Opinión

La caída de Kabul y el 11-S

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Este sábado 11 de septiembre, Estados Unidos conmemoró y recordó a las casi tres mil víctimas mortales de los atentados perpetrados por terroristas islámicos de Al Qaeda veinte años atrás. Hace pocas semanas, el presidente Joe Biden dijo en un discurso, con motivo de la salida de Estados Unidos de Afganistán, la toma de los talibanes y la caída de Kabul: «Nuestra misión en Afganistán nunca tuvo como objetivo la construcción nacional. Nunca tuvo como objetivo crear una democracia unida y centralizada». Analistas han cuestionado las palabras del presidente estadounidense, porque, ¿cómo se invade un país, para perseguir terroristas, sin sentir ninguna responsabilidad posterior por la suerte de los ciudadanos en el país invadido?, observó la académica Mary Kaldor. «La caída de la capital no solo es una tragedia devastadora para los afganos, sino que el mundo entero la ha visto como una victoria del extremismo islámico, precisamente lo que Biden dijo que Estados Unidos quería destruir. Ahora, los talibanes podrán ofrecer cobijo tanto a Al Qaeda como al Estado Islámico», reconstruyó la profesora de Global Governance en London School of Economics.

Afganistán no es una historia de éxito. Pretender lo contrario parece un desafío a la evidencia que imponen los hechos y las imágenes. La corrupción al interior del sistema político, tanto con el presidente Hamid Karzai como con su sucesor, Ashraf Ghani, ayuda a explicar en alguna medida el apoyo a los talibanes, pero «es absolutamente posible que los talibanes, vinculados al narcotráfico de heroína, sean más corruptos que el gobierno de Ghani», sostuvo el escritor David Rieff al notar que existe «cierto apoyo popular» a los talibanes. De lo contrario, «no hubieran ganado la guerra. O no hubieran sobrevivido hasta el momento de la salida de las tropas norteamericanas». Adicionalmente, el yihadismo (islamismo radical) tiene apoyo en Pakistán y países del Golfo. Tampoco hay que perder de vista la presencia de talibanes que actúan desde Qatar y otros países de la zona. «Ahora bien, seguro que hay millones de afganos para los cuales la victoria de los talibanes es una tragedia absoluta. Es un país muy fracturado, no hay un consenso afgano en Afganistán», explicó el escritor estadounidense, analista político y conocedor de Afganistán, autor de Una cama por una noche donde analizó, entre otras, la guerra en Afganistán.

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¿En qué medida las imágenes que dieron la vuelta al mundo afectarán negativamente la imagen de los Estados Unidos y la perspectiva realista esbozada por el entonces candidato Joe Biden quien apostó a recuperar el posicionamiento y la credibilidad internacional del país tras los vaivenes y el detrimento que supuso para la política exterior el gobierno Trump? Biden consideró que Estados Unidos debía optar por mecanismos diferentes a la intervención militar para promover los derechos humanos en el mundo y reservarse la acción militar para las amenazas a su seguridad nacional y/o a la de sus aliados, postura que ratificó en distintos escenarios, por ejemplo, durante la última Cumbre de la OTAN. «Pero hay una diferencia entre la inacción y el abandono, así como hay una diferencia entre el realismo y el fatalismo», interpretó David Hamburger al criticar que el gobierno estadounidense habría optado por la «autoexculpación complaciente enmascarada bajo la retórica del realismo», según analizó en Persuasion. Hamburger evidenció que el gobierno Biden rechazó «aceptar la responsabilidad moral por las consecuencias predecibles de sus propias acciones y la negación implícita de su propia capacidad». El experto retomó el análisis de Eliot Cohen para enfatizar que: «Sugerir, como lo ha hecho este gobierno, que la catástrofe que se cierne sobre Afganistán no es responsabilidad nuestra, es moral y fácticamente falso. Hemos tomado una decisión brutal, una decisión comprensible, pero en ningún caso se trata de una decisión moralmente neutra». Desde una perspectiva del interés nacional estadounidense puede ser que poner término a la presencia en Afganistán haya sido la decisión correcta o al menos la menos mala. No obstante, la falta de templanza en la implementación de esta decisión no puede ser excusada, menos todavía condescender con la posición del gobierno que pareció insistir en que todo salió según lo planeado. De todas formas, quedó claro que el gobierno estadounidense deseaba salir de Afganistán antes del 11 de septiembre.

