Opinión

La “Bayia”, símbolo de fidelidad al sultán

La “Bayia”, símbolo de fidelidad al sultán

Uno de los elementos del lenguaje simbólico es la metáfora, que no es más que la “traslación del sentido recto de una voz a otro figurado” (DRAE), la cual expresa en una sola palabra muchas intenciones de un mismo objeto llamado símbolo. El acto de la Bayia, en árabe, Allégeance, en francés o fidelidad, es una acción simbólica que enuncia la lealtad de un pueblo a su rey, gobernador o líder. Además, en el caso del sultanato jerifiano de Marruecos, está impregnada de espiritualidad religiosa.

La soberanía marroquí sobre Wad Eddahab o Río de Oro ha estado suspendida durante 91 años (1884-1975) y la de Sakia al Hamra (región de El Aiún) durante 71 años (1904-1975). Sin embargo, la Bayia o los lazos de lealtad seguían vigentes entre las tribus saharauis y el Reino de Marruecos. Muchos fueron los Chiujs o jefes de tribus saharauis que juraron fidelidad a los sucesivos sultanes del Reino a pesar de los intentos de España de aculturación.

El Marruecos precolonial era un Estado que se estructuraba sobre un sistema tribal basado en linajes, con el sultán como símbolo de unidad y el Majzén o autoridad como figura central del poder. La subordinación de los súbditos, en un acto simbólico de pleitesía, legitima la dominación del sultán sobre sus dominios. Una vez establecida la Bayia, ésta permanece intacta, y constituye un compromiso entre el sultán y su pueblo.

Marruecos y España, tiempo muerto

Existe una valiosa documentación que prueba la presencia de la Bayia entre los sultanes de Marruecos y los Chiujs o jefes de las tribus saharauis antes, durante y después de la colonización del Sahara. Algunos son Dahires o decretos que promulgaban el nombramiento de cargos públicos en las instituciones saharauis, como el de Caíd (delegado) o el de Cadí (juez). El sultán Mulay Abderramán (1822-1859) tenía ya lazos de lealtad que continuaron con su hijo Mulay Mohamed IV (1859-1873), lazos que ligaban al sultán con notables saharauis como los Reguibat, Chenguit, Uled Dlim, Tidrarine, Uled Bou Sba, Tekna, Izerguiyen, etc. En Marrakech, el sultán recibió varios actos de fidelidad, destacando la realizada por el Cadí o juez Bachir Al Berbouchi Reguibi antes de partir en peregrinación hacia la Meca. Este juez implementó un sistema jurídico consuetudinario en representación del sultán, ejerciendo así la autoridad en su nombre.

La ocupación del Sahara se produjo durante el reinado del sultán Mulay Hassan I (1873-1894) quien ya había visitado los territorios de Tarfaya y el Sahara. Este sultán nombró a Sidi Ahmed ben Mohamed Laamach Cadí o juez de Tayakant, según consta en el documento oficial fechado y sellado el 28 de mayo de 1886. Por su parte, el sultán Mulay Abdelaziz (1894-1908) nombró a Mohamed Lamin Ben Ali Takni de la tribu de Uled Tidrarine como delegado de las cabilas de Uled Musa, Uled Ali y de Leebibat el 15 de enero de 1899. El Cheij Ma El Ainain, su delegado, le visitó hasta en 5 ocasiones en los años anteriores al de la ocupación de Tarfaya y Sakia al Hamra (región de El Aiún).

La entronización de Mohamed V (1927-1961) fue el inicio del fin del imperialismo español y francés, tras casi 50 años. Ahora tocaba recuperar la integridad territorial desgarrada. Mohamed V recibiría igualmente actos de fidelidad de Brahim Uld Abdalahi Uld Sidi Yusef, jefe de la tribu de los Izerguiyen. Este notable saharaui es el abuelo de Alí Beiba Uld Duihi Uld Sidi Yusef (Alias Ali Beiba Mahfud) quien, desde 1975, ocuparía importantes cargos dentro del Polisario y llegó a cubrir la plaza vacante de secretario general de la banda y de primer ministro.

El 25 de febrero de 1958, sólo dos años después de la independencia (1956), con el Sahara Occidental todavía bajo administración española, el rey Mohamed V pronunció en M’Hamid El Guizlaine su discurso reivindicativo afirmando que “Proseguiremos nuestro trabajo con todo nuestro esfuerzo para recuperar el Sahara y todo aquello que pertenezca al Reino”. Y fue también, por esa fecha, el inicio de las incursiones de las Fuerzas Armadas Reales (FAR), junto con elementos del Ejército de Liberación Marroquí (ALM, en sus siglas en francés) en el Norte y Este del Sahara que dieron lugar a la operación conjunta franco-española “Ecouvillon” o “Teide” con el fin de parar la ofensiva marroquí.

