Opinión

La difícil y necesaria laicidad

La difícil y necesaria laicidad

Sentados todos en el banco del acusado, la política y las relaciones entre países y entre ciudadanos, nos ponen diariamente un espejo en el que mirarnos y al que explicarnos y ante el cual definirnos. Pero ojalá las palabras sólo sirviesen para comunicar la verdad y construir puentes entre hombres y mujeres, en vez de para asustar y confundir. Si fuese así, daríamos un gran paso hacia una mejor humanidad.
Cuando hablamos de laicidad se tiende a confundir con el laicismo. La laicidad y el diálogo son inseparables, sin embargo los ciudadanos están educados para regirse única y exclusivamente por eslóganes y simplezas, rehuyendo la mayoría de las veces cualquier esfuerzo de pensamiento y diálogo para resolver problemas complejos. En este caso, la coexistencia de culturas y religiones es una cuestión que se plantea lejos de la simple palabra “Tolerancia”, que tan a menudo parece resumir y concluir debates y líneas argumentativas. Si bien la tolerancia es necesaria, no puede ser el titular por excelencia del diálogo que hoy es tan necesario para el desarrollo humano de nuestras sociedades. 
Hoy por hoy el diálogo entre diferentes debe tener latente la idea de que construir no va de “tolerar” de “dejar hacer”, de “no molestar”. En un mundo en que las palabras son armas arrojadizas en vez de un vehículo de comunicación, todo se cataloga y  nada se desentraña, y quizás ahí radica el problema de la falta de entendimiento y de estructuras de convivencia entre culturas y religiones. 
 Una sociedad laica, es una sociedad regida por el pueblo y no por otros poderes por más sagrados que se les considere. “Laos” que significa pueblo en griego, de donde deriva la palabra “laicidad” que contradice “sacer” de donde viene “sacerdote”, por lo tanto hablar de un estado Laico significa no saber o no tomar postura entre creencias. No implica que sea un Estado agnóstico o indiferente (puesto que estos son posicionamientos), simplemente, la laicidad promuévela prescindente posición ante la últimas preguntas y los problemas cosmovisionales latentes en el sociedad. La laicidad alberga la pluralidad axiológica y se alimenta de ella. 
Por ello la necesidad de la laicidad  es hoy en día fundamental para el dialogo que se imprima en nuestro sello de “ciudadanos y ciudadanos”. Y dicho diálogo inter-cultural e inter-religioso, debe ser a mi entender, el del progresismo y el de la construcción conjunta. Con ello me refiero a que no podemos como humanidad jugar un partido de fútbol en el que nos demos las manos y creamos que así todos nuestros problemas se acaban diluyendo, debemos sin embargo poner sobre la mesa nuestros prejuicios, nuestros estereotipos, nuestros enfados y nuestra indignación con respecto al otro y repartimos martillos de esperanza para destruir ese muro tan alto que se ha construido para “respetarnos pero no querernos” y que tanto se ampara en la palabra “tolerancia”.
El diálogo institucional es imprescindible, pero la visión objetiva de todos los postulados que constituyen es más necesaria aún y en las instituciones no se da. Las palabras de los representantes religiosos es importante para todas las personas que profesan una religión determinada. Pero quizás es más importante sentarnos a explicarnos como musulmanes, critianos, católicos o judíos porque no toleraríamos que nuestra hija o hijo estuviese con una persona practicante de otra religión, por qué existe un argumento falaz que implica que hay contextos que las personas de la misma cultura o religión pueden entender mejor tus causas y tus consecuencias como persona, o porqué simplemente todos nos hemos criado con muros que por miedo a no decepcionar o a no diferenciarnos no estamos atravesando. 
No necesitamos un diálogo interreligioso que manifieste que los musulmanes no son “terroristas” por definición, que los católicos no son “racistas y supremacistas” por cuestión básica, no necesitamos revindicar obviedades para dar rienda suelta a las virguerías que se siguen pronunciando desde la ignorancia y la rabia. 
Necesitamos entender como la nacionalidad y la religión no se deben reñir nunca, que la cultura y la identidad y la religión no son un pack completo de oferta por navidad con el que nacemos, que los dogmas sociales que nos entrañan y nos convierten en comunidades nos anulan como individuos independientes y nos hacen completamente dependientes de la aprobación general, cuando realmente la religión es una cosa de los ciudadanos concretos. 
Necesitamos entender porque nos han separado durante tanto tiempo que no sabemos que eso son “las piedras sobre nuestro tejado”, sin la conciencia de que el día de mañana todos necesitaremos soluciones efectivas para problemas diarios, humanos, en los que todos entramos de lleno sin importar en qué creamos, quienes seamos o de dónde venimos.
Debemos tener la obligación moral de sentarnos enfrente de aquellos que piensan diferente para llegar a consensos en vez de para permitirnos seguir siendo lo que somos al margen de los demás. Necesitamos un diálogo en el que se permitan los grises, las respuestas del “no lo sé”, el “perdón”, el “gracias”, el “quiero saber más”, el “me parece mal”, el “estoy de acuerdo”. Necesitamos que sea un diálogo efectivo en el que la “critica” prevalezca y conseguir la necesaria laicidad que no implica la uniformidad religiosa a diferencia del laicismo que es una negación de la multirealidad existente de la pluralidad.
Sólo así, sólo logrando una sociedad  con un dialogo inter-ciudadanos, sincero, real, directo, y falto de victimismo en el que no haya ganadores ni vencidos lograremos conciliar el poder necesario para llegar a entendernos, a mejorarnos y construir juntos el edificio que tantos años llevamos construyendo en paralelo con un muro alto llamado “tolerancia”, cuando el entendimiento precisa de un “choque” necesario para nuestra evolución como humanidad. 
Precisamos de encontrarnos en lugares en los que seamos comprendidos, pero en los que también se nos haga mirarnos por dentro, entendernos a nosotros mismos y a nuestras ideas de una manera profunda y objetiva. Y lo necesitamos para conciliar las diferentes realidades y personas que nos rodean con el mismo amor, bondad y satisfacción con el que acogemos aquello en lo que creemos y con lo que comulgamos como personas. Necesitamos desaprender de nosotros mismos, sacar de nuestras ideologías esas peyorativas que siempre nos alejan y que nunca nos permiten ceder, cambiar. 
Necesitamos dejar de sentirnos ofendidos por lo que y quien no comparte nuestra manera de ver la vida y el mundo, y sin embargo debemos defendernos en la medida en la que entendamos que no somos una verdad quieta, inalienable o inmodificable y quizás ahí, en ese punto en el que los machetes dogmáticos ligados a nuestra identidad más real caigan al suelo y seamos capaces de aprender y de enseñar de manera inconsciente, lograremos decir que hemos “dialogado”, y que por fin todos hemos ganado. 
Hay que empujar los muros para que caigan, hay que coordinar distancias, estructuras y fines  para crear puentes, hay que tolerar menos y que buscar “entender o no” más.
Aceptar que los grises también son los colores de esos puentes, y que mientras nuestros muros sean blancos o negros estamos condenando las futuras generaciones a las que cedamos el relevo de este diálogo a cometer los mismos errores.