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Opinión

La Cumbre por la Democracia

joe biden

Anne Applebaum, prestigiosa periodista, historiadora y académica norteamericana, ganadora del Premio Pulitzer en 2004 y conocedora de la historia y política de los países del Este de Europa, escribió este noviembre un artículo titulado ‘The Bad Guys Are Winning’ (Los malos están ganado) para la revista The Atlantic. El artículo, una feroz crítica dirigida a Putin y otros líderes autoritarios como el bielorruso Lukashenko, llamaba al bloque de países democráticos, principalmente compuesto por Estados en Norteamérica y Europa occidental, a adoptar una postura mucho más contundente en la defensa por las democracias liberales ante la amenaza de Rusia y China. La imagen esbozada en el artículo es la de un mundo dividido entre las democracias y las dictaduras, o dicho más simple (y como sugiere el título) entre “buenos” y “malos”. 

Esta férrea división, como si un nuevo Telón de Acero se tratara, está en la mente de muchos políticos y analistas en el mundo occidental: Europa, Estados Unidos y Canadá son vistos como faros de la democracia, el bienestar y los derechos humanos, rodeados de regímenes cuyos ideales son opuestos a los valores democráticos e ilustrados. Esta dicotomía parece haber cogido fuerza en los últimos años, ante la consolidación o el surgimiento de regímenes autoritarios y la aparente decadencia de la Unión Europea y Estados Unidos. Este declive (insistimos, aparente) de ambos no está sólo relacionado con la incapacidad de ambos actores para moldear el mundo más allá de sus fronteras (ya sea en Afganistán, Oriente Medio o África), sino también con la aparición de movimientos autoritarios en su seno, que reivindican un modelo político parecido al de los “malos”.  

El epítome de tales movimientos en Occidente se vio el 6 de enero de 2021 en Washington DC, cuando una turba enfurecida y fanatizada ocupaba el Capitolio, espoleados por un expresidente que se negó a aceptar las reglas del juego democrático. Por otro lado, la UE alberga Gobiernos iliberales como el de Orbán en Hungría o Morawiecki en Polonia, que desdeñan abiertamente las instituciones democráticas y, en el peor de los casos, las erosionan seriamente. Para analistas como Applebaum, los “malos” no son solamente rivales de los “buenos”, sino que suponen una amenaza existencial a su modelo político y social. 

Esta visión del mundo, según la cual un bloque granítico de países democráticos es irremediablemente cercado por un conjunto de regímenes dictatoriales obcecados con expandir su influencia y exportar su modelo político, es la compartida por Joe Biden, al menos a tenor de sus declaraciones en la campaña presidencial de 2020 y durante este último año. También su política exterior parece reafirmar esta visión dualista de las relaciones internacionales. El 9 y 10 de diciembre de 2021 Estados Unidos, junto con 77 países seleccionados por la Administración Biden, acudirán a la Cumbre por la Democracia. Será la primera vez que se celebra tal evento, cumpliendo con una promesa electoral de Biden. El objetivo de la cumbre, que se realizará virtualmente, es ofrecer una plataforma para que los líderes invitados propongan y debatan iniciativas y compromisos que defiendan la democracia ante el percibido avance de las fuerzas autoritarias, según el propio Gobierno norteamericano. 

Esta cumbre se enmarca dentro de una agenda política del nuevo presidente destinada a romper con los cuatro años de Trump y hacer que Estados Unidos vuelva a estar involucrado en la política global a través de iniciativas multilaterales; a ello se refirió Biden cuando lanzó el mensaje “America is Back” (América está de vuelta) pocas semanas después de confirmarse su elección en noviembre de 2020, un eslogan que ha repetido muchas ocasiones desde entonces. La frase no es casual: el hecho de que esté de vuelta indica que antaño América fue líder en los asuntos internacionales, algo interrumpido por Trump de 2016 a 2020.  

O al menos esa es la narrativa de Biden y de buena parte del liberalismo occidental. Y, siguiendo esa narrativa, ahora América no sólo está de vuelta, sino que junto con otros países democráticos debe protegerse a sí mismo y al resto del mundo de la dictadura y el autoritarismo. La Cumbre por la Democracia es el instrumento con el que Estados Unidos y sus aliados democráticos quieren hacer frente a sus rivales autócratas.  

