Opinión

La disputa por Irak entre Irán y Estados Unidos

Soldado norteamericano en Irak

Si el otoño de 2019 en Irak estuvo fuertemente marcado por las protestas contra la mala gestión del gobierno, que aún perduran, todo parece indicar que la principal noticia de los primeros meses de 2020 será la reactivación de la guerra subsidiaria (o proxy war) entre Estados Unidos e Irán. Si bien este conflicto se ha mantenido latente durante los últimos años, la tensión ha aumentado de forma considerable durante la última semana de 2019. La escalada está relacionada con las manifestaciones, ya que ante la debilidad el gobierno ambos bandos ―especialmente Irán― buscan aumentar su influencia en el Estado iraquí. No obstante, el enfrentamiento entre ambas potencias sigue su propia lógica, ajena a las demandas de los iraquíes que ocupan las calles de Bagdad y otras ciudades.
El punto de inflexión se produjo el 27 de diciembre, cuando varios cohetes impactaron en la base aérea K1 de Kirkuk matando a un contratista estadounidense e hiriendo a varios miembros del personal de seguridad iraquíes y estadounidenses. El gobierno estadounidense responsabilizó del ataque a Kata’eb Hezbolá, la filial iraquí del “Partido de Dios” libanés, financiado y controlado por el régimen iraní. Según las fuentes estadounidenses, la milicia chií lleva atacando sus posiciones militares desde finales de octubre, pero esta es la primera vez que se producía una víctima mortal.
El ejército estadounidense respondió el domingo 29 con un bombardeo de precisión sobre cinco objetivos ligados a Kata’eb Hezbolá en Irak y Siria. El gobierno estadounidense anunció que habían eliminado a 25 personas, mientras que las fuentes iraquíes rebajaban la cifra de víctimas mortales a cinco, aunque se trataba de personas con cargos importantes en la milicia. Poco después, el gobierno iraní ―principal protector de Kata’eb Hezbolá― manifestó su indignación, calificando el ataque de “terrorismo” y amenazando vagamente con represalias.
Estas llegaron el martes 31, cuando decenas de miembros de la milicia consiguieron entrar en el recinto de la embajada estadounidense en Bagdad y prender fuego a uno de sus edificios. Aunque los milicianos no trataron de forzar la entrada del edificio principal, donde se atrincheraba el personal diplomático y de seguridad, se vivieron escenas de mucha tensión, con soldados americanos apuntando a los manifestantes mientras estos pintaban graffiti, ondeaban banderas de Kata’eb Hezbolá y colgaban carteles. 
Resulta curioso que menos de un centenar de milicianos consiguieran entrar en la fortificada zona verde de Bagdad, el área restringida donde se concentran las embajadas y edificios gubernamentales, especialmente si tenemos en cuenta que ninguna de las multitudinarias manifestaciones que han colapsado Bagdad desde octubre ha conseguido traspasar el perímetro de seguridad. Esto indica que ha habido, si no connivencia, al menos cierta dejadez por parte del gobierno iraquí. Esto no debería sorprendernos, ya que desde 2014 Irán ejerce una importante influencia en Bagdad, especialmente en temas tocantes a la seguridad. Tanto la ofensiva contra el Daesh y la reconquista de Mosul en 2017 ―donde Kata’eb Hezbolá tuvo un importante rol― como el operativo antidisturbios de 2019 han sido ideados y ejecutados con la ayuda de tropas y milicias iraníes. 
El primer ministro iraquí Adel Abdul Mahdi, aun en funciones a pesar de su dimisión a finales de noviembre, declaró que el bombardeo estadounidense sobre las posiciones de Kata’eb Hezbolá constituía una violación del espacio aéreo y de la soberanía iraquí. El descontento del gabinete iraquí con las acciones estadounidenses es palpable. Kata’eb Hezbolá, al fin y al cabo, es algo más una organización armada: tiene representación parlamentaria ―a través de la coalición Fatah― y su líder, Abu al-Mohandes, es una de las piezas fundamentales en las relaciones entre Irán e Irak. Al-Mohandes ostenta la doble nacionalidad irano-iraquí y ha ocupado cargos destacados en varios de los gobiernos que se han sucedido desde 2003. El último de ellos ha sido el de comandante de las Fuerzas de Movilización Popular, una alianza de milicias y grupos paramilitares ligados a Irán y al gobierno iraquí compuesta por más de 100.000 combatientes que desde 2014 ha hecho frente al Daesh y a los Peshmerga kurdos. 
Si bien es difícil prever como se desarrollarán los acontecimientos, todo parece indicar que la escalada irá en aumento en los próximos meses, sobre todo teniendo en cuenta que las relaciones entre Irán y EEUU se encuentran en un momento crítico, con nuevas sanciones anunciadas recientemente. El gobierno iraquí tratará de mantener el equilibrio y evitar convertirse en un escenario más de la guerra subsidiaria entre ambos países. No obstante, me atrevería a decir que, para el Estado iraquí, el apoyo y las buenas relaciones con Irán, su país vecino, resultan aún más importantes que el entendimiento con los estadounidenses. Si bien el poderío militar y económico de Estados Unidos es mayor en términos relativos, su política con respecto a Irak ha sido errática en los últimos años. Por el contrario, Irán ha sabido maniobrar muy bien desde 2014, convirtiéndose en una pieza clave de para la seguridad de Irak, triplemente amenazado por el Daesh, el separatismo kurdo y las protestas populares.