En su día, el intelectual David Rieff estimó la necesidad o la pertinencia de la misión estadounidense que buscaba capturar y/o dar de baja a los líderes de Al Qaeda, Bin Laden y su socio, el mulá Omar (ambos están muertos), así como debilitar esa estructura terrorista, pero, en cambio, no apoyó el proyecto de democratización y la consecuente ocupación de Afganistán. De hecho, el escritor se expresó hace diez años en favor del retiro de Estados Unidos de ese país. El autor es escéptico y hasta pesimista o sumamente realista frente a los discursos que percibe como «utópicos», por ejemplo, en el sentido de hacer rendir cuentas a los talibanes ante el sistema internacional por sus crímenes. Duda de la probabilidad de éxito (occidental) en lo que atañe a la promoción e implantación de la democracia liberal en países que no tienen dicha tradición y que deben encarar el proyecto de democratización por cuenta propia. Dicho de otro modo, para el escritor, la idea de que Estados Unidos es el guardián de la libertad «es una tontería absoluta».

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Para Kaldor la cuestión es diferente: «Al principio, yo me opuse a la invasión de Afganistán porque el terrorismo es un crimen odioso pero no una guerra. Pensaba que, para combatirlo, era necesario utilizar técnicas policiales y a los servicios de inteligencia en lugar de métodos militares. Después me pronuncié en favor de un cambio de estrategia que supusiera pasar de la lucha antiterrorista a garantizar la seguridad de las personas y, por tanto, no retirar las tropas para poder proteger los derechos humanos de todos los afganos. Mi opinión era que, después de invadir el país, Occidente tenía una responsabilidad respecto a los ciudadanos afganos. Y todavía lo pienso. Creo que ahora ha llegado el momento de tomarse muy en serio la seguridad de las personas, no solo por el bien de los afganos, que son la máxima prioridad, sino como forma de lidiar con crisis de alcance mundial entre las que está el terrorismo».

Para diferentes analistas, periodistas y columnistas de opinión en Europa y en las Américas, el hecho de que Estados Unidos se haya involucrado en Afganistán y haya salido de esa manera tuvo una estela de fracaso y un sabor a derrota que generó la sensación de promesas incumplidas y de palabras rotas o la percepción del vaciamiento de sentido de los conceptos y de los valores a los que aspiran genuinamente muchos ciudadanos en diferentes lugares del mundo. Sin embargo, el presidente Joe Biden no lamentó su decisión y Antony Blinken, secretario de Estado de los Estados Unidos, compareció ante los medios sugiriendo, ante la salida estadounidense de Afganistán, que se alcanzaron los objetivos y que el retiro se producía de manera ordenada. Las palabras contrastaron con las impactantes imágenes del sufrimiento y la desesperación de miles de personas que se quedaron allí.

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Biden también indicó que (en aras de evitar hostilidades) el acuerdo pactado por el gobierno Trump con los talibanes implicaba que el cronograma de retiro de los Estados Unidos de Afganistán debía producirse de manera efectiva y no podía alterarse. David Rieff defendió la posición y el discurso del presidente Biden: «no había justificación para que se queden las tropas estadounidenses». Rieff coincide en que «había que retirarse. Y no había manera de hacer otra cosa. Yo apoyo totalmente a Biden». Para el ex corresponsal de guerra, la salida de las tropas estadounidenses no tendrá un gran nivel de afectación en la administración Biden, la afectación será menor de lo que se supone. El autor notó que la imagen de Biden podría verse afectada en círculos selectos y en cierta élite, pero que no tendría un gran impacto a nivel social. Los ciudadanos estadounidenses no están volcados o focalizados hacia la situación interna de Afganistán y sus preocupaciones están en otros frentes. El escritor añadió que Biden tampoco se vería afectado por Afganistán ante el Congreso y subrayó que «en un sentido simbólico tiene importancia la decisión de poner fin a esta guerra, la ocupación, el proyecto de democratización, lo que sea, también para la política exterior de Washington. Pero en términos del gobierno del país, no. Creo que no va a tener ningún efecto». 

Siguiendo la perspectiva de diferentes historiadores, incluido Rieff, es de precisar que la historia no se repite: Afganistán no es otro Vietnam para los Estados Unidos, aunque algunos críticos de Biden hayan insistido en hacer paralelos. Es probable que en pocos meses el tema Afganistán haya sido desplazado si es que no ha desaparecido de la conversación estadounidense. «Es cierto que la manera de la salida del ejército ha sido una desgracia», pero «una gran mayoría de la población ya estaba en contra de continuar con esta guerra», puntualizó el historiador e intelectual estadounidense.