Hoy en día, el autoritarismo al que dice enfrentarse la Cumbre por la Democracia está encarnado por China y, en menor medida, Rusia. De hecho, a pesar de que la inminente cumbre ha sido anunciada por sus promotores como un vehículo para frenar a las dictaduras, una visión menos idealista lleva a pensar que la cumbre es más bien un instrumento utilizado con el fin de orillar a Rusia y sobre todo a China, haciendo un frente común ante la creciente influencia global de Pekín. La lista de invitados a la cumbre incluye a muchos de los países alrededor de China, algunos de ellos con disputas frecuentes con el gigante asiático, como Filipinas, Mongolia o la India.  

La inclusión de estos Estados responde a intereses geopolíticos de EEUU en vez de sus credenciales democráticos: aunque son nominalmente democracias, Filipinas y la India han sufrido una importante erosión de las libertades civiles, las instituciones democráticas o el tratamiento de las minorías.  Su invitación a la cumbre tiene como fin afirmar la cercanía de Washington con sus Gobiernos, frente a la creciente influencia de China en el este de Asia, al margen de que sean o no democracias. También Pakistán, que goza de buenas relaciones con China, ha sido invitado a la cumbre a pesar del delicado estado de su democracia. 

La invitación de Taiwán, un país no reconocido por Pekín, a la Cumbre por la Democracia, también ha enojado al Gobierno de Xi Jinping, y puede ser visto como otro ejemplo de EEUU para aislar a un Gobierno chino que se siente provocado. En definitiva, a pesar de la visión simplista e idealista de un mundo configurado por dos bloques, y del noble objetivo de la Cumbre por la Democracia organizada por EEUU, los intereses geopolíticos se están imponiendo.  

La realidad es que, a pesar del mensaje propagado por Washington tras la victoria de Biden, Estados Unidos no ha sido el promotor de la democracia y los derechos humanos al que el eslogan “America is Back” alude. Dejando de lado los considerables desafíos al Estado de derecho que existen dentro del país, la política exterior americana nunca se ha definido por una defensa firme de la democracia y los derechos humanos, aunque ese haya sido el discurso ofrecido desde la Casa Blanca en muchas ocasiones. Algunas de las alianzas más antiguas y sólidas de EEUU son con regímenes antidemocráticos, notablemente Arabia Saudí o Egipto. Anteriormente, Estados Unidos también sostuvo a la dictadura del Shah de Irán hasta 1979 y a un gran número de Gobiernos cuyas prácticas distaban mucho de ser democráticas. 

Además, a lo largo del siglo XX, EEUU contribuyó activa y decisivamente a la expulsión de Gobiernos electos democráticamente. Los golpes de Estado en Irán en 1953 y en Guatemala en 1954, financiados y apoyados por Washington, acabaron con Gobiernos elegidos en las urnas que habían iniciado políticas contrarias a los intereses de EEUU. Más conocido es el golpe de Estado orquestado por la CIA en 1970 que depuso al presidente chileno Salvador Allende, también escogido en las urnas.  

En política internacional no hay nada neutral, y la Conferencia por la Democracia tampoco lo es. A pesar de sus elevados ideales, y de la innegable necesidad de defender la democracia liberal, la cumbre debe ser analizada con escepticismo debido a la inclusión de países no-democráticos y a su objetivo tácito de aislar a China. Esto no quita que la conferencia pueda ser útil, pero la división entre buenos demócratas y malos autócratas es excesivamente simplista y no se corresponde con la realidad actual, ni con la histórica, sino que ofrece una fotografía naif sobre el mundo.  

Estados Unidos no es ni fue el adalid global de la democracia y del liberalismo, y la fragmentación del mundo actual va mucho más allá del eje democracia-dictadura. Sin ir más lejos, el llamado bloque democrático ya integró dictaduras en el pasado, como España y Portugal hasta la década de 1970, debido a la primacía de los intereses americanos sobre una visión idealizada de la política internacional. El pragmatismo ha imperado ante el idealismo. 

En este mundo fragmentado y difuso no hay una sola división entre países sino muchísimas, y atender a las escalas de grises es clave para entender las dinámicas internacionales. Sin embargo, la perspectiva simplista que epitomiza la Cumbre para la Democracia, y la separación neta entre buenos y malos, diluye esta complejidad y contribuye a construir una visión ingenua de la diplomacia y la política internacional. A pesar de los elevados ideales que quiere defender Biden, es más probable que la cumbre acentúe todavía más las brechas que separan a EEUU de China, algo alarmante en un contexto tenso desde hace tiempo. Aunque la Cumbre por la Democracia pretenda mitigar el actual desorden mundial, aislar a China y Rusia en lugar de buscar puntos de encuentro con ambos puede llevar a profundizar las múltiples divisiones en el mundo.