemas para los libaneses. Aunque el presidente galo lleva semanas exigiendo reformas en el sistema político libanés, su influencia es limitada en comparación con la de otros actores como Arabia Saudí, Irán o EEUU. Macron ha amenazado con sanciones si no hay reformas significativas en tres meses, pero como algunos internautas libaneses señalan, que el gas lacrimógeno utilizado para disolver las protestas organizadas tras la explosión haya sido fabricado en Francia revela los límites de tales pretensiones. Esta exigencia de reformas no deja de ser irónica, teniendo en cuenta que el actual sistema libanés de cuotas sectarias y partidos clientelares es una herencia directa del periodo de dominación francesa entre 1920 y 1943. 

Líbano fue creado tras la Primera Guerra Mundial en los territorios otomanos ocupados por los franceses a partir de la unión del Monte Líbano con algunos de sus distritos circundantes. El objetivo era crear un Estado de mayoría cristiana diferenciado del resto de Siria ―la Siria histórica ocupaba un área mayor que la actual―, y al mismo tiempo establecer un sistema sectario que exacerbase la enemistad entre las distintas comunidades religiosas para facilitar su gobierno, algo paradójico viniendo de Francia, un país que hace gala del laicismo de Estado. La constitución libanesa actual y el reparto de poder entre los distintos grupos, renegociados tras la guerra civil, son la herencia directa de este sistema que, entre otras cosas, impide el matrimonio civil entre miembros de distintas comunidades religiosas.

En cualquier caso, es poco probable que el sistema político libanés cambie en los próximos meses. Desde hace un año el país atraviesa una profunda crisis que no tiene visos de solucionarse. La crisis es económica ―con la lira desplomada y los precios del dólar en el mercado negro por las nubes―, institucional ―protestas continuadas desde octubre de 2019 que han seguido a pesar de la dimisión de dos primeros ministros―, medioambiental ―incendios forestales, vertidos descontrolados, un controvertido proyecto de presa en el valle de Bisri―, humanitaria ―un millón de refugiados sirios en el país sin apenas asistencia, decenas de miles de beirutíes sin hogar a causa de la explosión― y sanitaria. 

La explosión del puerto de Beirut, causada por la negligencia de las autoridades políticas y judiciales, solo ha añadido más tensión a un país que se encuentra en su momento más delicado desde el atentado que acabó con la vida de Saad Hariri en 2006 y, posiblemente, desde el final de la guerra civil en 1990. Para añadir aún más problemas, durante las últimas semanas se han registrado enfrentamientos armados esporádicos entre varias milicias, si bien la información al respecto es poco clara. Todo parece indicar que algunas milicias están aprovechando para ejercer la violencia contra los manifestantes opuestos al régimen, aunque al mismo tiempo hay indicios de que varios intercambios de disparos tienen motivación sectaria.

A pesar de su reducido tamaño ―ocupa un poco menos de superficie que Asturias―, Líbano es un país enormemente diverso y densamente poblado. Entre sus seis millones de habitantes ―el número es aproximado, ya que no hay un censo oficial― no solo encontramos árabes de distintas confesiones religiosas ―drusos, musulmanes suníes y chiíes, cristianos maronitas, ortodoxos y melquitas―, sino minorías como los armenios, circasianos y palestinos que son descendientes de los refugiados de las guerras del siglo XIX y XX. Además, hay una amplia comunidad de inmigrantes de origen muy diverso, desde obreros etíopes hasta empleadas del hogar nigerianas y filipinas ―cuya situación en los últimos meses se ha vuelto muy difícil―, pasando por “expats” occidentales y acaudalados inversores de los países del Golfo, además de más de un millón de refugiados sirios que malviven en campos y campamentos informales. Esta diversidad se refleja también en el plano político. Existen mil opiniones distintas sobre los problemas del Líbano, desde los manifestantes que protestan contra un régimen que consideran corrupto e ineficaz hasta quienes apoyan a sus respectivos partidos sectarios y sospechan de maquinaciones extranjeras, ya sean iraníes, estadounidenses, israelíes o saudíes. 

Los libaneses que tuve la oportunidad de conocer durante mi visita hace un año ― ¡cuánto ha cambiado el país desde entonces! ― pertenecen a un sector de la población determinado. Son jóvenes de mi edad con formación universitaria, la mayoría de ellos pertenecientes a la clase media, que rechazan el sistema sectario y que entre sus amistades no discriminan por comunidad religiosa. Muchos de ellos, los que no han emigrado, han participado activamente en las protestas contra la clase política que se han sucedido desde octubre. Es evidente que mi imagen personal de Líbano está muy influida por lo que ellos me contaban, por su diagnóstico y análisis sobre los problemas que afectan a su país. Soy consciente de que esta juventud informada, abierta, tolerante ―en el mismo grupo de amigos coexisten mujeres veladas con musulmanas laicas que bebían alcohol, además de drusos, cristianos, suníes y chiíes― y crítica con el sistema político y sectario no representa la totalidad del sentir de su generación. Y, sin embargo, no puedo evitar sentir mucha simpatía por ellos, una simpatía que tal vez haga que mis análisis no sean del todo objetivos.

Más allá de los clichés sobre el sectarismo y la división del país, en Líbano existen muchas personas que, por encima de su secta, se consideran libanesas y que aspiran a un país justo y democrático. Personas que luchan contra los prejuicios de sus propias comunidades y que se esfuerzan por impulsar una sociedad civil fuerte. Jóvenes que, a pesar de la precariedad en la que viven, colaboran con todo tipo de asociaciones y ONGs, desde organizaciones que ayudan a los refugiados sirios hasta sindicatos ilegales de trabajadoras del hogar inmigrantes. Idealistas que tratan de cambiar su país de forma no violenta y que son acosados por los matones a sueldo de los grupos políticos tradicionales ―Amal, Hizbulá, la Falange, el Movimiento Patriótico Libre y el resto de antiguas milicias de la guerra civil reconvertidas en partidos. En este centenario de la creación de Líbano, mi homenaje personal es recordar a todas estas personas que, aunque no suelan ser considerados actores políticos relevantes en los fríos análisis geoestratégicos, también existen. Quizá ellos sean la única esperanza para lograr un Líbano mejor.