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Hamburger fue muy crítico de aquello que el gobierno Biden denominó retiro «ordenado y deliberado» que en realidad «fue caótico incluso antes de que los talibanes llegaran arrasando hasta Kabul. Y lo que resulta más nauseabundo es que nos limitaremos a observar lo que le pase a decenas de miles de afganos que pelearon cuerpo a cuerpo con los soldados de la OTAN, y a sus familias, a quienes el presidente prometió proteger, y que ahora ven cómo sus rutas de escape se estrechan hasta desaparecer. Por muy imposibles que parecieran las expectativas de construcción nacional en Afganistán, nada de esto es un éxito. Tratar de presentarlo así duplica la ofensa; es una ceguera voluntaria ante el fracaso moral», analizó el experto. La académica de London School of Economics inquirió: «¿Cómo es posible que Blinken no sepa que ese proceso ha sido lamentablemente insuficiente y que gran parte de los 83.000 millones de dólares destinados a las fuerzas de seguridad han ido a parar a los bolsillos de los viejos aliados de los Estados Unidos? ¿No se da cuenta de que la clave para que haya seguridad es la legitimidad y no el número de soldados sobre el terreno? ¿Cómo iban a sentirse los afganos a salvo cuando sufrían incursiones nocturnas y ataques con drones de Occidente, continuos actos depredadores y criminales de los miembros de su propio gobierno y ataques de los talibanes? ¿Cómo se podía esperar que los soldados se mantuvieran leales a los señores de la guerra y a unos funcionarios corruptos?». Kaldor destacó que «Estados Unidos y la OTAN tienen hoy más tropas en Afganistán que hace seis meses». Y explicó que: «Los intentos de la ONU y la OTAN de estabilizar Afganistán y mejorar la seguridad de sus habitantes resultaban una y otra vez infructuosos. El motivo era que los aliados de Estados Unidos en la lucha antiterrorista eran los llamados señores de la guerra, muchos de los jefes —o sus hijos— a los que la CIA había reclutado en los años ochenta para luchar contra la invasión de la URSS. La presencia continua de esos caudillos criminales y depredadores es el factor que explica la corrupción estructural y la falta de legitimidad del gobierno afgano. Algunos de los que se aliaron con los norteamericanos en la lucha antiterrorista tenían la ciudadanía estadounidense, pero seguían actuando con impunidad. Los grupos de la sociedad civil no cejaron en sus sonoras demandas de que se hiciera justicia y se pusiera fin a la corrupción. Pero no se les prestó atención».

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Congresistas del Partido Demócrata exaltaron la posición presidencial, abogando por incluir a las mujeres y a las niñas afganas en las discusiones y en la planificación del «futuro de Afganistán». Biden reafirmó el compromiso de la política exterior estadounidense con los derechos humanos, incluidos los de las mujeres y las niñas. El portavoz de los talibanes insistió en que no buscarán venganza, sino que otorgarán una amnistía a aquellos ciudadanos afganos que sirvieron en las fuerzas de seguridad, trabajaron para el gobierno del presidente Ashraf Ghani o para las delegaciones extranjeras. «Hemos perdonado a todos en beneficio de la estabilidad y la paz en Afganistán», aseguró. Sin embargo, en paralelo, abrieron fuego contra manifestantes, han perseguido, reprimido y asesinado a opositores, activistas, ciudadanos, críticos y también han hostigado a sus familias. 

El analista internacional Andrés Oppenheimer destacó que la toma de Afganistán por los talibanes será recordada como una derrota estadounidense y como un fiasco del presidente Biden. No obstante, las decisiones implementadas por Biden fueron tomadas por su antecesor, el presidente Donald Trump. Oppenheimer también se permitió dudar respecto a la presunta afectación en la popularidad y en la credibilidad del gobierno estadounidense. Los eventos de Afganistán no tendrán un impacto devastador para Biden o para Estados Unidos: «todos los imperios terminan en algún momento, y Estados Unidos no será la excepción. Pero dudo que el momento sea ahora, y que Afganistán sea el motivo». Es posible que los demócratas pierdan algunos votos en las elecciones presidenciales de 2024, asimismo se puede debilitar la imagen de Estados Unidos en alguna medida, pero «soy escéptico de que esta sea una derrota insuperable, ya sea para Biden o para Estados Unidos». Las razones: la política exterior es importante, pero no ha sido fundamental en la imagen de los presidentes estadounidenses. Además, la economía está en auge (se prevé un crecimiento de 7% en 2021, así como la caída del desempleo y récords históricos en la bolsa de valores), el gobierno tendrá más crédito, la administración Biden ha realizado una gestión destacable de la crisis sanitaria, muy notable respecto de la de su predecesor y a la que se suma el hecho de tener las vacunas más efectivas del mundo contra el covid 19. Estados Unidos sigue siendo el líder mundial en innovación y en patentes. «En cuanto a un posible colapso de la influencia de Estados Unidos en el mundo, soy igual de escéptico. Estados Unidos sigue siendo la mayor potencia militar y económica del mundo, y controla la moneda más valorada», zanjó el analista.

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Clara Riveros, Colombia, 1984. Politóloga, analista política y autora. Escribe, analiza y opina. Ha vivido entre América Latina y el Norte de África. Sus libros abordan aspectos relacionados con populismos, totalitarismos, revoluciones, dictaduras, Estados confesionales, regímenes autoritarios y, por supuesto, la cuestión de las libertades y las mentalidades en estas regiones situadas a lado y lado del Atlántico.