Opinión

La COVID-19 y Oriente Medio

Coronavirus en Oriente Medio

La pandemia de la COVID-19 es una amenaza a la especie humana en su conjunto como no hemos conocido otra desde la II Guerra Mundial. No distingue entre razas, religiones o nivel de renta y no se detiene ante ese invento humano artificial que son las fronteras. En consecuencia, no hay razón ninguna para que trate a Oriente Medio de manera diferente a otras regiones del planeta, por más que allí se den situaciones muy distintas pues poco se parecen entre sí los Emiratos Árabes Unidos y Yemen.

En términos generales y tratando de sistematizar cabría decir que los riesgos que el coronavirus provoca en Oriente Medio son de tres tipos: sanitarios, políticos y económicos. Desde el punto de vista de la sanidad, los países del Consejo de Cooperación del Golfo, con una reacción preventiva y bien coordinada, están respondiendo mejor que otros porque tienen más músculo económico e instituciones más eficaces: más hospitales, más médicos y más respiradores per cápita, y también más dinero (un paquete de 100.000 millones de dólares) para adquirir lo que en cada momento necesiten para mejor combatir la epidemia. También Israel está en mejores condiciones que otros países de la región, aunque muestre una fuerte debilidad que son los barrios judíos ortodoxos (jaredíes) que constituyen el 10% de la población, pero dan el 30% de infectados. Y a su lado está la Franja de Gaza, que, con una de las mayores densidades del planeta, puede ser una bomba de relojería pronta a estallar. A este respecto destaca una reciente encuesta que muestra que la mayoría (2/3) de los palestinos de los Territorios Ocupados y de Jerusalén, con una infraestructura sanitaria muy deficiente, son partidarios de estrechar la cooperación con Israel para combatir la COVID-19, y es que los enemigos se unen ante un adversario más poderoso. También en el Magreb destaca la rápida y aparentemente eficaz respuesta de Marruecos, que ha cerrado fronteras, aislado ciudades e impuesto un estricto confinamiento domiciliario.

El país donde la situación sanitaria es peor es sin duda Irán, convertido por sus estrechas relaciones con China en uno de los epicentros de propagación del virus a pesar de que sus cifras de fallecidos, muy altas, probablemente no reflejan la auténtica magnitud del problema. Teherán ha pedido un crédito de 5.000 millones de dólares al FMI, recibe toneladas de ayuda de la OMS y ha rechazado dignamente la que le han ofrecido los Estados Unidos, que no han relajado su política de sanciones a pesar de la pandemia. Preocupa el hecho de que hay iraníes que escapan hacia Afganistán (región de Herat), que no tiene ninguna capacidad para combatir la pandemia y podría convertirse en otro foco de difusión. Otros lugares donde la situación puede escapar a todo control son los países en guerra como Siria (piensen en la terrible situación de Idlib o en la existencia de tres administraciones -gubernamental, turca y kurda- que no se hablan entre sí), Libia o Yemen, y en el hacinamiento de los campamentos de refugiados que acogen a millones de personas que todo lo han perdido menos la vida. Están, sin duda, entre los más vulnerables del mundo entero.

Desde el punto de vista político la COVID-19 produce un impacto a varios niveles: en primer lugar, la epidemia hace extraños compañeros de cama, como el ya referido de la aproximación de israelíes y palestinos ante el enemigo común; puede minar aún más la legitimidad de regímenes que son poco transparentes y que además sean incapaces de responder con eficacia a esta calamidad; también se puede desatar una ola de represión si en estos países se producen manifestaciones de protesta que pongan en peligro su estabilidad. No sería la primera vez, como bien saben en Irak, Líbano o Irán. En el caso de Argelia las manifestaciones pacíficas de los viernes (Hirak), que llevan un año pidiendo democracia, se han suspendido por causa de la COVID-19 y eso le da un respiro al presidente Tebboune, que lo necesita y mucho.

