Opinión

La diplomacia española bajo mínimos

La diplomacia española bajo mínimos

Desde los tiempos de Moratinos hasta ahora no recogía tantas y tan variadas críticas el zurrón del Palacio de Santa Cruz como en éstas últimas jornadas. Se han juntado varios asuntos capitales para España en los que la titular del Ministerio de Asuntos Exteriores ha demostrado escasas dotes diplomáticas, poco conocimiento de las resoluciones internacionales, nula coordinación con otros departamentos del Gobierno español y bisoñez, bisoñez sin límites disfrazada de falsa modernidad y progresismo del que no aporta nada al país, sino todo lo contrario. Esto último de la inexperiencia es seguro y comprobable. Lo anterior puede deberse en cambio, de ser cierto, a una nueva doctrina de Exteriores en asuntos como Gibraltar, que requerirían una misma posición de Estado en todas las fuerzas políticas del país, aunque pedirle eso a los actuales dirigentes de las formaciones políticas es clamar en el desierto: buscan antes el enfrentamiento y el desgaste del adversario cueste lo que cueste, que un beneficio real para los ciudadanos. Repasando las cuestiones en las que ha fracasado Arancha González Laya en ésta ultima semana nos percatamos de que la diplomacia española está bajo mínimos.

La Embajada española en Reino Unido ni se ha enterado de lo que rumiaban las huestes de Boris Johnson, el populachero primer ministro británico, en relación al combate del virus que nos acecha. No hizo una sola gestión conocida para evitar que, un sábado por la noche, se anunciara la cuarentena obligatoria de dos semanas para todos los viajeros procedentes de España. Un golpe mortal para el turismo en la última semana del mes de julio, ecuador de un verano desastroso por el coronavirus y por la gestión del Ejecutivo. Una vez anunciada la medida, el Gobierno aclaró que estaba dialogando para conseguir, en un prodigioso gesto de magnanimidad, que la cuarentena unilateral no incluyera a las islas Baleares y Canarias. ¿Por qué a esos territorios y no a Andalucía o la Comunidad Valenciana, que reciben igualmente millones de turistas británicos cada año? La ministra no lo ha explicado públicamente. La “negociación” no fue más que un nuevo desprecio de Londres a la diplomacia española dirigida por González Laya, porque a las pocas horas se servía el té británico en taza doble: una recomendación oficial a los residentes en Reino Unido de no viajar a España, incluidas las islas que tanto preocupaban en el “diálogo” anunciado infantilmente por Moncloa. Las medidas se ampliaban en lugar de replegarse. De por medio, un par de comparecencias de la ministra desinformando a la opinión pública española.

Mientras Exteriores “negociaba” y “dialogaba” para lograr que no se frenen las vacaciones de los ingleses, escoceses, galeses e irlandeses en nuestras costas, el responsable de la información sanitaria del Gobierno daba la puntilla a la estrategia: “Agradezco que los belgas decidan no recomendar venir a España, es un problema que nos quitan, menos riesgo de importación de casos. Aunque entiendo que para el sector turístico es mejor que vengan los belgas, desde el punto de vista sanitario, reducir el riesgo marginal nos ayuda”. “El que se exija cuarentena en cierto modo nos favorece porque desincentiva que venga gente de Reino Unido”.

Fernando Simón no coordina sus mensajes con Exteriores. Como mínimo. Porque mientras unos se esfuerzan en evitar vetos al turismo británico en España, otros se alegran de esos vetos y lo proclaman en rueda de prensa sin el mínimo pudor. Los inquilinos de la Embajada española en Chesham Place se quedarían petrificados al escuchar en los informativos de la noche al doctor Simón proclamar su preferencia: la curva sanitaria antes que la economía, los gráficos burocratizados mejor que los puestos de trabajo. 

Entre plato y plato, la ministra tenía tiempo de acercarse a Turquía solo tres días después de la reconversión al islamismo de la Basílica de Santa Sofía de Estambul, un golpe de oportunidad inesperado. En Ankara, otro de sus errores gloriosos de esta semana fatídica para la diplomacia española: afirmar, delante de su homólogo turco, Mevlüt Çavusoglu, que Hagia Sofia será a partir de ahora “la casa común de cristianos y musulmanes”. Una frase para los libros de historia, para ser colocada junto a la Alianza de Civilizaciones. El ministro turco no perdió ni un minuto en aclararle a Laya que no será posible abrir la basílica a otros ritos que no sean el musulmán y que no será un lugar donde otras creencias puedan rezar. ¿Alguien avisó a la ministra de lo inoportuno de su viaje, y una vez realizado de lo inoportuno de esas palabras vacías, buenistas, cargadas de la nada más implacable? 

Todo venía ya enrarecido tras la fotografía que consintió la titular del departamento de política exterior junto al responsable político de Gibraltar, también conocido como ministro principal. Aquí cabe igualmente preguntarse si nadie avisó del trasfondo enorme que tendría un encuentro bilateral, por muy informal que luego nos dijeran que fue, porque hasta ahora ningún canciller español ha aceptado verse con el ‘alcalde’ gibraltareño sino con las autoridades del Gobierno británico, único interlocutor sobre su territorialidad. Si avisaron a la ministra de ese error, entonces la cuestión de fondo es más grave aún porque implica un giro en la posición española después de muchos años y gobiernos de distintos colores.