Durante la ocupación española, se ha intentado implementar técnicas de aculturación de los saharauis con el fin de desligarlos del Reino de Marruecos rompiendo así los “lazos de fidelidad” existentes. Un escrito secreto del Alto Estado Mayor titulado “El Sahara español y los territorios vecinos”, de 1960, depositado en el archivo de la “Fundación Francisco Franco”, bajo núm. 1186, consideraba la “peligrosidad” de las reivindicaciones marroquíes por el supuesto apoyo que podrían tener por parte de los saharauis. Por lo que proponía “sustraer a nuestros saharauis de la influencia de mauritanos y marroquíes” y llevar a cabo “una política anti marroquí”.

Por su parte, Hassan II se encontró, el 1 de julio de 1963, con el General Franco en el aeropuerto de Barajas donde ambos acordaron discutir una solución pacífica a la descolonización. En 1970, el ministro español de Industria, Gregorio López Bravo, visitaba Rabat proponiendo el abandono del Sahara a cambio de una explotación conjunta de los fosfatos de Bucrá. De modo que España se preparaba ya para descolonizar. Y en un último intento de salvar la situación, Franco intentó crear cabildos en el Sahara, a imagen de los canarios, simulando una especie de autonomía títere del franquismo. Una iniciativa que fracasaría igualmente.

Marruecos y España, tiempo muerto

Fue en octubre de 1975 cuando Hassan II lanzó la “Marcha verde” para rescatar el Sahara. Al tiempo que recibía varios actos de “fidelidad” de los notables saharauis como Khali Henna Uld Errachid (hoy presidente del Consejo Consultivo marroquí), Cheij Ahmed Uld Bachir (fue vicepresidente de la Asamblea Saharaui y, por entonces, miembro de las Cortes franquistas) y de manera muy destacada la del notable de la tribu de los Reguibat (presidente de la Asamblea Saharaui y también, por entonces, miembro de las Cortes franquistas), Khatri Yumani. Este último, envió, el 6 noviembre 1975, una carta al presidente del Consejo de Seguridad de la ONU, en nombre de la Asamblea, donde expresaba su voluntad y la del pueblo saharaui de ligar definitivamente el destino del Sahara al Reino de Marruecos; considerando así la Bayia como un deber de todos los saharauis. Recuperado el territorio, Hassan II viajó, a M’Hamid El Guizlaine, el 11 de abril de 1981, donde confirmó el cumplimiento de la promesa efectuada por su difunto padre Mohamed V.

Con Mohamed VI se han renovado todas las Bayias. Asimismo, se ha consolidado la marroquinidad del Sahara valiéndose de la razón histórica y de la fuerza diplomática propias de un Estado sabio, cuya existencia data desde hace 12 siglos. La soberanía sobre el Sahara es irreversible, y como dijo Mohamed VI, “Marruecos seguirá en su Sahara y el Sahara en su Marruecos, hasta que Dios herede el Universo y su contenido”.

La Bayia nunca se había interrumpido, ni en el tiempo ni en el espacio. La fidelidad simboliza la permanencia aun en ausencia del propio símbolo y es ahí donde radica su fuerza y su legitimidad. Era así como se procedía entonces y ahora. Tanto es así que, durante el período del protectorado español, Tetuán era la verdadera capital del Sahara marroquí y desde donde se nombraban a los caídes (delegados) y cadíes (jueces) para Tarfaya, El Aiún y Dakhla, los cuales formaban parte del partido judicial del Reino.

La Corte Internacional de Justicia de la Haya reconocía, en sentencia de 16 de octubre de 1975, que ni Río de Oro, (1884), ni Sakia al-Hamra (1904) eran territorios sin propietario, terra nullius, y que existían vínculos jurídicos de fidelidad entre los sultanes de Marruecos y las tribus saharauis. Este Tribunal añadía también que la “autodeterminación”, principio posterior a la Bayia, instaurado en 1945 en la carta fundacional de una ONU controlada por los mismos colonialistas europeos, era la libre expresión de la voluntad de los pueblos. Lo cual menoscaba la libre voluntad de la población beréber, también saharaui, y de su auténtica proyección natural al el Sur del Sultanato, cuya soberanía se enmarca, igualmente, en la libre, legítima y ancestral expresión de la “Bayia”.