Opinión

La última caravana de Centroamérica hacia Estados Unidos

La última caravana de Centroamérica hacia Estados Unidos

Otra oleada de inmigrantes está cruzando el continente centroamericano para buscar su futuro en el norte. La partida esta vez es menos numerosa, un par de miles de personas, familias enteras, ataviadas con sus únicas ropas y enseres. Han intentado cruzar el estado mexicano de Chiapas y allí se han encontrado con la Guardia Nacional de México que les han cerrado el paso para impedir que cruzaran la frontera con Guatemala. Han partido de Honduras, desde la lejana San Pedro Sula, y su objetivo es atravesar miles de kilómetros para arribar en Estados Unidos. En ese periplo peligroso y cruel, les esperan riesgos enormes como la presencia de bandas delictivas relacionadas con el narco en territorio mexicano: Chiapas, Tabasco, Oaxaca, Guanajuato, Durango y tal vez, si logran llegar tan lejos, Chihuahua, la última barrera antes de llegar a Ciudad Juárez y El Paso, la puerta de entrada a lo que creen es el Paraíso. La otra ruta es la que lleva hacia la Baja California, vía Tijuana, no menos peligrosa.

El primer intento se produjo, como en todo el mundo fue publicado y difundido, en octubre de 2018. Rompió los moldes de las tendencias migratorias que hasta entonces se conocían en la zona y en todo el planeta. En su libro Caravana, el periodista Alberto Pradilla explica la cohesión interna de aquél grandísimo grupo humano, y el orgullo que les movía a todos en su búsqueda de un futuro viable y próspero. “Cómo el éxodo centroamericano salió de la clandestinidad”, subtituló el autor su obra. Al paso de los hondureños se unieron personas salvadoreñas y guatemaltecas, a las que no pareció hacer financiado ningún grupo adinerado del primer mundo, a la vista de los testimonios recogidos en plena ruta. 

México tiene un verdadero problema con estas caravanas humanas que atraviesan su país. Está intentando ofrecer acuerdos con los emigrantes que a la postre significan su deportación, endulzada con promesas de realizar un paso ordenado y en autobuses. A otros se les ha ofrecido un incierto trabajo eventual hasta que la situación pueda regularse. Hasta el populista presidente mexicano Andrés Manuel López Obrador ha llegado a cifrar en poco menos de cinco mil ese paquete de empleos para los hondureños en éxodo hacia la Tierra Prometida. Los más incrédulos escapan de los grupos e intentan cruzar por sus medios a través de ríos o desiertos. Pero el destino no les sonreirá porque las autoridades migratorias de México tienen instrucciones de proceder al retorno asistido de todos estos nómadas a sus países de origen, en este caso Honduras. La mejor opción que puede esperarles es que, gracias a su aventura y a su valor, puedan lograr un puesto de trabajo en su país, precario y mal pagado, pero que al menos pueda mitigar durante algún tiempo sus necesidades y las de sus hijos. Y a volver a sobrevivir con las amenazas de su patria, con su violencia, la altísima tasa de pobreza y la escasez de alimentos. 

Por primera vez hace año y medio, el gigante mexicano se ha dado cuenta de que en la nueva migración que atraviesa su territorio hay mujeres y menores de edad. A eso se suman los flujos migratorios ya conocidos, en los que se incluye a los emigrantes extracontinentales, asiáticos y africanos, o cubanos, que ven en México la plataforma ideal para llegar a Estados Unidos, su destino soñado. Y esos flujos han aumentado de forma considerable en los últimos meses. Las mafias de tráfico de personas van mutando en sus estrategias, y en México se encuentran con la doble posición del presidente de defender un discurso de defensa de los pobres con el que ha llegado al poder, y a la vez cumplir sus compromisos con EEUU e impedir que sus tierras se conviertan en autopista de inmigrantes en busca de recursos. 

En la búsqueda de culpabilidades sobre esta situación de la población de Centroamérica los análisis que se realizan en los medios de comunicación de todo el mundo acuden a la brocha gorda, a la caricatura de Donald Trump como causante de todos los males que cualquier emigrante pueda sufrir. No se repara en las causas nacionales que les obligan a abandonar sus países, en los errores de sus propios gobernantes que no son capaces de mejorar las condiciones de vida de sus ciudadanos, privados de derechos esenciales. No son la mejor medicina para esta situación, aunque puedan llegar a ser comprensibles, estas caravanas más o menos organizadas que prometen el asalto por la fuerza de las barreras fronterizas, especialmente la última que es la más vigilada del mundo: la de México con Estados Unidos.