Opinión

La entente cordiale árabe-israelí: un rayo de esperanza

La entente cordiale árabe-israelí: un rayo de esperanza

Haciendo gala de conocer bien el proverbio árabe que aconseja llevarse bien como hermanos, pero trabajando juntos como extraños, el gobierno emiratí ha mostrado no poco coraje impulsando la normalización diplomática entre Israel y los Emiratos Árabes Unidos, uniéndose a Jordania y Egipto  en el reducido club de países árabes que mantienen relaciones oficiales con Israel. Y lo hace además a menos de un mes de haber lanzado una sonda espacial con destino a Marte, apropiadamente llamada “Esperanza”, después de que el país  celebrase en 2019 el Año de la Tolerancia (religiosa), y jugase un papel clave en la Conferencia de Diálogo de Manama.

Los emiratíes parecen determinados a escapar de la fuerza centrípeta que atrapa todo lo que se acerca demasiado a la dialéctica iraní-israelí, para lo que han puesto en marcha una serie de iniciativas regionales  que incluyen el apoyo explícito en Libia a las fuerzas que se oponen a Turquía. Este establecimiento de relaciones diplomáticas,  cobra especial importancia en un momento de fricción en el Mediterráneo Oriental, que ha llevado tanto a Israel como a Francia a expresar su apoyo a Grecia y Chipre frente a la asertividad naval turca: tanto a Ankara como a sus aliados en Teherán, les convenía la anexión israelí de Cisjordania, según lo estipulado en el Plan Kushner. El acuerdo diplomático entre los Emiratos Árabes Unidos e Israel ha suspendido la anexión sine die, privando al iraní Hasán Rohaní de una poderosa causa propagandística, que hubiera sido muy útil en la actual coyuntura como cortina de humo para tapar el caos al que Hezbolá ha llevado al Líbano. 

El compromiso con los Emiratos también resulta útil a Netanyahu, a cuya sagacidad política no puede habérsele escapado  que ante una potencial victoria en noviembre del dúo Biden-Kámala, los intereses de Israel están mejor servidos posponiendo una anexión que efectivamente sólo cuenta en el interior con el apoyo incondicional del sionismo radical, y recibe un rechazo frontal y generalizado en el exterior. Por otra parte, la frágil coalición de gobierno; la espada de Damocles del juicio por corrupción en el que Netanyahu está encausado; y la oposición de su rival Benny Gantz a la anexión, han obrado sin duda como un acicate para materializar esta inédita alianza diplomática, de igual manera que lo habrá hecho la carta publicada recientemente en un periódico israelí -escrita en hebreo por Yousef al-Otaiba,  embajador de los Emiratos en Washington- en la que advertía sin ambages  de que la anexión israelí de Cisjordania pondría fin a las relaciones internacionales entre ambos países. El precio a pagar por Netnayahu es así bastante similar al que pagó Nixón al viajar a China: asumir la desafección de sus partidarios más radicales en un calculado ejercicio de utilitarismo estratégico.

Incluso la mayoría de los palestinos han debido respirar aliviados ante la noticia de la suspensión, por más que se vean obligados a mostrar públicamente su disconformidad, y que en el acuerdo diplomático puede leerse entre líneas la impaciencia emiratí con algunos maximalismos presentes en  la causa palestina, algo de lo que deberían tomar buena nota las facciones más inclinadas a continuar siendo compañeros de viaje de los Hermanos Musulmanes y de su valedor, Recep Tayyip Erdogan, que los aleja,  más que acerca,  a sus anhelos de autodeterminación. 

Sin embargo -más allá de su valor como recurso retórico, enhebrado por la nostalgia de los lazos históricos del antiguo Imperio Otomano con Palestina- la verdadera preocupación para Erdogan es la reacción de Qatar al acuerdo entre Israel y los Emiratos, dada la importancia que el apoyo financiero qatarí tiene en mantener a flote la economía turca, y en sostener a sus aliados en Libia. Ya en 2017,  se produjo un cisma que alienó a Qatar del resto de las monarquías  del Golfo, y que animó a Turquía a enviar tropas a Qatar, un elemento añadido de desestabilización en una región en la que Yemen es el escenario de una guerra interpuesta entre Arabia Saudí e Irán, que resulta útil tanto a Turquía como a los Emiratos Árabes Unidos para encubrir sus respectivas operaciones para ganar influencia geopolítica en el Cuerno de África, especialmente en Somalia. Por lo tanto, la reacción de Qatar a la entente cordiale árabe-israelí será de un alcance decisivo, habida cuenta de que Qatar no carece de cierto ascendiente estratégico sobre Israel que es dudoso que esté dispuesto a poner en riesgo dejando que Abu Dabi le haga sombra tras la firma del acuerdo con Israel, que no ha podido coger por sorpresa a las autoridades qataríes, ya que en realidad da carta de naturaleza a la existencia de una alianza de facto entre Israel y los Emiratos era un secreto a voces, manifestada en iniciativas como la compra por Israel, a través de agentes interpuestos de material y equipamiento sanitario destinado a combatir la COVID-19 en los Emiratos. 

Quizás sin darse cuenta, es ciertamente probable,  que, actuando como facilitador del acuerdo, Donald Trump le haya hecho un regalo a Joe Biden, quien en caso de llegar a la casa Blanca en noviembre,  podrá dedicarse a restaurar el maltrecho orden mundial en lugar de verse arrastrado a gestionar la intratable situación que habría creado la anexión israelí de los territorios palestinos. Como en la mítica caja de Pandora, quizás sea posible, después de todo, encontrar la esperanza debajo de todos los males del mundo.