Daesh da señales de cierta actividad al año de la destrucción física de su último bastión en Baghuz y a los cinco meses de la muerte de su autoproclamado califa Abu Bakr al-Baghdadi. El último número de su revista Al-Naba llama a reforzar los ataques contra “las naciones de los cruzados” aprovechando que están ocupadas con la pandemia, como muestra la retirada de los soldados franceses y británicos y la drástica reducción de actividades por parte del contingente norteamericano de la base de Ain al-Asad. Su resurrección en estos momentos sería una pésima noticia.

Irán merece mención especial porque allí también pueden ser mayores las consecuencias políticas: el ministro de Exteriores Javad Zarif ha tachado la epidemia de ejemplo del “terrorismo económico norteamericano” y culpa a las sanciones de las dificultades que tiene la República Islámica para combatir al virus. 

EEUU no se ha tomado a la ligera esta acusación y, en lo que llaman “política de máxima presión”, ha reaccionado enviado otro portaaviones al Golfo (el Roosevelt, que ha tenido que regresar precipitadamente a Guam por numerosos casos de infección por coronavirus a bordo), y también ha desplegado misiles Patriot para defensa de sus bases en Irak. Washington teme que el régimen iraní busque “distracciones” para una población indignada y que ha perdido confianza en lo que le cuentan sus líderes después de la nefasta gestión del derribo del vuelo 752 de Ukranian Airlines. Aquí hay un grave problema de credibilidad que se añade a los muchos otros que ya tiene el país. Y, por otro lado, tampoco son de fiar los prontos de un hombre como Donald Trump, que está manejando mal la crisis del coronavirus en su propio país y al que le ha salido un inesperado rival en Joe Biden para las elecciones del próximo 3 de noviembre, en las que tendrá, sin duda, un papel importante la recesión económica que se nos viene encima. Y ya se sabe que un presidente nervioso es impredecible, y más si es el actual inquilino de la Casa Blanca.

En el tercer plano, el económico, la baja actividad comercial, la caída de las importaciones de China, el descenso de la actividad en Europa, el aumento del desempleo, la recesión global... nos afectará a todos, aunque de manera diferente. Nos enfrentamos a una crisis descomunal que es de oferta y de demanda al mismo tiempo y de ella no se salva nadie. La disputa entre Rusia y Arabia Saudí, que ha hecho desplomarse los precios del petróleo en este inoportuno momento, hace mucho daño a productores como Libia, Argelia, Irán o Irak, que lo necesitan a un precio mucho más alto que el actual para equilibrar sus cuentas. Pero también daña a otros como Kuwait, Emiratos Árabes Unidos, Bahréin, Qatar y Omán, aunque tengan mayores defensas. Irak lo pasará mal porque tiene un déficit presupuestario de 40.000 millones de dólares y pensaba cubrir con ventas de petróleo (a no menos de 56 dólares por barril) el 95% de su presupuesto de este año por valor de 100.000 millones. La misma Arabia Saudí tendrá que echar mano de sus reservas y aplazar la privatización parcial de ARAMCO y el Plan 2030, que es el proyecto estrella de Mohamed bin Salman para diversificar la economía y hacerla menos dependiente del petróleo. Entre la COVID-19 y el bajo precio del petróleo, todos los países del Golfo tendrán dificultades para encontrar inversores que inyecten liquidez y alivien su endeudamiento.

Por otra parte, el descenso del turismo afectará mucho a Marruecos y Túnez, pero también a Egipto y a las poderosas aerolíneas del Golfo (Emirates, Etihad, Qatar); del mismo modo, la caída de las exportaciones a China y a Europa dañará las balanzas fiscales y aumentarán la deuda y los déficits públicos de casi todos los países. Pero, al margen del músculo financiero de cada país, y cada uno es diferente, en esto no habrá diferencia entre los pases de Oriente Medio y los del resto del mundo. En una economía globalizada, todos sufriremos, y sufriremos más cuanto más dure la emergencia sanitaria. Por ello, es muy importante tener siempre en cuenta que en esto estamos todos juntos y que no vale superar la epidemia en un lugar, porque nadie estará realmente seguro hasta que la venzamos en todos sitios.